Mi karma y yo, Marian Keyes.

Domingo, 1 de junio

 

5.15 ¡de la mañana!

Domingo, día de descanso. Pero no para una fracasada que está intentando rehacer su vida. El despertador está puesto para que suene a las seis. Sin embargo, ya estoy despierta.

El insomnio es un enemigo que ataca de muchas maneras. A veces aparece justo cuando me meto en la cama, y se queda rondando un par de horas. Otras noches permanece alejado hasta las cinco de la mañana, hora en que irrumpe y merodea unos veinte minutos antes de que suene la alarma. Es un trabajo de jornada completa lidiar con ese cabrón.

Hoy me despierto a las cinco y cuarto; empiezo a darle vueltas a muchas cosas. Opto por Zoe y le envío un mensaje.

Tas bien? xxx

Contesta al instante.

Siento lo d anoche. Pronto dejo d bbr tanto

No sé qué responder. Está bebiendo demasiado, pero también es cierto que tiene muchos problemas, y ¿en qué momento dejas de sentir pena por alguien y empiezas a sermonearle?

Me preocupo por eso durante diez o quince minutos, luego compruebo cómo va el proyecto de Ryan y, por suerte, nada ha ocurrido desde la última vez que miré. Más animada, veo vídeos de cabras cantoras y pierdo todo el tiempo que puedo hasta que súbitamente, como me ocurre unas noventa veces al día, me asalta el deseo de buscar a Gilda en Google. Pero no puedo, no debo, así que en lugar de eso entono el mantra: «Que estés bien, que seas feliz, que estés libre de sufrimiento».

No puedo contener el impulso de remontarme a aquella fatídi ca mañana dos años atrás, cuando me la encontré en el Dean & DeLuca de Nueva York. Yo estaba en la sección de bombones, buscando regalos para mamá y Karen, cuando alargué la mano hacia una caja al mismo tiempo que otra persona.

—Lo siento. —La retiré.
—No, quédeselos —dijo la mujer.

Sorprendida, caí en la cuenta de que conocía esa voz; pertenecía a la adorable Gilda, a quien había conocido en una cena justo la noche antes. Me di la vuelta. ¡Era ella! Llevaba su pelo rubio recogido desenfadadamente sobre la coronilla y vestía ropa de deporte holgada en lugar del elegante vestido de anoche, pero sin duda era ella.

Entonces Gilda me reconoció.
—¡Hola!

Parecía encantada de verme. Hizo el gesto de darme un abrazo pero se contuvo, como si temiera que su actitud fuese «desa certada». (Por lo que había podido observar, eso era lo que la gente de Nueva York temía más. Más incluso que los monstruos o el fracaso profesional o estar gordo.)

—¡Qué casualidad! —Experimenté un sentimiento cálido hacia ella—. ¿Vives por aquí?

—Vengo de entrenar a una clienta que vive cerca. Corremos juntas en el parque. —Nos sonreímos y, con cierta timidez, me preguntó—: ¿Tienes diez minutos para tomar un té?

—No puedo —respondí con sincero pesar—. Vuelo a Dublín esta misma tarde.

—¿Y qué me dices dentro de un par de semanas, cuando estés debidamente instalada? —Se ruborizó—. Me gustaría darte las gracias por el libro que escribiste. —Su rubor se intensificó, volviéndola hermosa como una rosa—. Espero que no te moleste, pero Bryce me pasó una copia. No pretendo incomodarte, pero quiero que sepas que lo encontré muy inspirador. Sé que es un libro que leeré una y otra vez.

—Muchas gracias —dije, cohibida—. Pero en realidad no es gran cosa…

—¡No te quites mérito! Hay mucha gente que ya se encargará de hacerlo por ti.

Pensé en el tipo horrible que había asistido a la cena de la noche anterior y, por la expresión de los ojos de Gilda, deduje que ella también.

—Oye —me dijo con una risita—, ¿qué te pareció la cena de anoche?

—¡Dios! —Enterré la cara en las manos y solté un gemido—. Tremenda.

—Con ese Arnold lleno de manías y esa esposa tan agresiva. —Me dijo que solo los turistas venían a Dean & DeLuca.
—Yo no soy una turista y me encanta. Estos bombones son el regalo perfecto. Es una mujer cruel, nada más.

Esta Gilda era adorable.
—Cuando vuelva —dije—, tenemos que quedar para ese café. —Entonces tuve una idea. Gilda era entrenadora personal y nutricionista—. ¿Tú bebes café?

—A veces. Sobre todo té de frambuesa.
—¿Llevas una vida muy saludable?
—Me cuesta.

Su respuesta fue música para mis oídos.
—A veces —dijo— me resulta excesivo y me rindo a la tentación del chocolate y la cafeína.

El engranaje de mi cabeza ya estaba en marcha. Me habían dicho que debía perder cinco kilos.

—Creo que necesito una entrenadora personal. Imagino que tú no… Perdona, lo siento, probablemente estás hasta arriba de trabajo.

—Actualmente tengo bastante, lo cual es genial. —Claro…

Parecía estar pensando.
—¿Qué te interesa? ¿Cardio? ¿Tonificación? ¿Dieta?

—Ostras, no sé. Estar delgada, eso es todo.
—Creo que podría ayudarte. Debería echar primero un vistazo a lo que comes y podríamos correr juntas.

—El único problema es que no soy una persona deportista.

De pronto me asusté. ¿Dónde me estaba metiendo?
—¿Qué te parece si probamos… digamos… una semana? Para ver si conectamos.

—¿Una semana? —Caray, no te daban mucho tiempo para adaptarte en esta ciudad.

Sonrió.
—Aquí tienes mi tarjeta. No pongas esa cara de susto. Todo irá bien, ya lo verás.

—¿Tú crees?
—Sí, todo irá de maravilla.

9.48

Karen me llama.
—¿Qué estás haciendo?
—Trabajando. —Suspiro—. Oye, Karen, necesito ropa. No me entra nada. He engordado.

—¿Y qué esperabas después de zamparte todos esos pastelitos? Tartamudeando, digo:
—Pero… pero eran asquerosos.

Caigo en la cuenta de que siempre he creído que si un alimento no me gustaba quería decir que tenía cero calorías.

—Díselo a los pastelitos. Y a los demás carbohidratos que has estado metiéndote estos dos últimos meses.

—Vale. —La verdad es que me siento fatal—. Entonces ¿qué me pongo? —Aunque Karen es dos años menor, siempre le pido consejo.

—Puedo llevarte de compras más tarde.
—Nada de tiendas caras.

Sobra el comentario. Karen Mulreid es la reina de los chollos. Puede decirte en todo momento el dinero exacto que lleva en la cartera, incluidos los céntimos. A veces jugamos a eso. Me recuerda a Derren Brown, el famoso mentalista.

—Hablando de dinero —dice—, ¿cómo va tu nuevo libro? —Lento —respondo—. Lento e… inexistente. —En un arrebato de pánico, pregunto—: Karen, ¿y si no puedo escribir otro libro?

—¡Por supuesto que escribirás otro libro! ¡Eres escritora!

No lo soy. En realidad soy una esteticista que contrajo una extraña enfermedad y se curó.

—¿Chinos? —exclamo, alarmada—. Ni hablar.
—Ya lo creo que sí. —Karen me conduce hasta el probador. Los chinos son pantalones para hombres, esos cuarentones fanáticos del rugby de voz atronadora y sin el menor estilo. ¡No puedo llevar chinos!

—Los chinos de ahora son diferentes —asegura Karen—. Estos chinos son de mujer. Y no tienes elección, es lo único que te entrará hasta que desaparezca la barriga.

—Te lo ruego, Karen. —Me aferro a su brazo con mirada implorante—. No pronuncies esa palabra. Te prometo que me desharé de ella, pero no la pronuncies.

Después de conseguir que me pruebe un montón de prendas, me obliga a comprar dos chinos de color azul marino, algunas camisetas y un pañuelo largo y vaporoso.

—Estoy horrible —protesto.
—Es a lo que puedes aspirar por el momento —señala—. Lleva siempre el pañuelo. Te camuflará… el culo.

Ya en la caja me consigue un descuento por una mancha invisible.

—Recuerda —dice—, es una medida de emergencia, no una solución a largo plazo. Te llevo a casa, pero primero quiero pasarme por el salón.

Pese a tener dos hijos, el negocio es su gran amor y no hay un día que no se dé una vuelta por él.

—¿Para qué? —pregunto.
—Me gusta mantener a Mella alerta. Mella es la gerente del salón. —Creía que confiabas en ella.

—No puedes confiar en nadie, Stella. Lo sabes mejor que nadie.

Mientras nos abrimos paso entre la multitud de compradores domingueros para regresar al coche diviso a un conocido, un padre del antiguo colegio de Jeffrey. «Trágame, tierra.» No puedo ponerme a charlar con él, no con esta barriga. Bajo la cabeza y paso por su lado como una flecha y creo que lo he conseguido cuando le oigo decir:

—¿Stella?
—¿Sí? —Me doy la vuelta y me hago la sorprendida—. ¡Roddy! ¡Roddy…! —No recuerdo su apellido, así que paso a otra cosa—. ¡Ja, ja, ja, hola!

—Me alegro de verte, Stella.
—Yo también.

Le presento a Karen.
—Roddy tiene un hijo que iba a la misma clase que Jeffrey. —¿Cómo está Jeffrey? —me pregunta Roddy.
—Bien. Genial. Una pesadilla. ¿Cómo está…? —¿Cómo demonios se llamaba el hijo?

—Brian. Acaba de terminar el bachillerato sin pegar sello. Y ahora él y sus amigos se han apoderado de la sala de estar. Son una pandilla de tarugos.

—Me recuerda a Jeffrey —digo débilmente. Salvo en lo de los amigos.

—Se quedan hasta las tantas jugando a los videojuegos y durante el día se duermen por los rincones.

Envalentonada, quizá por haber encontrado a un alma gemela, pregunto:

—¿Brian cocina alguna vez?
—¿Te refieres a comida? —Roddy suelta una carcajada—. ¿Me tomas el pelo? Solo comen guarradas. Cuando bajo por la mañana, las cajas de pizza no me dejan ver el suelo. Han talado bosques enteros para hacer esas cajas.

Trago saliva. Jeffrey no encarga pizza. ¿Qué estoy haciendo mal?

—Y jamás me dirige una palabra amable.

Me agarro a eso visiblemente aliviada. Jeffrey tampoco me dirige nunca una palabra amable. Debo de estar haciendo algo bien…

—¿Así que estás de compras? —pregunta Roddy un tanto innecesariamente.

—Sí. —Pruebo la frase—: Me he comprado unos chinos. Chinos para mujer.

—¿Chinos para mujer? —Parece sorprendido—. No sabía que existieran. En fin, que los disfrutes. Cuídate.

—Roddy no sabía que existían —farfullo a Karen cuando nos alejamos.

—Naturalmente que no, vive en una urbanización. Pero un hombre sofisticado y con gusto lo sabría. Apuesto a que…

—¡No! Ni se te ocurra pronunciar su nombre.

17.31

Karen aparca delante de Honey Day Spa con medio coche sobre la acera y el otro medio pisando las rayas amarillas.

—¿Entras?

Se me hace extraño volver al local del que en otros tiempos fui propietaria junto con Karen y donde trabajé durante tantos años.

—¿No te preocupa la guardia urbana? —pregunto.
—Me conocen y conocen el coche. Además, solo será un minuto. Vamos.

Karen y yo nos habíamos formado juntas como esteticistas. Yo había seguido en el colegio hasta los dieciocho pero Karen lo dejó a los dieciséis. Dado nuestro estrato social, no creíamos que tuviéramos demasiadas opciones profesionales: podíamos ser peluqueras o esteticistas o trabajar en una tienda. Todo a nuestro alrededor nos alentaba a apuntar bajo.

A decir verdad, papá había deseado algo mejor para mí. —Eres inteligente, Stella. Estudia. Si yo volviera a ser joven… Pero ni él ni yo poseíamos la confianza necesaria para impulsar mi educación, de modo que papá y mamá pidieron un crédito a la cooperativa para mandarnos a Karen y a mí a la academia de estética. A las pocas semanas Karen ya estaba depilando piernas en su habitación y generando dinero, y cuando recibimos el diploma las dos conseguimos trabajo en un spa de Sandyford.

Karen solía decirme:
—Esto no es para siempre. No pienso pasarme la vida trabajando para otra gente como papá y mamá. Tú y yo vamos a tener nuestro propio negocio.

Pero yo estaba acostumbrada a ser pobre.

Y con Ryan Sweeney de novio y más tarde de marido, me mantuve en esa costumbre mucho tiempo.

Karen intentaba arrastrarme en su ambición. Nos registró a ambas como sociedad limitada y declaró:

—Ahorra, Stella, ahorra. Necesitaremos hasta el último céntimo para cuando aparezca el local idóneo.

Pero yo no tenía céntimos que ahorrar —debía mantener a Ryan, y luego a Betsy— y nunca me tomaba a Karen en serio. Hasta el día que me llamó y dijo:

—¡He encontrado el lugar perfecto! Está en la calle principal de Ferrytown. Mejor ubicación imposible. Tengo las llaves. Vamos a echarle un vistazo.

El local consistía en cuatro habitaciones lúgubres encima de una farmacia. Miré incrédula a mi alrededor.

—Karen, esto es un agujero. No puedes traer a la gente aquí. ¿Eso de ahí son…? —Corrí hasta unas cosas que crecían en un rincón—. ¿Son hongos? ¡Son hongos!

—Una capa de pintura y quedará como nuevo. Oye, a nuestras clientas les traerán sin cuidado las fuentes y las velas. Ellas querrán piernas suaves y bronceados baratos. Serán jóvenes, no se fijarán en los hongos.

Eché una última ojeada y dije:
—Ni hablar, Karen. Siento mucho aguarte la fiesta, pero este no es el local.

—Demasiado tarde —repuso—. Ya lo he alquilado. A nombre de las dos. Y he comunicado tu dimisión en el trabajo.

Me quedé mirándola, esperando el final del chiste. Como no llegaba, susurré:

—Tengo una hija de tres meses.

—Está feliz al cuidado de tía Jeanette. Esto no cambia nada. —¿Dónde está el lavabo? Tengo ganas de vomitar.
—Lo tienes justo detrás.

Corrí hasta él.
—Eres una cobarde —dijo mi hermana a través de la puerta del lavabo.

Tras un par de arcadas, repliqué:
—Me dará demasiada vergüenza traer a gente a esta barraca. Karen rió.
—No podrás permitírtelo. Espera a ver lo que pagamos al mes. —Tuve otra arcada y Karen dijo—: No estarás embarazada, ¿verdad?

—No. —No podía estarlo; habíamos tomado precauciones. Lo peor que podría pasarme en ese momento era estar embarazada.

Pero lo estaba.

En cuanto nos pusimos a trabajar por nuestra cuenta, Karen adquirió una velocidad endiablada. Siempre había sido rápida depilando, pero ahora parecía que llevara dentro un cohete. Se pasaba las sesiones de depilación, incluso las más delicadas, hablando sin parar.

—Lo que viene ahora te dolerá. —Agarrándote la pierna por el tobillo, te la levantaba y te arrancaba la tira de cera de los labios mayores antes de que te dieras cuenta de lo que estaba pasando—. Aprieta los dientes —decía con una risa macabra—, que viene el otro lado. ¡Ay! ¡Ya está! Ni un pelo, te he dejado lisa como una bola de billar. ¿A que ha valido la pena?

No había tiempo para recuperarse ni palabras reconfortantes; tan siquiera un «vístete sin prisas, te dejo sola». Karen sonreía a la pobre chica que yacía despatarrada en la camilla, mareada y presa del shock.

—Levántate, necesitamos la camilla. La próxima vez tómate dos Solpadine media hora antes de venir y ni te enterarás. Si tienes ganas de vomitar ahí está el lavabo. No te cortes, aquí no juzgamos a nadie. Stella también se mareó después de su primera brasileña completa. ¿A que sí, Stella?

Seis meses después de la gran inauguración di a luz a Jeffrey, y Karen aceptó —a regañadientes— que me cogiera cuatros semanas de baja por maternidad.

—No podrías haber elegido peor momento —dijo.

Cuando regresé al trabajo estaba tan aturdida y agotada de cuidar a dos bebés que tenía que utilizar las horas muertas de la mañana, entre las diez y las doce, para tumbarme en la cama solar y recuperar algo de sueño. Karen, entretanto, salía a repartir folletos para atraer a nuevas clientas.

Se mantenía al día de las últimas innovaciones en estética no a base de leer catálogos, sino estudiando las fotos de Closer. Cada mes hacíamos una oferta especial superbarata porque, como decía Karen, «lo único que necesito es que alguien cruce esa puerta». No imaginas lo persuasiva que era: las mujeres entraban para una depilación de cejas y se iban con una extensión de pestañas, uñas acrílicas y un cuerpo sin un solo pelo.

En el mundo de Karen la palabra «no» no existía. Si una clienta quería una sesión de cama solar a las siete y media de la mañana, abría especialmente para ella, y trabajábamos siete días a la semana, muchas veces hasta las nueve de la noche. Si alguien llamaba y pedía un tratamiento del que Karen no había oído hablar, decía con gran aplomo:

—Lo tenemos encargado. La llamaré en cuanto llegue. —Y lo encontraba.

Era una negocianta implacable; estableció un complejo sistema de trueque con medio Ferrytown, gracias al cual nunca pagaba en efectivo.

Tampoco tenía reparos en pedir descuentos. Si lo conseguía, se alegraba; si no, también se alegraba. «Valía la pena intentarlo, ¿no crees?»

Yo era todo lo contrario. Preferiría ir descalza y dormir en una cuneta antes que sonreír a alguien y decirle: «¡Rebájame diez euros y seremos amigos!». Yo era un desastre regateando, y Ryan tres cuartos de lo mismo. De ahí que, incluso cuando terminó dirigiendo un negocio próspero, siguiéramos sin blanca. Imagino que cada persona posee un talento: unos son fantásticos contando chistes, otros son excelentes panaderos y algunos, como Karen, nunca pagan el precio marcado.

En Honey Day Spa Karen jamás bajaba la guardia. En cuanto advirtió que nuestro volumen de depilaciones con cera había bajado —y no necesitaba una hoja de cálculo para eso, lo sabía instintivamente—, enseguida averiguó que todo el mundo se había pasado al láser. Lo que implicaba que había llegado el momento de pasarse al láser.

Pero la empresa de láser se negaba a vendernos el equipo si no hacíamos un curso de formación, carísimo, con ellos. Así pues, Karen hizo un montón de indagaciones y finalmente compró una máquina láser china, sin haberla visto antes, y se «formó» con sus amigas y familiares. Fue así como también dominó la manicura de larga duración, la micropigmentación de cejas y el vajazzling.

Cuando la locura de las infiltraciones alcanzó su punto álgido, Karen ignoró el hecho de que carecía de titulación médica y empezó a hacer tratamientos a un precio módico. Como siempre, se formó con amigas y familiares.

—Se aprende con el tiempo —le decía a Enda a quien enviaba a trabajar con la cara torcida y semiparalizada—. ¡Tranquilo! Dicen que dura tres meses, pero tendrás suerte si te aguanta seis semanas.

Nada suponía un problema para ella: hacía descuentos por fidelidad, bajaba a la calle para alimentar el parquímetro de las clientas, y los fines de semana el local se abarrotaba de chicas, unas con cita, otras con una emergencia (como una uña partida), otras simplemente para pasar el rato.

Honey Beauty Salon se convirtió en una institución en Ferrytown. Muchos otros salones de belleza abrieron y cerraron sus puertas durante los diecinueve años que llevábamos Karen y yo en el negocio. La mayoría comenzaban su andadura cargados de deudas por azulejos de jade y equipos de música ambiental, pero no nuestro salón, que se convirtió en Honey Day Spa en 1999 (aunque lo único que cambió fue el rótulo). Exceptuando alguna que otra mano de pintura, Karen no ha invertido un solo céntimo en embellecer el local.

Aunque éramos copropietarias, siempre fue su salón.

—¿Entras o no? —me pregunta Karen con impaciencia. —No, yo…

No quiero entrar. No quiero entrar en ese local lleno de hongos. Creía haber dejado todo eso atrás.

—Te espero en el coche.
—Vale. Algo en lo que pensar mientras estás ahí sentada: necesitas hacer ejercicio.

—Ya lo hago.
—No es cierto.
—¡Lo es!

Hasta no hace mucho era una de esas personas que, por muy liada que tuviera la vida, hacía ejercicio.

—Solo te lo comentaba.

Karen se marcha y yo me quedo en el coche sintiéndome herida e incomprendida: es cierto que hago ejercicio. Bueno, hacía. Y era muy disciplinada. ¡Mucho!

Entrenaba fuerte día sí y día también. Una mañana —no sé por qué recuerdo esta en particular si la mayoría eran casi idénticas— Gilda entró en mi habitación del hotel, encendió la luz y, en un tono contundente pero amable, dijo:

—Stella, cariño, hora de levantarse.

Yo no tenía ni idea de qué hora era, los números que aparecían en el reloj resultaban irrelevantes; lo único que importaba era que si me decían que me levantara, debía levantarme.

Recuerdo que estaba muy, muy cansada. Ignoraba cuántas horas había dormido. Lo mismo podían ser seis que tres y media. Pero no más de seis. Nunca eran más de seis.

Gilda me tendió un vaso y dijo:
—Bebe.

No tenía ni idea de qué era: lo mismo podía ser té verde que un batido de col. Pero si Gilda me decía que bebiera, yo bebía.

Apuré el vaso y Gilda me tendió mi ropa de correr. Ella ya estaba vestida.

—Vamos.

Fuera del hotel el sol no había salido aún. Hicimos nuestros ejercicios de calentamiento y estiramientos y empezamos a correr por las calles desiertas. Gilda establecía el ritmo, y era rápida. Por un momento pensé que acabaría sacando los pulmones por la boca, pero no tenía sentido pedirle que aflojara. Hacía aquello por mi bien; me había comprometido.

Cuando regresamos al hotel, nos detuvimos para hacer unos cuantos estiramientos y Gilda me dijo:

—Lo has hecho muy bien.

Yo estaba jadeando.
—¿Cuánto hemos corrido?
—Seis kilómetros.

Me habían parecido sesenta.
—Estamos en Denver —señaló Gilda—. Hay mucha altitud. Los pulmones tienen que trabajar más.

¡Acababa de aprender dos cosas realmente útiles!

A grandes altitudes los pulmones tienen que trabajar más.

Y estaba en Denver.

Sabía que se trataba de uno de esos lugares: Dallas, Detroit, Des Moines. Decididamente, una de las D. La noche anterior habíamos llegado muy tarde de… de… de otro lugar. Una ciudad que empezaba por… ¿T? Baltimore, eso era. Vale, no empezaba por T, pero se me podía perdonar teniendo en cuenta que el día previo había estado en tres ciudades. Había amanecido en Chicago, donde tuve incontables entrevistas, participé en un acto en una librería a media mañana y di un discurso en una comida benéfica. Luego corrimos hacia el aeropuerto y tomamos un avión a Baltimore, donde tuve más entrevistas y una lectura a la que solo asistieron catorce personas. De ahí regresamos al aeropuerto para volar a Denver. Estaba atravesando tantas zonas horarias que había dejado de calcular las horas que ganaba y perdía.

Pero, estuviera donde estuviese, por poco que hubiera dormido, hacía ejercicio.

Para lo que me había servido.

«Mantente viva. A veces es todo lo que puedes hacer, pero debes hacerlo.» Extracto deGuiño a guiño

El día después de su primera aparición, Cascarrabias Range Rover entró en mi cubículo.

—He vuelto.
«Ya lo veo.»
—Mannix Taylor, tu neurólogo.
«Sé cómo te llamas. Sé a qué te dedicas.»
—Veo que estás encantada con mi visita —dijo riendo. Tenía unos dientes preciosos. Dientes de persona rica, pensé despectivamente. Dientes de neurólogo.

Acercó una silla a mi cama y levantó la tablilla.
—Veamos qué tal has dormido. Oh, aquí dice que has pasa­ do una noche «excelente». No solo buena, sino excelente. —Me miró—. ¿Estás de acuerdo?

Lo miré con indiferencia y me negué a parpadear.
—¿No quieres hablar? En ese caso, me pondré a trabajar. Diez minutos, como ayer. —De pronto, me clavó una mirada imperiosa—. El doctor Montgomery te dijo que yo vendría cada día, ¿no?

Llevaba cerca de una semana sin ver al doctor Montgomery. Guiñé el ojo izquierdo.
—¿No te lo dijo o no ha venido a verte? ¿Y ese pánfilo que lo sigue como un perrito?

Se refería al residente en prácticas del doctor Montgomery, el doctor DeGroot, quien me visitaba de tanto en tanto y que parecía tener terror a la UCI. Sus ojos eran grandes como hue­ vos duros y se atascaba al hablar. Se aseguraba siempre de com­ probar que mi respirador estuviera enchufado y después huía. Yo tenía la impresión de que se sentiría más realizado en otro tipo de trabajo. Quizá como verificador de enchufes.

—¿Tampoco te lo dijo? —Mannix Taylor cerró los ojos y murmuró algo—. Bien, por el momento vendré a verte cinco días a la semana. Las vainas de mielina crecen a un ritmo de unos trece milímetros por mes. Entretanto, necesitamos man­ tener activa la circulación de tus extremidades. Pero eso ya lo sabes.

No sabía nada. Desde que me dijeron que había contraído uno de los síndromes más raros que existían actualmente, na­ die me había explicado nada, salvo que me mantuviese viva. («¡Aguanta ahí, Patsy, aguanta!») Pero el tal Mannix Taylor acababa de comunicarme el primer dato cruel: que las vainas de mielina crecían a un ritmo de trece milímetros por mes. ¿Cuán­ tos milímetros necesitaban crecer? ¿Y ya habían empezado a crecer?

—Hoy —dijo Mannix Taylor— voy a trabajar con tus pies. Casi levité de la impresión. «¡Los pies no! ¡Cualquier cosa menos los pies!»

Gracias a toda una vida de tacones kilométricos tenía los pies más horrendos del mundo —juanetes, callos y dedos defor­ mados—, y desde mi ingreso en el hospital nadie se había mo­ lestado siquiera en cortarme las uñas.

«No, no, no, señor Cascarrabias Range Rover, ni se le ocurra acercarse a mis pies.»

Pero ya estaba levantando la sábana, y de pronto apareció mi pie derecho. Lo roció con algo —un desinfectante, esperé por su bien—, lo tomó entre sus manos y presionó el sensible arco con el pulgar. Mantuvo la presión unos instantes, caliente y firme, y comenzó a mover los dedos en círculos lentos y segu­ ros, apretando y estirando los tendones bajo la piel de una ma­ nera casi dolorosa.

Cerré los ojos. Descargas eléctricas recorrían mi cuerpo. Notaba un cosquilleo en los labios y mi cuero cabelludo se re­ torcía de gusto.

Colocó la palma de la mano sobre la planta de mi pie y la apretó con fuerza hasta que todos los músculos se estiraron y los huesos crujieron felizmente aliviados.

Empleando la uña del pulgar, me dio pequeños y agradables pellizcos en la punta del dedo gordo. Los movimientos eran mi­ núsculos, un martirio delicioso.

Dejaron de importarme los juanetes, las pieles secas, el ex­ traño bulto en el meñique que podría ser un sabañón. Lo único que quería era que esas maravillosas sensaciones no acabaran nunca.

Noté que empezaba a entrar en calor, y entonces comprendí que no era yo, que era él.

Deslizó su dedo entre los dedos gordo y segundo de mi pie y, cuando lo encajó en el hueco, noté un estremecimiento en mi centro femenino. Sobresaltada, abrí los ojos de golpe. Mannix Taylor me estaba mirando fijamente y parecía sorprendido. Me bajó el pie con una prisa inesperada y lo acurrucó bajo la sábana.

—Suficiente por hoy.

18.11

Karen me deja en casa. Entro en mi hogar vacío y me recibe una bofetada de angustiosa soledad que mis chinos nuevos no consiguen aliviar.

¿Qué puedo hacer para sentirme mejor? Podría llamar a Zoe, pero cada vez que hablo con ella es como si me envenenara. Podría ver Nurse Jackie y comer galletas, pero en mi actual estado barrigudo voy a tener que descartarlas. Mis días de galletas se han terminado. Tendré que volver a ese suplicio rico en proteínas y exento de carbohidratos en el que desayunaba salmón y me decía que los donuts eran como los unicornios: criaturas míticas que solo existían en los cuentos.

Hubo un tiempo en que era capaz de vivir así. Debería ser capaz de vivir así ahora. Pero entonces tenía a Gilda para obligarme a hacerlo, para supervisar mis comidas y transmitirme palabras de ánimo como: «¡Delicioso requesón! ¡Con deliciosos langostinos! ¡Recuerda: nada sabe tan bien como estar delgada!».

Dependía por completo de ella y ella cuidaba maravillosamente de mí. Sería incapaz de recrear ese sostén yo sola.

Además, puede que sea demasiado mayor para estar delgada. Sé que los cuarenta y uno son los nuevos dieciocho, pero cuéntaselo a mi metabolismo.

Las últimas doce semanas me he mostrado valiente, he seguido adelante, pero de repente me entran ganas de tirar la toalla.

Ojalá pudiera hablar con él… Vivo en un estado de perpetua añoranza. Todavía siento que nada ha «ocurrido» de verdad hasta que se lo he contado a él.

Miro el teléfono tratando de aferrarme a los hechos, recordándome mi realidad. No conseguiría nada con llamarle. Probablemente solo lograría sentirme peor.

Soy consciente de que mi vida está acabada. Lo acepto, pero todavía me quedan muchos años por delante. A menos que ocurra algo, seguramente viviré hasta los ochenta como mínimo. ¿Cómo voy a llenar el tiempo?

Quizá debería seguir el ejemplo de la ropa de las tiendas y desaparecer durante veinte años. Podría comer lo que me apeteciera y ver tele a saco y resurgir a los sesenta y uno. Conocería a un hombre que haría diez minutos que es viudo —no pierden el tiempo los viudos, se les pasa rapidito, según Zoe— y se convertiría en mi novio. Iríamos de fin de semana a Florencia a mirar cuadros, porque para entonces yo ya habría desarrollado un interés por el arte (surgiría en torno a la misma época en que empezaría a perder el control de la vejiga: el sistema de trueque de la naturaleza). Yo y el viudo —¿Clive?— nunca tendríamos peleas. Ni sexo, pero eso no sería un problema.

Sus hijas, obviamente, me odiarían. Dirían entre dientes: «¡Nunca te llamaremos mamá!». Y yo respondería con calma: «Vuestra madre era una mujer maravillosa. Sé que nunca podré reemplazarla». Entonces empezaría a gustarles y celebraríamos juntas la Navidad mientras yo, en secreto, solo para fastidiar a las malvadas hijas, susurraría a los nietos: «Ahora vuestra abuela soy yo».

Me digo que algún día volveré a ser feliz. Será una felicidad diferente de la que acabo de perder. Bastante más aburrida.

Aunque falta mucho para eso, así que será mejor que me resigne y me acostumbre a la soledad.

Se me ocurre que podría tomarme una copa de vino, pero es un poco pronto para beber. Cansada, abandono mis compras en el recibidor, subo a mi cuarto y me meto en la cama vestida.

Soy una persona fuerte, me digo mientras me cubro la cabeza con el edredón. He superado retos emocionales, físicos y económicos. La clave está en ser positiva, en mirar hacia delante. En no mirar nunca atrás. En adaptarse a la nueva realidad, en subirse a la montaña rusa de la vida; creo que eso decía en mi primer libro. Aceptar todo lo que me es dado y todo lo que me es arrebatado. Reconocer que también la pérdida y el dolor son un regalo.

¿Realmente escribí yo esas chorradas? ¿Y la gente se las creía? De hecho, me parece que incluso yo me las creía entonces.

Siempre había pensado que los desamores se superaban, que cuanto mayor te hacías menos dolían, hasta que dejaban enteramente de afectarte. Pero la experiencia me ha enseñado que el desamor es igual de terrible cuando eres mayor. El dolor sigue siendo atroz. Peor incluso, debido —Zoe me lo explicó— al efecto acumulador: las pérdidas se van apilando y sientes el peso de todas ellas.

Pero lloriquear y deambular por la casa como un alma en pena es mucho menos digno a mi edad. Pasada la barrera de los cuarenta se espera que seas sabia, filosófica, que te sientes tranquilamente con tu conjunto de Eileen Fisher y digas: «Mejor haber amado y perdido que no haber amado nunca. ¿Quién quiere una manzanilla?».

«No todo el mundo puede encontrar una cura para el cáncer. Alguien tiene que ordenar
los calcetines y ocuparse de las comidas.» Extracto de Guiño a guiño —Sé que debes de estar culpándote por haber contraído esta enfermedad —me dijo Betsy muy seria—, pero recuerda esto, mamá: puedes haber hecho cosas malas, pero eso no te convier­ te en una mala persona.

«¡No sigas!»
—Probablemente lamentes haber nacido, pero —me estrujó la mano con fuerza— nunca debes pensar eso. ¡La vida es un gran regalo!

«Eeeh…»
—Sé que papá y tú tenéis vuestros problemas…
«¿Los tenemos?» Por un momento me sentí terriblemente irritada. Con Betsy todo era tan serio e intenso, todo tenía que ser analizado, considerado deficiente y finalmente solucionado.

—Pero el hecho de que tú estés paralizada y él tenga que acompañarnos al colegio os acercará. —Esbozó una sonrisa ate­ rradoramente eufórica—. Solo necesitas tener fe.

Seguro que estaba yendo a ese club de jóvenes cristianos, ¡seguro! Casi podía imaginarme a sus espeluznantes líderes, un hombre y una mujer de veintipocos; el hombre llevaría el pelo un poco largo y tejanos acampanados, y la mujer, un tabardo de cuadros escoceses sobre un fino jersey blanco de cuello alto. Un día de estos se presentarían aquí con sus guitarras y panderetas y cantarían «Michael, Row the Boat Ashore» y me buscarían problemas con las enfermeras.

Ryan tenía que proteger a Betsy de esa gente, pero ¿cómo podía decírselo?

Sufrí un ataque de abrumadora impotencia. Mira la pinta de Betsy: llevaba la camisa del colegio sin planchar y tenía una extraña mancha de color amarillo en la solapa de la americana ¿Y por qué tenía la barbilla llena de granos? ¿Era solo porque tenía quince años o porque estaba viviendo rodeada de mierda?

No tenía ni idea de lo que mi familia comía —nadie me lo contaba y yo no podía preguntarlo—, pero las probabilidades de que Ryan estuviera cocinando cosas saludables eran prácti­ camente nulas. No era capaz ni de abrir un bote.

No estaba siendo justa con él; esa parte había sido siempre mi responsabilidad. Existía un acuerdo tácito entre ambos: Ryan era el talento y yo la número dos.

—Voy a irme para que papá y tú podáis estar un rato a solas —dijo Betsy.

Ryan se sentó en la silla y me cogió la mano con cuidado. —Stella… —Parecía abatido—. Karen vendrá mañana en mi lugar. Debo volar a la isla de Man para presentar un proyecto.

Desde mi ingreso en el hospital no se había perdido una sola visita, pero la vida tenía que continuar.

—Lo siento —dijo.
«Tranquilo, no pasa nada.»
—Tengo que seguir trabajando.
«Lo sé.»
—Te echaré de menos.
«Y yo a ti.»
—¡Ah! —Había recordado algo—. No encuentro mi maleta pequeña de ruedas. ¿Dónde crees…? —Su voz se apagó cuando cayó en la cuenta de que no podía contestarle.

«Debajo de la escalera. Está debajo de la escalera.»

Yo siempre le hacía la maleta cuando salía de viaje. Esta era la primera vez en años que tendría que hacérsela él.

—No te preocupes —dijo—. Compraré una, algo barato. No pasa nada. Cuando recuperes la voz podrás decirme dónde está.

—¡Tiempo! —anunció la enfermera.

Ryan se levantó de un salto.

—Nos vamos, Betsy. —Me dio un beso fugaz en la frente—. Hasta dentro de dos días.

Nada de sentimentalismos. En los círculos donde nos mo­ víamos las muestras de afecto marital estaban mal vistas. La nor­ ma era que los hombres se referían a sus esposas como «la mu­ jer» o «el dolor de oídos», y las esposas se quejaban de que sus maridos eran unos vagos que no podían ni atarse los cor dones de los zapatos. En tu aniversario de bodas decías cosas como: «¿Quince años? Si hubiese matado a alguien a estas alturas ya estaría libre».

Pero yo sabía que a Ryan y a mí nos unía un fuerte vínculo. No éramos tan solo una pareja, formábamos parte de una familia de cuatro, una unidad estrecha. Pese a lo mucho que discutíamos todos —porque discutíamos, éramos completamente norma­ les—, cada uno de nosotros sabía que no era nada sin el resto.

Ryan me quería. Yo le quería. Esta era la prueba más difícil que la vida nos había puesto por delante en nuestros dieciocho años juntos, pero yo sabía que la superaríamos.

¿Habían sido los mejillones en aquel restaurante de Malahide? ¿O los langostinos del sándwich rebajado? Dicen que nunca debes jugártela con el marisco, pero no estaba caducado, sim­ plemente había que comerlo ese día. Que fue lo que hice.

Ya estaba otra vez tratando de recordar todo lo que había comido las semanas previas al comienzo del hormigueo en los dedos, preguntándome cuál de esos alimentos contenía la bacte­ ria que había desencadenado el síndrome de Guillain­Barré.

¿Tal vez fueron los productos químicos con los que trabaja­ ba en el salón de belleza? ¿O había tenido un brote de gripe por­ cina y no me había dando cuenta? Los hormigueos solían prece­ der a la aparición del síndrome. Pero un brote de gripe porcina no era algo que pasaría inadvertido…

A lo mejor no había sido una intoxicación ni debido a los productos químicos ni a la gripe porcina. El Guillain­Barré era un síndrome tan raro que no podía por menos que preguntarme si la causa no sería algo diferente, algo más oscuro. A lo mejor —como había insinuado Betsy—, Dios me estaba castigando porque no era una buena persona.

Pero yo era una buena persona. ¿Recuerdas aquella vez que, debido a mi torpeza aparcando, rayé un coche en un aparcamien­ to y, después de forcejear con mi conciencia durante cinco largos minutos y comprobar si había cámaras de vigilancia —no las ha­ bía—, dejé mi número de teléfono debajo del limpiaparabrisas?

(El dueño del coche rayado nunca me llamó, por lo que pude disfrutar de la agradable sensación de saber que había obrado correctamente sin que mi economía se viese afectada.)

Quizá la razón por la que no había sido buena era que no había Desarrollado mi Verdadero Potencial. Eso parecía ser un crimen hoy día, de acuerdo con las revistas.

Pero como madre, esposa y esteticista sí lo había hecho. No tienes que hacer algo espectacular para Desarrollar tu Verdade­ ro Potencial. No todo el mundo puede encontrar una cura para el cáncer. Alguien tiene que ordenar los calcetines y ocuparse de las comidas.

El dolor lacerante en la cadera había empezado y —miré el reloj— todavía tenía por delante cuarenta y dos minutos. Debía evitar pensar en ello. Volví a mis preocupaciones.

Siempre había procurado hacer las cosas lo mejor posible, me dije. Incluso cuando metía la pata hasta el fondo, como en aque­ lla fiesta de cumpleaños en la que admiré a un bebé regordete diciendo: «¡Qué niño tan rico!», y lo mejoré añadiendo: «Es igualito que tú» al hombre que no era el padre sino el tipo del que todos sospechaban que había tenido un lío con la madre del bebé.

Pero por mucho que intentara racionalizarlo, sí había hecho algo mal…

Fue un delito de omisión más que de obra. Lo había apar­ tado de mi mente, pero como en el hospital no tenía otra cosa que hacer salvo pensar, el recuerdo por fin había aflorado y la culpa me estaba matando.

Fue algo relacionado con el trabajo. Acababa de terminar una depilación brasileña completa y creía que lo había sacado todo, pero cuando Sheryl —fíjate, todavía me acuerdo de su nombre— cuando Sheryl estaba bajándose de la camilla vi que me había dejado un trocito sin depilar. Y no se lo dije.

Debo alegar en mi defensa que estaba agotada y que Sheryl tenía mucha prisa porque debía arreglarse para su tercera cita con un hombre, ergo, la cita del primer polvo. (Mis clientas me tra­ taban como a un confesor, me lo contaban todo.) Así que lo dejé pasar.

Y resulta que lo del hombre no salió bien. Alan, se llamaba. Sheryl acudió a la cita y Alan y ella hicieron sus cosas pero él no volvió a enviarle ningún mensaje, y siempre me he preguntado si ese trocito sin depilar había sido la causa.

El remordimiento me carcomía, pero una noche que me des­ perté a las cuatro y cuarto decidí que a la mañana siguiente bus­ caría a ese Alan y le suplicaría que lo reconsiderara. Me parecía una decisión de lo más acertada; sin embargo, para cuando se hizo de día mi determinación se había esfumado y la idea de in­ tentar dar con Alan se me antojó una locura.

No me quedaba otra que vivir con aquello. Para sentirme en paz, me decía que todas las personas hacen cosas de las que nunca serán absueltas. La vida no consiste en convertirse en una persona perfecta, sino en aceptar que eres una persona mala. No mala de malvada, como Osama Bin Laden o un chiflado de esos, sino defectuosa y, por tanto, peligrosa, capaz de cometer errores que pueden provocar daños irreparables.

Había conseguido olvidarlo —hacía cinco años de eso—, pero ahora la culpa afloraba de nuevo y no me dejaba sola ni un minuto. ¿Y si hubiera dicho: «Sube de nuevo a la camilla, Sheryl, me he dejado un trocito»? ¿Estaría ahora Sheryl casada con Alan y tendría tres hijos? ¿Había alterado con mi desidia el curso de la vida de dos personas? ¿Tenía yo la culpa de que tres niños preciosos no hubieran nacido? ¿De que nunca hubieran sido concebidos?

¿O acaso Sheryl y Alan no eran compatibles? A lo mejor el hecho de que no se hubieran casado no tenía nada que ver con ese trocito de vello sin depilar. Tal vez él ni siquiera lo había visto. ¡Dios, qué horror! No podía ir a ninguna parte con mis pensamientos, solo hacían que girar y girar en círculos…

La cadera me ardía como si estuviera sobre un fuego; no podía seguir ignorando el dolor. Todavía tenía por delante vein­ tiún minutos y estaba empezando a sentir náuseas. ¿Y si vomi­ taba? ¿Podía siquiera vomitar? ¿Y si mi estómago podía vomitar pero los músculos de mi garganta eran incapaces de expulsar el vómito? ¿Me ahogaría? ¿Se me rompería la garganta?

Dirigí una mirada implorante al mostrador de las enfermeras. Por favor, mirad hacia aquí, por favor, sacadme de este suplicio.

«Uno, dos, tres, cuatro, cinco, seis, siete.» El pánico se estaba adueñando de mí. No iba a poder aguantar. «Uno, dos, tres, cua­ tro, cinco, seis, siete.» No iba a poder resistirlo. «Uno, dos, tres, cuatro, cinco, seis, siete.»

Los números amarillos del monitor cardíaco estaban su­ biendo. A lo mejor cuando mi ritmo cardíaco sobrepasara cier­ ta cifra se dispararía una alarma. «Uno, dos, tres, cuatro, cinco, seis, siete. Uno, dos, tres, cuatro, cinco, seis, siete.» —Buenos días. —Doctor Mannix Bata Ondeante Taylor en­ tró en mi cubículo y se detuvo en seco—. ¿Qué ocurre?

«Dolor», transmití con los ojos.
—Eso ya lo veo —dijo—. ¿Dónde? ¡Maldita sea!

Se largó y regresó con Olive, una de las enfermeras. —Tenemos que darle la vuelta para aliviarle el peso del cos­ tado izquierdo.

—El doctor Montgomery dijo que debíamos girar a la pa­ ciente cada tres horas —replicó Olive.

—La paciente tiene un nombre —señaló Mannix Taylor—. Y Montgomery será el especialista de Stella, pero yo soy su neurólogo y le digo que tiene un dolor muy fuerte. ¡Mírela!

Olive apretó la mandíbula.
—Si necesita la aprobación de Montgomery, llámele —dijo Mannix Taylor.

Yo contemplaba la escena envuelta en una neblina de dolor. No estaba segura de que fuera una buena idea tener a Mannix Taylor de paladín; parecía poseer el don de irritar a la gente.

—Aunque —continuó Mannix—, siempre desconecta el te­ léfono cuando está en el club de golf.

—¿Quién dice que está en el club de golf?
—Siempre está en el club de golf. Él y sus amigotes se pasan el día allí. Seguro que duermen en el edificio, dentro de sus bol­ sas de golf, todos alineados como cápsulas dentro de una nave espacial. Vamos, Olive, yo cogeré a Stella por la parte de arriba. Usted cójala por las piernas.

Olive titubeó.
—Écheme la culpa a mí —dijo Mannix—. Diga que la ame­ nacé.

—Seguro que se lo creen —replicó Olive con tirantez—. Tenga cuidado con el respirador.

—Bien.

No podía creer que aquello estuviera ocurriendo de verdad. Me levantaron y me dieron la vuelta para tenderme sobre la otra cadera. Cuando el dolor se diluyó el alivio fue indescriptible.

—¿Mejor así? —me preguntó Mannix.
«Gracias.»
—¿Con qué frecuencia necesitas que te muevan? ¿En qué momento empieza el dolor?

Lo miré en silencio.
—¡Joder! —Parecía tremendamente frustrado—. Esto es… «No es culpa mía que no pueda hablar.»
—¿Cada hora?

Guiñé el ojo izquierdo.
—¿No? ¿Cada dos? Bien, a partir de ahora te darán la vuelta cada dos horas.

Me puso la mano en la frente.
—Estás ardiendo. —Ya no parecía tan irritado—. El dolor debía de ser insoportable.

Volvió a desaparecer y, tras unas palabras acaloradas con Olive, regresó con un cuenco de agua y una toallita. Me pasó agua fría por mi rostro febril y utilizó los nudos del tejido para masajearme el contorno de los ojos, secarme los párpados y en­ jugarme la boca. Su misericordia se me antojaba bíblica.

Mi karma y  yo

Mi karma y yo

Marian Keyes

ISBN: 9788401389405

Editorial: Plaza y Janés

Nº de páginas: 528

Año de edición: 2015

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