ÚLTIMA SESIÓN, Marisha Pessl.

Si observabas la fiesta en el espejo situado sobre la repisa de la chimenea, la multitud se veía bañada por la luz dorada de una enorme lámpara de araña. Me desconcertó localizar a alguien vagamente conocido: a mí mismo. Llevaba una camisa azul, una chaqueta deportiva y tres o cuatro copas encima (había perdido la cuenta), y me apoyaba en la pared como si la estuviera sosteniendo. Parecía que en vez de en una fiesta estaba en el aeropuerto, esperando a que despegara mi vida.

Pero se anunciaba un retraso indefinido.

Cada vez que me plantaba en esas veladas de beneficencia, escenas perdidas de mi vida de casado, me preguntaba por qué seguía yendo.

Quizá me gustase enfrentarme a pelotones de fusilamiento.
–Scott McGrath, ¡qué alegría verte!
«Ojalá pudiera decir lo mismo», pensé.
–¿Estás trabajando en algo interesante últimamente?
«Sí, en mis abdominales.»
–¿Y todavía das clases de periodismo en la New School?
«Me sugirieron que me tomara un año sabático. ¿En otras palabras? Recortes.» –Pues no sabía que siguieras en la ciudad.

Nunca sabía que contestar a esa, mira. ¿Acaso pensaban que me habían desterrado a Santa Helena, como a Napoleón después de Waterloo?

Estaba en esa fiesta gracias a Birdie, una de las amigas de mi ex mujer Cynthia. Me resultaba tan gracioso como halagador que, mucho después de que mi mujer se hubiese divorciado de mí para sumergirse en aguas más azules, un considerable grupo de sus amigas siguiera rondándome como si yo fuese un naufragio interesante, con algún botín que salvar y llevarse a casa. Birdie era rubia y cuarentona, y en dos horas casi no se había despegado de mí. De vez en cuando me apretaba el brazo en señal de que su marido –gestor de fondos de cobertura (o más bien, con hongos como cobertura)– estaba fuera de la ciudad y sus tres hijos bajo los cuidados de una niñera digna de Guantánamo. Solo la exhortación por parte de la anfitriona de que la acompañara a ver la nueva cocina había podido arrancar a Birdie de mi lado.

–No te muevas de aquí –me dijo al irse.

Y lo que hice fue justamente moverme. El naufragio quería permanecer sumergido.

Apuré el whisky, y cuando me disponía a volver a la barra me sonó la BlackBerry.

Me escabullí por la puerta que tenía detrás hacia el rellano del segundo piso. Era un mensaje de mi antiguo abogado, Stu Laughton. Llevaba sin saber nada de él al menos seis meses.

Han encontrado el cadáver de la hija de Cordova. Llámame.

Cerré el mensaje para googlear «Cordova» y ojear los resultados.

Era cierto. Y mi puñetero nombre estaba en un montón de artículos. «El desacreditado periodista Scott McGrath…»

En cuanto la noticia circulase por la fiesta, todo el mundo me señalaría y me acribillaría a preguntas.

De repente estaba sobrio. Me escabullí entre la multitud y bajé las escaleras de caracol de mármol. Nadie dijo una palabra mientras cogía mi abrigo, dejaba atrás el busto de bronce de la anfitriona (que, en un desvergonzado abuso de la licencia artística, le otorgaba un parecido con Elizabeth Taylor), salía por la puerta principal y bajaba por las escaleras del adosado a la calle Noventa y cuatro Este. Me dirigí a la Quinta Avenida, resoplando en la húmeda noche de octubre. Paré un taxi y me subí.

–A la esquina oeste de la Cuarta Avenida con Perry Street.

Cuando nos pusimos en marcha bajé la ventanilla y sentí que el estómago se me cerraba a medida que la realidad se iba asentando: «Han encontrado el cadáver de la hija de Cordova». ¿Cuál había sido el titular sin filtrar que yo había soltado en la televisión nacional?

«Cordova es un depredador, de la misma calaña que Manson, Jim Jones y el coronel Kurtz. Tengo una fuente de primera mano que trabajó durante muchos años para la familia. Alguien debería acabar con él sin contemplaciones.»

Aquella inspirada frasecita me había costado mi carrera y mi reputación (por no mencionar un cuarto de millón de dólares), pero eso no le restaba veracidad. «Aunque posiblemente debería haberme callado después de mencionar a Charles Manson.»

No podía evitar reírme de mí mismo por sentirme como un fugitivo, aunque probablemente la comparación más adecuada fuese la de un radical en busca y captura. Y, sin embargo, tenía que admitir que había algo excitante en volver a ver ese apellido, Cordova, ligado a la posibilidad de que quizá, solo quizá, hubiera llegado el momento de recuperar mi vida.

2|Veinte minutos más

–Le dije que tenía que irme a las nueve –oí detrás de mí cuando cerraba la puerta–. Es más de la una. ¿Se puede saber qué ha ocurrido?

Se llamaba Jeannie, y no era precisamente de esas que le vuelven a uno loco.

Para los dos fines de semana al mes que, según el régimen de visitas, me tocaba quedarme con Samantha, mi hija de cinco años, mi ex mujer había establecido una oferta de dos por uno, así que por obligación también tenía que encargarme de Jeannie, la niñera. Era una licenciada de tarde entraba en mi piso, en el 30 de Perry

Street.

Yale de veinticuatro años, que estudiaba pedagogía en Columbia y disfrutaba a las claras de su posición de poder como guardaespaldas oficial, escolta privada y destacamento especial de Sam cada vez que se aventuraba en el arriesgado terreno de mi custodia. En esta ecuación, yo era la nación inestable del Tercer Mundo con un gobierno corrupto, infraestructuras deficientes, sediciones rebeldes y una economía en caída libre.

–Lo siento –me excusé mientras soltaba la chaqueta en la silla–. He perdido la noción del tiempo. ¿Dónde está Sam?

–Dormida.
–¿Has encontrado el pijama de nubes?
–No. Tenía que estar en un grupo de estudio hace ya cuatro horas. –Te pagaré el doble para que puedas buscarte un profesor particular. Saqué la cartera y le entregué a Jeannie unos quinientos pavos que se guardó tan ricamente en la mochila; después fui cortándole el paso para llevarla hacia el vestíbulo.

–Ah, señor McGrath, Cynthia quiere saber si puede cambiarle el próximo fin de semana.

Me detuve ante la puerta cerrada y me di la vuelta.
–¿Por qué?
–Ella y Bruce se van a Santa Bárbara.
–No.
–¿No?
–Tengo planes. Nos atenemos al programa.
–Pero ya han hecho los preparativos.
–Pues que los deshagan.

Jeannie abrió la boca para protestar, pero la cerró de inmediato, deduciendo acertadamente que el territorio entre dos personas que una vez habían sido almas gemelas y ya no lo eran conllevaba tantos riesgos como deambular por las zonas tribales de Pakistán.

–Lo llamará para discutirlo –se limitó a observar.
–Buenas noches, Jeannie.

Exhaló un suspiro vacilante y salió. Yo me metí en el despacho, encendí el flexo y cerré suavemente la puerta tras de mí.

«Santa Bárbara los cojones.»

3|Mi despacho era

una habitación pequeña y descuidada de paredes verdes, llena de archivadores, fotografías, revistas y pilas de libros.

Sobre el escritorio había una foto enmarcada de Samantha con cara de elfo anciano sacada el día en que nació. De la pared colgaba el cartel de un Alain Delon con aire refinado, aunque exhausto, en El silencio de un hombre. El póster había sido un regalo de mi antiguo director en Insider. Me decía que le recordaba al protagonista –un mercenario francés existencialista y solitario–, lo cual no era un piropo. Al otro lado de la habitación había un sofá hundido (allí perdí mi virginidad y aporreé en la máquina uno de mis mejores relatos), vestigio de mis días en la residencia de la hermandad Phi Psi, en la Universidad de Michigan. Sobre él tenía colgadas y enmarcadas las cubiertas de mis libros: Nación MasterCardCazar al capitán Hook: piratas en alta marCrudo: los duros secretos de la industria del petróleo,Carnavales de coca. Estaban descoloridas, y los diseños de las solapas eran muy de finales de los noventa. También había unas cuantas copias de mis artículos más famosos paraEsquireTime e Insider: «En busca de El Dorado», «Infierno de nieve negra», «Cómo sobrevivir a una prisión siberiana». Frente a la puerta, dos ventanas gigantes daban a Perry Street y a un álamo destrozado, aunque a esa hora estaba demasiado oscuro y no se veía.

Caminé hasta la estantería del rincón, junto a mi fotografía en Manaos donde aparecía echándole el brazo por encima a un regatao (un mercader de río), con una pinta irritantemente feliz y bronceada –instantáneas de una vida pasada–, y me serví un whisky.

Me había comprado seis cajas de Macallan Cask Strength durante un viaje de tres semanas que hice por Escocia en 2007. El viaje había sido una inspirada sugerencia de mi loquero, el doctor Weaver, después de que Cynthia me informase de que ella y mi hija de nueve meses me dejaban por Bruce, un capitalista emprendedor con el que tenía una aventura.

Fue solo unos meses después de que Cordova me hubiera puesto la demanda por calumnias. Podría uno pensar que Cynthia, por piedad, iba a racionar las malas noticias, a decirme primero que es que yo viajaba demasiado, después que me había sido infiel, luego que estaba locamente enamorada y, por último, que ambos se iban a divorciar de sus respectivos cónyuges para estar juntos. Pues no. Me lo soltó todo el mismo día, como una pequeña localidad costera ya afectada por la hambruna que además sufriera un alud de lodo, un tsunami, la caída de un meteorito y, para colmo, una pequeña invasión extraterrestre.

Pero, bueno, quizá fuese mejor así; de ese modo, desde el principio de la larga cadena de desastres no quedaba ya nada que destruir.

El propósito de mi viaje a Escocia había sido empezar de nuevo, pasar página, entrar en contacto con mis tradiciones y por ende conmigo mismo, visitando el lugar donde cuatro generaciones de McGrath habían nacido y prosperado: un pueblecito de Moray, en Escocia, llamado Fog watt. Solo por el nombre, tenía que haber supuesto que aquello no iba a ser Brigadoon. La sugerencia del doctor Weaver trajo consigo el descubrimiento de que mis ancestros habían surgido del pabellón de los locos peligrosos de Bellevue. Fogwatt consistía en unos cuantos edificios blancos y torcidos que colgaban de una colina gris como un par de dientes en la boca de un anciano. Las mujeres recorrían la ciudad con los endurecidos rostros de quienes habían sobrevivido a una plaga. Silenciosos hombres de rostros enrojecidos asaltaban todos los bares del pueblo. Pensé que las cosas empezaban a mejorar cuando acabé en la cama con una atractiva camarera llamada Maisie, hasta que se me pasó por la cabeza que podía ser mi prima lejana. Cuando cree uno que ya ha tocado fondo, va y se da cuenta de que tiene el pie metido en otra trampilla.

Vacié de un trago el whisky y de inmediato me sentí más vivo; me serví otro y fui hacia el armario que había detrás del escritorio.

Había pasado al menos un año desde mi última incursión allí.

La puerta estaba atascada y tuve que forzarla tras apartar de una patada unas viejas zapatillas de deporte y los planos de la casa de la playa de Amangansett que había pensado comprarle a Cynthia en un último intento por «arreglar las cosas». Una malísima idea eso de intentar dar un concierto benéfico millonario para salvar tu matrimonio. Quité lo que estaba bloqueando la puerta: una foto enmarcada de Cynthia y mía de cuando viajamos por Brasil en una Ducati buscando minas de oro ilegales, tan enamorados que era imposible imaginar siquiera que un día pudiera no ser así. «Dios, qué guapa era.» Aparté la foto, empujé unos montones de revistas National Geographic y encontré lo que estaba buscando:

una caja de cartón.

La saqué, la puse sobre el escritorio y me senté en la silla con los ojos fijos en ella.

La cinta aislante con la que la había sellado ya no pegaba.

Cordova.

La decisión tomada cinco años atrás de que ese hombre fuese mi tema de investigación había sido accidental. Acababa de volver de una agotadora estancia de seis semanas en Freetown, un suburbio de Sierra Leona. Alrededor de las tres de la madrugada, con los ojos como platos por el jet lag, me vi de repente abriendo un artículo en el ordenador sobre la Luz de Amy, la organización sin ánimo de lucro dedicada a limpiar internet de las «cintas negras»de Cordova, comprándolas y destruyéndolas. La organización la había fundado una madre cuya hija había muerto brutalmente a manos de un asesino imitador. Como en el crimen central de Espérame aquí, Hugh Thistleton secuestró a Amy en una esquina, donde la niña estaba esperando a que su hermano volviera de una tienda de conveniencia, la llevó a una fábrica abandonada y la arrojó a los engranajes de la maquinaria.

«Una organización dedicada a impedir que Cordova infecte a nuestros jóvenes», declaraba el sitio de internet. La misión me pareció enternecedora, si bien completamente imposible: intentar erradicar a Cordova de internet era como tratar de exterminar los insectos del Amazonas. Y además no estaba de acuerdo. Como periodista, la libertad de expresión constituía para mí una piedra angular, un principio tan enclavado en los cimientos de Estados Unidos que ceder aun una pizca implicaría la perdición de nuestro país. Además, me oponía frontalmente a la censura; Cordova no era más responsable de la repugnante muerte de Amy que la industria cárnica lo era de la muerte de estadounidenses por ataques al corazón. Por mucho que la gente quisiera creer, por su propia paz mental, que la aparición del mal en este mundo tenía una causa identificable, la verdad nunca era tan simple.

Hasta aquella noche, apenas había pensado en Cordova, más allá de disfrutar de (y asustarme con) algunas de sus primeras pe lícu las. Hacerme preguntas acerca de las motivaciones de un director huraño no era mi meta profesional ni mi especialidad. Yo me ocupaba de historias con gancho, de vida o muerte. Mi corazón tendía a acudir a la causa más desesperada de todas las causas desesperadas en busca de un nuevo objeto de investigación.

De algún modo, en un momento dado de aquella noche, mi corazón se sumergió de lleno en esta causa.

Quizá fuera porque Sam había nacido solo unos meses antes y, al enfrentarme de pronto a la paternidad, me sentía más susceptible de lo habitual ante la idea de proteger aquel hermoso ejercicio de borrado –de proteger a cualquier niño– de los perturbadores horrores que representaba Cordova. Ignoro la razón, pero cuanto más entraba en los cientos de blogs, de clubes de fans y de foros anónimos sobre Cordova (muchos de cuyos comentarios eran de niños de hasta nueve o diez años), más persistente era la impresión de que Cordova estaba envuelto en un halo turbio.

En retrospectiva, esa experiencia me recordaba a la de un reportero alcohólico sudafricano con quien me había topado en el Hilton de Nairobi cuando estuve allí en 2003, trabajando en una historia relacionada con el comercio de marfil. El reportero iba de camino a una aldea lejana del sudoeste, cerca de la frontera con Tanzania, donde una tribu taita se estaba extinguiendo; la consideraban walaani («maldita») porque ningún niño nacido allí sobrevivía más de once días. Nos encontramos en el bar del hotel y, tras lamentarnos de que a ambos nos hubieran robado el coche (para confirmar el apodo de la ciudad, «Nairrobo»), el tipo me dijo que estaba pensando en perder el autobús de la mañana siguiente y en abandonar la historia a causa de lo que les había ocurrido a los tres reporteros que habían ido al poblado antes que él. Al parecer, uno de ellos se había vuelto loco y deambulaba por las calles balbuceando absurdos. Otro se había despedido y a la semana se había colgado en la habitación de un hotel de Mombasa. El tercero se había esfumado, tras abandonar a su familia y dejar una nota en el periódico italiano Corriere della Sera.

–Está contaminada –murmuró el hombre–. La historia. Algunas lo están, ¿sabes?

Solté una risita, considerando que tal dramatismo era un efecto colateral del Chivas Regal que llevábamos pimplándonos toda la noche. Pero él continuó.

–Es un lintwurm. –Me miró de reojo mientras sus ojos inyectados de sangre buscaban comprensión en mi rostro–. Una tenia que se come su propia cola. No tiene sentido perseguirla. Porque no tiene final. Lo único que conseguirás es que se te enrosque alrededor del corazón y te exprima la sangre. –Blandió el puño cerrado–. Dit suig jou droog. De algunas historias hay que huir mientras se tienen piernas.

Nunca supe si llegó a ir a la aldea.
«Han encontrado el cadáver de la hija de Cordova.» El pensamiento me trajo de nuevo al presente; abrí la vieja caja, cogí una pila de papeles y empecé a hojearlos.

Primero apareció una lista mecanografiada de todos los actores que habían trabajado con Cordova. Después una lista de localizaciones de rodaje desde su primera película, Figuras bañadas en luz. La crítica de Pauline Kael de Distorsión, «Desvelando la inocencia». Una instantánea de Marlowe Hughes en la cama, en el plano final de Hijo natural. Las transcripciones mecanografiadas de mis notas desde la ciudad de Crowthorpe Falls. Una foto que había sacado de la valla que rodea la propiedad de Cordova, The Peak. El programa de la clase sobre Cordova que Wolfgang Beckman impartía hacía unos años en la escuela de cine de Columbia, aunque se vio obligado a cancelarla tras solo tres sesiones debido a las protestas de los padres («Temática de Cordova: tenebrosamente vivo y completamente paralizante», era el atrevido título de la materia). Un DVD del documental de la PBS sobre Cordova de 2003, El guardián oscuro. Y, por último, la transcripción de una llamada anónima.

John. El interlocutor misterioso que supuso mi ruina.

Saqué las tres páginas de la pila de papeles.

Cada vez que leía las transcripciones, realizadas en las pausas entre conversación y conversación, intentaba sin éxito recordar en qué momento había perdido la cabeza. ¿Qué era exactamente lo que me había movido a echar por tierra veinte años de experiencia y a soltar aquella bomba durante una aparición en televisión ni veinticuatro horas después?

 

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Última sesión

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Marisha Pessl

ISBN: 9788439729327

Editorial: Literatura Random House

Nº de páginas: 688

Año de edición: 2015

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