Que todo sea como nunca fue, Joachim Meyerhoff.

HASTA AQUÍ HEMOS LLEGADO


Mi primer muerto fue un jubilado.
Mucho antes de que un accidente, una enfermedad y la decrepitud hicieran desaparecer a las personas de mi familia que más quería, mucho antes de que tuviera que aceptar que
mi propio hermano, mi padre —demasiado joven—, mis abuelos e incluso el perro de la infancia no eran inmortales, y mucho antes de que llegara a mantener un diálogo constante
con mis muertos —tan alegre, tan desesperado—, una mañana me topé con un jubilado muerto.

Una semana antes, yo había cumplido los siete años; había esperado ese momento con gran impaciencia, pues a partir de entonces iban a permitirme ir solo al colegio. Y, de un día para otro, tuve derecho a detenerme y proseguir el camino siempre que quisiera. El recinto del psiquiátrico en el que me crié, y también los jardines, las casas, las calles y los setos que había fuera de los muros del centro, parecían haberse transformado. Me llamaban la atención muchas cosas que, en compañía de mi madre o de mi hermano, no había advertido. Empecé a dar zancadas más grandes y me sentí increíblemente adulto. Dado que estaba solo, las cosas a mi alrededor también parecían más importantes. Me enfrentaba
a ellas cara a cara. El cruce y yo. El quiosco y yo. El muro del depósito de chatarra y yo.
Me sorprendió la cantidad de decisiones que de repente podía tomar por mi cuenta. Antes, mientras me dejaba llevar al colegio, iba colgado de la mano de mi madre, perdido en
mis pensamientos, o hablaba con ella. Pero nunca prestaba atención al trayecto: era como una carta camino del buzón.
Durante toda la primera semana, tal como había prometido, me limité a recorrer el camino acordado, el camino por el que mi madre me había enseñado a mirar a izquierda y derecha y de nuevo a la izquierda. Sin embargo, el lunes siguiente decidí dar un rodeo por los pequeños huertos comunitarios. Abrí de un empujón una puerta enrejada verde y avancé entre figuras, pequeños árboles y bancales de verduras. La verdad es que me sentía un poco culpable, porque mi padre me había prohibido expresamente que entrara en la zona de los huertos.
—¡A menudo, en esas cabañas se esconde gente de lo más extraña! —me advirtió—. No se te ocurra ir por allí, ¿de acuerdo?
—Por supuesto, papá, ¡de acuerdo!
De un árbol arranqué una manzana todavía verde, le di un mordisco, escupí el trozo ácido entre dos listones de la valla, y a continuación lancé la fruta sobre los tejados, lo más lejos que pude. Esperé a oír un ruido, pero todo siguió en completo silencio, como si la manzana no hubiera llegado al suelo. Escupí varias veces y seguí caminando. No había
contado con que la zona de los huertos sería tan grande y laberíntica. En cada bifurcación giraba hacia la derecha con la esperanza de llegar a una entrada que estuviera cerca de mi escuela.
Volví a mirar el reloj de pulsera que me habían regalado por mi cumpleaños, pero que yo no había pedido. Sin embargo, la hora se había convertido en la condición de mi nueva independencia. Faltaban sólo cinco minutos para las ocho. Entonces sí que debía darme prisa. Llegué a un jardín por el que ya había pasado y aceleré la marcha. Todos los caminos parecían iguales e intenté ignorar la inquietud que se iba apoderando de mí. No quería perder la ilusión ni el espíritu aventurero que sentía entre el sinuoso encanto de los huertos, que despertaban de la paz de las primeras horas del día. Entonces oí a lo lejos, aunque bien claro, el timbre de la escuela: era la hora de entrar en clase. Eché a correr. La mochila me golpeaba con violencia contra la espalda, como si un cochero malhumorado me espoleara.
Por fin alcancé una recta larga, al final de la cual se encontraba la ansiada salida. Al llegar, me di cuenta de que la puerta estaba cerrada, aunque tras ella reconocí el camino a la escuela. Salté y me agarré al borde superior. Como el enrejado era de malla estrecha, las puntas de mis pies resbalaban una y otra vez, y sólo cuando pude presionar con la parte plana del calzado conseguí trepar por la valla. Pasé una pierna al otro lado, y estaba a punto de pasar la otra cuando, en el jardín que había justo a mi izquierda, vi a un hombre tirado en el parterre. Enseguida supe que se trataba de un muerto.
Aún hoy me sorprende el hecho de no haberme asustado lo más mínimo y no haber salido disparado de allí. Al contrario: con gran curiosidad, me acerqué hacia él haciendo equilibrios y arrastrando poco a poco mi trasero por el portal de hierro. En ese momento podía verlo mejor. Iba bien vestido, todo de beige. Se le había salido uno de los zapatos de verano de color marrón claro y se le veía el calcetín, del mismo color. Tenía la camisa meticulosamente metida en los pantalones ligeros. Al igual que mi padre, utilizaba un cinturón de verano de esparto. Tenía los pies y las pantorrillas sobre la hierba, y el resto del cuerpo sobre el parterre. No reconocí las flores, aunque eran preciosas y de colores alegres.
¿Cómo estaba yo tan seguro de que estaba muerto? ¿Por qué no me planteé, aunque fuera durante un segundo, la idea de buscar ayuda? ¿Por qué me pareció que ese cadáver estaba destinado a mí, que me pertenecía?
Las flores estaban inclinadas, algunas de ellas incluso arrancadas, como si aquel individuo hubiera golpeado a diestro y siniestro, se hubiera revolcado en una lucha a muerte, se hubiera agarrado a las plantas lleno de dolor. Estaba boca abajo, tenía revuelto el cabello gris. No pude apartar la mirada, seguí sentado en mi atalaya y lo observé. Estaba
pasmado. ¿Debía descender hasta él, bajar al reino de flores de los muertos, o bien saltar al otro lado, al lado de los vivos, de los automóviles, de los transeúntes y de las horas de clase que se sucedían sin pausa? Una de mis piernas colgaba sobre el jardín; la otra, sobre el camino. Un pensamiento, al principio algo vago, acabó abriéndose paso. «He encontrado un muerto —exclamé en voz baja, una y otra vez y con creciente entusiasmo—, he encontrado un muerto.»

Salté del portal a la acera y corrí hacia el colegio, abrí de un empujón la puerta de entrada, subí corriendo la escalera, irrumpí en mi clase y comuniqué a gritos la feliz noticia:
—¡¡¡¡HE ENCONTRADO UN MUERTO!!!!
La profesora y todos mis compañeros se me quedaron mirando como si el mismísimo Redentor hubiera aparecido en persona en el aula.
«¿Qué es lo que está pasando aquí? ¿Están sordos?», pensé yo. Alcé los brazos en alto, cerré los puños en señal de victoria y grité aún más fuerte que antes:
—¡¡¡¡HEEE ENCOOONTRAAADO UN MUEEEEEERTO!!!!
—Oye, ¿qué pasa contigo? —me preguntó la profesora con una irritación inexplicable para mí—. ¿Has perdido la chaveta o qué? Entrar aquí de esta forma… ¿Te has vuelto loco?
Entonces me invadió una profunda indulgencia por mis compañeros, que me escudriñaban incrédulos, tan duros de mollera, y por los rasgos fuera de control y poco pedagógicos de la maestra. No debía exigirles demasiado. Convencido de triunfar y con marcada lentitud, los puse al corriente de mi sensacional descubrimiento.
—En los huertos comunitarios hay alguien tirado, se trata de un muerto. Yo lo he encontrado. ¡Está muerto!
—Deletreé con claridad frente a todas las bocas abiertas que había delante de mí—. Está tirado entre las flores. Un hombre. Un muerto. Yo lo he encontrado. ¡He encontrado
un muerto!
—Siéntate de una vez en tu sitio.
Deslicé mi mochila hasta el suelo y me dejé caer sobre la silla. Dios mío, qué pequeño era el pupitre. Mis rodillas apenas entraban en él. Aunque no me sorprendía. Quien es dueño de un muerto se hace adulto, se estira, madura de una forma definitiva. La maestra se alzó sobre su atril, que a mí me pareció más que nunca diminuto y miserable, se dirigió hacia mí, se puso en cuclillas y me observó con seriedad. Muchas veces en la vida volvería a encontrarme con esa mirada que te aclara las cosas de forma inequívoca: «Hasta aquí hemos llegado. Ya no tiene gracia».
Esa mirada que te pone frente a una disyuntiva: o bien que te tomen por un Münchhausen, el barón de las mentiras, y te despidan de la comunidad de los amantes de la
verdad para que acabes convertido en un estafador irrecuperable, o bien que reconozcas la culpa, te arrepientas y te apartes con repugnancia de la falsedad.
Me miró de esa forma durante largo rato:
—¿Qué es lo que te pasa? Di la verdad: ¿has encontrado algo?
Yo callé. Con una voz con la que la maestra pretendía darme la oportunidad de retractarme, me preguntó:
—¿Qué es lo que ha pasado en realidad?
Yo aún estaba sin aliento por mi rápida carrera, o mejor dicho, me quedé sin aire justo cuando debía contestar.
—He encontrado algo.
—¿Y qué es lo que has encontrado?
Cogí aire.
—¡Un muerto!
—¿Un muerto?
—Sí.
—¿Y dónde?
—En los huertos comunitarios.
Nunca en clase se había producido un silencio tan sepulcral, ni siquiera cuando el director sustituyó a un profesor enfermo y nosotros comenzamos una guerra de manojos de llaves y acabamos provocándole una herida en la cabeza.
Cuanto más me acosaba ella, más inseguro me sentía yo. Insistir en la historia de mi muerto parecía de pronto mucho más difícil que renunciar a él. Por un momento, estuve a punto de decir: «Tiene usted toda la razón. Disculpe, por favor» o bien «Creo que me he confundido. No era nada. Unos pantalones, sí, quizá unos pantalones, un espantapájaros volcado. Exactamente, eso es lo que era. Siento de veras haber llegado tarde. Era una excusa. No he encontrado nada, y mucho menos un muerto».
Sin embargo, no me di por vencido con tanta facilidad, aunque ella me presionara cada vez más:
—Si sigues diciendo que has encontrado un muerto, tendré que llamar a la policía. Ellos se presentarán allí y, si no encuentran nada, entonces, te lo puedo asegurar, te habrás ganado una bronca de cuidado.
Oh, no, la policía, pensé yo, ¿qué es lo que puedo hacer? Quizá sí que me haya confundido, quizá simplemente había perdido el conocimiento o estaba buscando algo entre las flores. «Quizá —pensé desesperado—, hace ya tiempo que se ha puesto en pie, se ha calzado el zapato, ha arreglado las flores, se ha peinado y se ha sentado en la tumbona que hay frente a su acicalada casita.» El policía abriría la pequeña puerta de su jardín, me imaginaba yo, y lo saludaría:
—Buenos días, disculpe usted la molestia, ¿ha visto por alguna parte a un muerto?
—¿Un muerto? No, señor agente, seguro que no.
—Un jovencito asegura haber visto uno por aquí.
—Hacía tiempo que no oía semejante tontería. ¿En mi jardín? ¿Un muerto? Sin duda, me habría enterado. Hay que ver lo que llegan a inventarse estos chiquillos, ¿verdad?
—Tiene usted toda la razón. Que pase un buen día. ¿Qué es lo que podía hacer? Todos me estaban observando. Incluso me daba la impresión de que los dinosaurios de plastilina que habíamos hecho durante la clase de manualidades me observaban escépticos desde los alféizares. ¡Sin embargo, era verdad, verdad, verdad!
—Sí —dije yo—, lo he visto. En la hierba. ¡Estaba muerto! Ella afirmó con la cabeza.
—Quedaos todos, y cuando digo todos me refiero a todos sin excepción, aquí sentados. Y no os mováis de vuestros pupitres. Enseguida estoy de vuelta.
Tan pronto como desapareció tras la puerta, todos, realmente todos, me rodearon con rapidez. «¿De verdad? ¿Dónde? ¿Qué pinta tenía? ¿Estaba pudriéndose?» Yo me recliné en el asiento y respondí:
—Qué va, para nada.
—¿Y cómo sabías que estaba muerto?
—Eso se veía.
—Eh, ¿y si ha vuelto a la vida?
—Quizá se trata de un asesinato…
—¿Has visto sangre?
Estuve a punto de ceder a la tentación de haber visto un poco de sangre en su cogote.
—Es posible que haya sido un asesinato —dije—, en su… No, no había sangre.
La maestra regresó y mis compañeros corrieron de vuelta a sus pupitres. Se colocó tras su mesa, alzó las manos pidiendo silencio y me dijo:
—Acompáñame, vamos a ver al director. Me puse en pie y me dirigí hacia la salida. Ella fue a mi encuentro y me puso la mano sobre la espalda. El calor que irradiaba atravesaba mi jersey y ardía en mi piel como una exhortación, mientras ella me advertía, con un desagradable susurro, de forma que los demás alumnos no la pudieran oír:
—Aún estás a tiempo de decirme la verdad. Ya sabes que el director odia que le mientan. ¿Estás completamente seguro de lo que afirmas?

Ella no confiaba en mí, pues hacía poco me había atrapado diciéndole una mentira. En mi opinión, tampoco había sido para tanto. Dos niños se habían peleado en el patio del colegio. Yo nunca había asistido a una pelea, y alrededor de los combatientes se formó un denso corro de niños. Intenté colarme entre las filas, pero no lo conseguí. Oía resollar y gritar de forma enardecida. Entonces vi cómo nuestra maestra se acercaba corriendo por el patio. El espectáculo iba a terminar al cabo de un momento. Así que grité:
—¡Yo también quiero ver algo!
No había manera.
—¡Dejadme pasar, hombre! ¡Yo también quiero ver algo!
De nuevo, no se produjo reacción alguna. Y entonces grité, sin pensarlo dos veces y todo lo fuerte que pude:
—¡Soy médico!
La fila exterior de mirones cedió y yo me abrí paso.
—¡Déjenme pasar! ¡Soy médico!
Se formó un pasillo y por fin pude ver a los dos chicos, que se estaban arreando con brutalidad. Así conseguí llegar al meollo: un médico de siete años de edad camino de su primera emergencia.
Y, entonces, la maestra me cogió por la nuca y me apartó a un lado.
—Hablaremos más tarde, ¿entendido? —Y se abalanzó como un resuelto árbitro sobre ambos luchadores, que rodaban abrazados por el suelo.
En la siguiente pausa tuve que ir a verla a la sala de profesores —un lugar completamente lleno de humo—, sentarme a una mesa y rendir cuentas:
—¿Qué ha sido lo que has dicho en el patio?
—No me acuerdo.
—Lo sabes perfectamente. No me mientas.
Incliné mi cabeza llena de rizos, consciente de mi culpabilidad.
—¡Me vas a repetir ahora mismo lo que estabas gritando!
Si no, llamaré a tus padres.
—¡Soy médico!
—¿Te has vuelto loco? ¿Qué es lo que pretendías?
—Quería decir que mi padre es médico.
—¡Tonterías! ¿Y por qué?
—Quería ver algo.
—¿Qué es lo que había que ver?
La maestra hablaba conmigo, como si yo no entendiera nada, alargando las palabras, de forma extremadamente clara:
—¡Tú-no-eres-médico!
Yo asentí.
—¿Quién-es-médico?
—¡Mi padre!
Yo le hablaba directamente a un cenicero que tenía frente a mí, y las diminutas partículas de ceniza se alzaban en el aire mientras yo me confesaba ante él.
—Bien, ya te puedes ir.

Incluso en los desiertos pasillos, de camino al despacho del director, yo sentía la mano caliente de la maestra sobre mi espalda. El director estaba sentado detrás de un escritorio
monstruosamente grande. Ni la puerta ni las ventanas de su despacho me parecieron lo bastante grandes para haber podido meter ese bloque macizo. Tenían que haber construido toda la escuela alrededor de ese escritorio. Enseguida empecé a fantasear y vi un escritorio pendiendo de una grúa en el aire. Los obreros gritaban: «¡Un poco más arriba! ¡Más a la izquierda! ¡Así está bien!», y ponían el enorme mueble en mitad de la nada mientras a su alrededor alzaban los muros de mi escuela.
—¿Dónde lo has encontrado?
—¿Qué?
—¿Dónde has encontrado al hombre?
—Allí arriba, justo frente a la entrada. Aunque la puerta está cerrada. Está tirado al otro lado, en el jardín.
—¿Estás seguro?
—Creo que sí.
—¿Cómo que crees que sí…?
Me escrutó con su penetrante mirada, la auténtica mirada de un director, aunque me pareció algo indiferente, algo gastada. Enseguida tuve la convicción de que ya había puesto esa misma mirada sobre cientos de niños, quizá incluso sobre miles.
—¡O has visto al muerto, o no lo has visto! ¿Sabes?, cuando yo era joven vi muchos muertos, es algo que no se olvida con tanta facilidad.
Clavó su profunda mirada en mis ojos, aunque de alguna manera observaba a través de mí hacia otro tiempo.
—Ver a un muerto tirado en la nieve, congelado y con los brazos y las piernas retorcidos no es agradable. Para combatir el frío les robábamos los abrigos a los rusos muertos. Me faltan cuatro dedos de los pies. El director se quitó las gafas, y en su cráneo calvo acerté a ver un surco que debía de haber provocado la patilla de las gafas al apretar sobre la piel. Ese hombre me daba mala espina. En una sustitución se trajo el acordeón consigo, cantó canciones populares y al final lloró. Durante minutos estuvo llorando frente a la clase mientras abría y cerraba el acordeón y sin que de éste saliera ni un solo sonido. El instrumento parecía un animal lleno de pliegues luchando por tomar aire, como si respirase roncamente cuando el director lo inclinaba sobre su regazo y lo matase cuando le hacía soltar un sonido.
—Oye, ¿me estás escuchando?
—¿Qué? Sí, claro. Pues eso, que he visto uno. Estoy seguro. Entre las flores.
—¿Seguro?
—Seguro.
—Bien.
Descolgó el enorme auricular negro azabache de un teléfono también enorme, ya por entonces pasado de moda:
—Buenos días, le llamo de la Escuela Norte, soy el director, Waldmann. Quería notificar un suceso. Uno de nuestros alumnos ha encontrado un muerto en los huertos comunitarios.
Esperó la respuesta y me miró.
—¿Cuándo ha ocurrido?
—¡A las ocho, un minuto después de las ocho! —contesté yo, feliz de poder aportar por lo menos ese dato exacto.
Él repitió dos veces «Está bien» y colgó.
—Puedes regresar a clase.
«¿Cómo? —pensé—, ¿ya lo han comprobado?» Cuando estaba cruzando el umbral de la puerta, me di la vuelta:
—¿No debería indicarles a los policías el lugar donde está el muerto?
—Si está allí, ya lo encontrarán. Vete. Y saluda a tu padre de mi parte.
—Así lo haré.

De regreso a la clase pensé en salir corriendo del colegio hasta la entrada de los huertos para adelantarme a la policía y comprobar si el muerto aún seguía allí. Sin embargo, justo en ese momento sonó el timbre, los alumnos irrumpieron a raudales desde las puertas, que se abrieron salvajemente, y el barullo general engulló mi reflexión. Los compañeros me rodearon, me acribillaron a preguntas sobre el jubilado y, al principio, conseguí relatar todo el asunto de forma fiel a la verdad. Sin embargo, enseguida se volvió demasiado tentador mantener encandilados a mis oyentes, entre ellos más de una chica, adornando un poco la historia. A la pregunta «¿Viste su rostro?» al principio contestaba que no. Pero cuando me lo preguntaron tres o cuatro veces, respondí:
—Quizá sí que vi algo. La nariz.
—Pero si viste su nariz, también debiste de verle un ojo, ¿no?
—Sí, también lo vi. La nariz y uno de los ojos.
—¿Lo tenía abierto o cerrado?
—Estaba… —y lo dije en voz muy baja— abierto.
Mis compañeros mostraban tal ansia por conocer el rostro del difunto que, unas cuantas preguntas después, el cuerpo ya no estaba de espaldas, sino boca arriba. Yo no quería decepcionarlos. Cada vez que contaba la historia, mi muerto se volvía más horripilante. A las diez, sus ojos abiertos miraban al cielo; a las doce, de su boca de jubilado desdentado colgaba una lengua blanquecina; y el inicio de la última hora de clase impidió, por los pelos, que un escarabajo negro tornasolado se arrastrara hasta el interior de su garganta.
Al acabar las clases —durante toda la mañana no me enteré de nada, pues estaba concentrado en pulir los detalles del relato—, mi historia no tenía nada que ver con la verdad. Rodeado de todo un pelotón de compañeros en el patio de la escuela, me arriesgué a fabular como un poseído. El mejor de la clase, que a menudo faltaba días enteros, pues participaba en torneos de ajedrez en las dos Alemanias, y que normalmente no me concedía ni una sola mirada, me preguntó:
—¿Y estás completamente seguro de que no estaba vivo?
—Sí, en realidad sí, aunque… —afirmé observando pensativo a los que me rodeaban embelesados con los ojos fijos en mis labios. Y de repente exclamé sorprendido, como si hubiera recordado una parte del rompecabezas de la historia que había pasado por alto—: Aunque, ya que me lo preguntas… Dos dedos de…, espera…, sí, dos dedos de su mano izquierda se movieron bajo las flores.
—¿Bajo las flores? Entonces ¿cómo pudiste verlo? —repuso con la lógica de quien ha entrenado su cerebro para jugar al ajedrez.
—Bueno —afirmé yo impresionado por la atención que se me dispensaba y disfrutando de la tensión—, ambos dedos se arrastraron con lentitud, como lombrices que salieran de la tierra, por la maleza de las flores, hasta la superficie.

Las reacciones de mis familiares fueron muy diferentes. Mi madre me abrazó y me consoló:
—Pobrecito mío, ¿de verdad que estás bien? Lo que te ha pasado suena terrible.
Mi padre, psiquiatra de profesión, habló conmigo del carácter efímero de la vida, puso mi descubrimiento a la luz de un contexto universal y me aclaró la forma en que había muerto el jubilado:
—Todo apunta a que tuvo un ataque al corazón. No debió de sufrir. En realidad, se trata de una muerte afable. Por la mañana, ocupado con sus flores. Para mi alivio, no me preguntó qué hacía yo, a pesar de su prohibición, en la zona de los huertos.
Mis dos hermanos mayores no se creyeron ni una sola palabra, aunque yo les había contado la verdad, intentando recordarla sin los muchos aderezos que le había añadido. Sólo después de uno de mis ataques de rabia, de llorar desconsoladamente y gritar: «¿Por qué no me creéis? Lo juro por lo más preciado, lo juro por mi vida: ¡he encontrado un muerto!», poco a poco se lo fueron creyendo y dejaron de lado su escepticismo. Me consolaron y trataron de sonsacarme todos los detalles, por pequeños que fueran.
No obstante, me ofendió que durante los días siguientes no me llamara ni un solo policía, que yo no apareciera en la prensa —me imaginaba una fotografía de las grandes, en la que con el semblante serio indicaba con el dedo el lugar donde había hecho el descubrimiento— y que no me dieran ninguna recompensa por haber encontrado un muerto.
Durante las semanas siguientes tuve que contar una y otra vez mi descubrimiento. En la escuela, en el club de natación, a mis hermanos, a mis familiares y a los amigos de mis padres. Mejoré la historia, memoricé las variantes que me habían quedado más logradas e incluso desarrollé algo así como versiones a tono con mi audiencia. Mis compañeros de clase y mis hermanos querían horrorizarse; en ese caso, la palabra corrompido era un as en la manga y la frase «Sus ojos abiertos miraban hacia el cielo, estaban algo corrompidos» me permitía provocar siempre un nuevo escalofrío. A los hombres adultos los enternecía mediante una actuación decididamente infantil: «Todo ha quedado grabado en mi cabeza: la hora, el lugar donde lo encontré, la posición del cadáver… ¡Salí corriendo para contárselo
todo al director!». Con el público femenino dejaba entrever poco a poco y con gran patetismo mi carácter reservado, y pronunciaba sin ningún tipo de vergüenza frases como
ésta: «Un soplo de viento hizo volar unos pétalos de rosa sobre el cuerpo rígido. Algunos de ellos se quedaron atrapados en su cabello gris».
Por supuesto, yo tenía muy claro que estaba mintiendo, aunque me parecía como si la historia tuviera vida propia y yo fuera el responsable de satisfacerla, de mostrarme digno de ella. ¿Quién suele encontrarse a un muerto? Yo quería a toda costa que ese suceso extraordinario se sintiera a gusto conmigo, que se quedara a mi lado, de modo que lo colmaba con guirnaldas y arabescos.
Y entonces ocurrió algo inconcebible para mí, algo que hasta hoy ha marcado mi vida. Era la enésima vez que contaba la historia del jubilado, en esta ocasión a un amigo de mi hermano mayor. Como siempre, empecé por mi decisión de abandonar el camino a la escuela, lancé la manzana verde, preparé el suspense, me extravié, trepé por el portal y descubrí al hombre desplomado sobre su parterre. Para no aburrirme, me inventaba siempre nuevos detalles, así que dije:
—Entonces vi que llevaba un anillo en el dedo. Parecía muy valioso. Por un momento pensé en bajarme del portal y arrancarle el anillo del dedo. Pero entonces sonó el timbre de la escuela y salí corriendo.
Mientras me inventaba lo del anillo, un intenso escalofrío me recorrió la espalda y vi verdaderamente el anillo ante mí. ¡Era verdad! No me lo había inventado. ¡Mi muerto llevaba un anillo de oro de casado en su inerte mano izquierda!
Y entonces exclamé:
—¡Es verdad! ¡Llevaba un anillo!
Mi hermano y su amigo me miraron sin comprender nada.
—¿Cómo? ¿Qué quieres decir con que es verdad?
—Eso, lo del anillo. ¡Realmente es verdad!
Nunca olvidaré ese momento. Había inventado algo que, de hecho, era verdad. El anillo inventado, el anillo que me había sacado de la chistera, había devuelto a la vida al anillo auténtico. Como un instrumento arqueológico, la mentira había arrancado un detalle oculto de las profundidades de mi memoria.
Para mí fue algo increíblemente liberador: inventar significa recordar.

Que todo sea como nunca fue

Que todo sea como nunca fue

Joachim Meyerhoff

ISBN: 9788432222418

Editorial: Seix Barral

Nº de páginas: 400

Año de edición: 2015

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