El edificio de las mujeres que renunciaron a los hombres.

1

«Se ruega a los pasajeros del vuelo 542 con destino a Bombay que embarquen por la puerta 7. Última llamada.»

La frase que temían las cuatro amigas. Las que se quedan en París acompañan febrilmente a la viajera.

–¿Tienes el pasaporte, querida?

–Sí, Simone.

–He puesto unas almendras en el bolsillo de tu mochila –murmura Rosalie.

–Eres un ángel. Así aguantaré el tipo si las azafatas hacen huelga y no sirven la bandeja de la comida.

Han llegado demasiado pronto, se han tomado varios cafés, no han tocado ni los cruasanes ni los profiteroles, han hablado de toda clase de nimiedades y luego se han sumido en el silencio. Y en el momento de despedirse se les han ocurrido mil cosas esenciales que decir. Cuando una toma aliento, la otra prosigue, y la tercera, que se aguanta el pipí desde hace una hora –ahora ya es demasiado tarde, no quiere arriesgarse a recorrer kilómetros de pasillos y perderse la despedida–, toma el relevo.

–Masca un chicle durante el despegue. No nades en el Ganges. Bebe agua embotellada. Tráenos cuatro saris. Cuidado con el curry verde. Deja cruzar a las vacas sagradas. Ponte tapones en los oídos si hay demasiado ruido. ¿Cuántos habitantes tiene India? ¿Cuántos hombres van desnudos bajo ese trozo de tela? Envía noticias, al menos para decir que has llegado bien. Y vuelve.

–Os recuerdo que tengo cuarenta y siete años, chicas.

–Sí, pero es la primera vez que te marchas lejos.

A su lado, llegados de ninguna parte, un hombre y una mujer se abrazan. En medio del gran vestíbulo abarrotado, las tres mujeres solo ven a esa pareja. Vestidos de blanco, con el pelo enmarañado y las bocas unidas, soberbias, forman un solo cuerpo con cuatro manos. Cuatro manos que se deslizan por terreno conocido, se acarician y se agarran. El hombre y la mujer se separan. Dos centímetros. Susurran. Se imbrican con más ímpetu. Ellas se preguntan si el hombre y la mujer se dicen palabras de amor, de guerra o de consuelo. ¿Es él quien se marcha y ella quien se queda, o al revés? ¿Se separan para siempre? ¿Y si no lo han decidido? Ellas lo ignoran.

–Me olvidaba, la Reina me ha dado esto para ti. Cuando estés en algún rincón bonito, plántalas pensando en nosotras.

Carla coge la bolsita de semillas de bambú.

–Cuidad de ella.

–La cuidaremos mucho. Venga… vete –dice Simone.

Y la abraza por última vez.

Giuseppina mira a Carla a los ojos.

–Buon viaggio!

–¡Ah! Al menos una piensa en decírmelo. Grazie, bella!

Rosalie abraza a la aventurera.

–No te olvides de nosotras.

La siguen con la mirada durante el máximo tiempo posible, como hacen todos aquellos que acompañan a un ser querido que se marcha a la otra punta del mundo para mucho tiempo, esperando que cambie de opinión. Cosa que no sucede jamás. Carla se vuelve, sonríe y desaparece.

Simone aporrea el móvil. Llama a la que se ha quedado en el quinto piso del edificio.

–Ya está, se ha marchado con las semillas de bambú, volvemos a casa.

Atraviesan el aeropuerto, del brazo, al ritmo de Giuseppina, que arrastra su pata coja. Se han olvidado de la pareja inseparable, no oyen a la mujer que grita que no va a pagar el exceso de equipaje, pasan, sin verlas, entre mamás repantingadas en las banquetas de la sala de espera, entre niños agarrados a sus muñecos y adultos pegados a sus tablets. No hablan pero están unidas por los brazos y el pensamiento.

Se instalan en el asiento delantero de la furgoneta. La parte trasera está repleta de veladores, de sillones y de cuadros. Aunque estuviera vacía, habrían permanecido juntas.

–¿Os acordáis de cuando llegó Carla…?

–Llevaba un moño y unas gafas rojas.

–Y una maleta enorme.

–¡Os olvidáis de Traviata, la cotorra!

–¡Menudo drama!

–¡Y Jean-Pierre que se pavoneaba muy orgulloso!

–¡Un solo bocado!

–Todo el barrio oyó el grito de Carla.

Enterraron a Traviata bajo las hortensias. En aquella época, la Reina aún salía. Compuso un haiku a su manera, que declamó ante el macizo de flores.

Un pájaro alza el vuelo.

El cielo y las nubes.

Primavera luminosa.

Carla quería marcharse enseguida, con su enorme maleta y la jaula vacía. Rosalie le hizo un masaje ayurvédico en la frente y Simone le preparó buñuelos de manzana. Era su postre favorito. Se quedó cuatro años. Hace un mes, les anunció que se iba a India y que había encontrado a alguien que ocuparía su piso. No tenían por qué preocuparse, era una chica muy maja.

–Se llama Juliette, la nueva.

–¿Cuándo llegará?

Giuseppina alza la voz:

–No se entra en este edificio como en un lugar cualquiera. Espero que no nos dé muchos quebraderos de cabeza.

Rosalie sonríe.

–No todo el mundo sabe adaptarse a la felicidad.

–Y eso que es sencillo. Vives en nuestra casa. No te puede pasar nada grave –replica Simone.

–Aparte de tropezar por las escaleras –tercia Giuseppina.

–En cualquier caso, estás a salvo de los desengaños amorosos –concluye Rosalie.

Las otras se ríen.

–¡Frena, el semáforo está en rojo!

Giuseppina elige la música. Abren las ventanillas y cantan a voz en grito. Giuseppina se sabe la letra de memoria, las otras hacen como si se la supieran: «Lasciatemi cantare… con la chitarra in mano… lasciatemi cantare… sono un italiano…».

Un atasco a la altura de Porte de Bagnolet aminora el tráfico. Ellas no tienen prisa. Ni hijos ni maridos. Tan solo a Jean-Pierre.

–Giuseppina, ¿algún día nos llevarás a tu país?

–Mmm… –refunfuña la interesada.

–Me gustaría tanto ver Siracusa…

–Mmm…

–Hace calor allí.

–Bueno, de acuerdo. Iremos en mi furgoneta. Intentaré vaciarla.

Simone se espabila:

–Podemos llevar a algún autoestopista.

Rosalie le pone la mano en el brazo.

–¿De qué serviría? Aunque sea bello como un dios, no podemos secuestrarlo y traerlo a casa.

–A veces me olvido del reglamento –dice Giuseppina.

–Pero ¿cómo puedes olvidarte, Giu?

–Pues porque pongo un perímetro de seguridad entre los tíos y yo.

–¿Creéis que la Reina nos acompañaría a Sicilia? –pregunta Rosalie.

–Ya sabes que no se aleja de sus bambúes. Ya no volverá a bajar. Hasta el día en que deba marcharse.

Rosalie baja el volumen de la música. Se vuelve hacia las demás.

–Hay algunas preguntas para las que prefiero no tener respuesta.

Giuseppina aparca la furgoneta delante de la verja del edificio. Las tres se apean. Simone hace una seña a su vecino, que las observa desde detrás de una cortina.

–El señor Barthélémy está en su puesto.

–No corremos mucho peligro con él –matiza Rosalie.

–¡Eh, chicas! Hay que desconfiar de todos. Del primero al último.

2

–¡Mierda!

–¿Qué pasa?

–He estado a punto de tropezar con un escalón.

–Enciende la luz otra vez.

–Ya lo he intentado.

En la oscuridad del hueco de la escalera, los comentarios se arremolinan.

–Es la tercera avería del mes.

–Si no es el interruptor, es una avería general.

–Pero ¿por qué falla tanto?

–Los tuiteros hacen saltar los plomos.

–Lo dices porque te exasperan, pero no tiene nada que ver.

–La única a quien no le molesta es a la Reina. Oigo Bach ahí arriba.

–Tiene pilas, es organizada.

–Yo no necesito pilas, sino aire… ¡Me asfixio!

–Siéntate… respira despacio… con el estómago…

–Habría que dejar una linterna en la cómoda de la entrada.

–… piensa en una ola… que va… que viene…

–¿Alguien ha llamado a la electricista?

–… inspiras… llega la ola…

–Está de vacaciones.

–… espiras… la ola vuelve a marcharse…

–Nos va a costar encontrar otra.

–Ni siquiera sé si hay otra electricista mujer en todo París.

En el rellano entre el primer y el segundo piso, se agarran la una a la otra. La bella Rosalie recita un mantra. Giuseppina le pide que deje esa tontería. Simone piensa que un buen canuto calmaría a todo el mundo.

–¡JEAN-PIERRE! ¡Me has asustado!

–¿Jean-Pierre? ¡Pensaba que aquí solo había mujeres!

–¿Quién ha dicho eso?

–Viene de casa de Carla.

–Soy yo, Juliette. Llegué ayer por la noche. ¿Quién es Jean-Pierre?

–¡Ayer por la noche! ¡Vaya! –exclama Giuseppina.

–Jean-Pierre es el único varón del edificio.

–Lástima que no cambie los fusibles.

–A él le importa un comino, ve en la oscuridad.

–Jean-Pierre, ven, querido, están celosas de que pases las noches en mi cama.

–¡Un gato nunca ha reemplazado a un hombre!

–Oiga, usted, la nueva, ¿Carla le ha explicado bien el reglamento interior?

–A grandes rasgos.

–¡Aquí se cumple a rajatabla! Nada de maridos, nada de amantes, nada de fontaneros, nada de electricistas.

–Nada de repartidores de pizza.

–¡Nada de hombres!

–¿Nada de hombres? –balbucea Juliette.

Giuseppina se impacienta.

–Exacto, lo ha entendido usted bien. Bueno, ¿qué hacemos nosotras?

–Si es una avería general, nos perdemos el cine –responde Rosalie.

–Pues vamos a tener que jugar al Scrabble otra vez a la luz de las velas –tercia Simone.

–Vale, pero no vuelvas a hacer trampa.

–No hice trampa, gané con «céfiros».

–¡Con triple palabra!

–¡Y resulta que tú tenías la «ce» y la «i»!

–«Es preciso que el azar vuelque a la hormiga para que esta descubra el cielo.»

–¡Pues tú pareces una hormiga!

–Vayamos a tu casa, Giuseppina. Está más cerca.

Se sujetan a la barandilla. Simone se agarra al brazo de Rosalie.

–Ven con nosotras, Jean-Pierre.

–¿Sabrá arreglárselas sola, Juliette?

Juliette se queda sentada en el quinto escalón.

«¡Nada de hombres!»

3

Un edificio especial. Una Reina fan de Bach. Un encuentro insólito con voces sin rostro. Juliette aún no sabía qué aspecto tenían las demás inquilinas. La luz no había vuelto. El comité de acogida se había ido a jugar al Scrabble y ella había subido a acostarse a oscuras.

Con todo, experimentó una gran paz cuando entró por primera vez en el callejón sin salida. Las fachadas descoloridas y las casas de ladrillos, cubiertas de hiedra o de glicina y embellecidas por pequeños jardines o patios floridos, conferían un aire campestre al distrito XX de París.

La calma que emanaba de ese islote preservado, donde el tiempo se había detenido, le hizo aminorar el paso, mirar el cielo y escuchar los pájaros. Cuando empujó la verja de hierro forjado del número 15, el gesto le pareció familiar. Esa sensación de ya visto, de ya vivido, se repitió los días siguientes. Al fin había llegado al buen lugar. Era allí y no en otro sitio donde debía vivir.

Entonces ¿por qué tenía la certeza de que no iba a quedarse allí más que unos cuantos meses? Tal vez fuera por el banco, en el que una pareja anciana parecía tener sus costumbres. La vieja dama, muy menuda, caminaba con dificultad. El hombre, más fuerte, la sostenía por el codo. Juliette observó que este quitaba concienzudamente el polvo con su pañuelo del lugar donde ella iba a sentarse. Se quedaron allí, en silencio. A veces él volvía a colocar en su lugar un mechón de cabellos blancos de su compañera con una delicadeza infinita… Tal vez fuera por las hortensias, muy tempranas ese año. Siempre le habían gustado y en el patio adoquinado había enormes macizos llenos de hortensias de color frambuesa y malva y, un poco más lejos, de ese índigo de matices cambiantes, tan especial, porque crece siendo azul y se vuelve rosa… Tal vez fuera por el extraño diablillo con las orejas puntiagudas, esculpido sobre la puerta de madera. Sacaba la lengua y eso la hacía reír. Mirándolo de más cerca, era una diablesa… Tal vez fuera por la cómoda de peral del vestíbulo de la entrada y el florero de opalina lleno de ranúnculos que hacían una reverencia.

A menos que su sensación de bienestar no se debiera a esos detalles encantadores, sino más bien a la historia tan novelesca de esa gran casa. Un italiano loco de amor se la regaló a su actual propietaria. Y luego, una noche, desapareció.

Una vez que le hubo descrito el barrio, Carla simplemente añadió: «Tus futuras vecinas son unas mujeres entrañables, muy distintas las unas de las otras. Lo que nos une es una misma elección: no hay hombres en nuestra vida y eso nos conviene».

Juliette apreció la elección del verbo «convenir».

El edificio de las mujeres que renunciaron a los hombres

El edificio de las mujeres que renunciaron a los hombres

Karine Lambert

ISBN: 9788439728986

Editorial: Reservior Books

Nº de páginas: 256

Año de edición: 2014

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