ANIQUILACIÓN, Jeff VanderMeer.

01: Iniciación
La torre, que en principio no debía estar ahí, penetra en el suelo justo antes de que el  bosque de pinos ne­gros empiece a dar paso a la marisma, y luego a los juncos y a los árboles torcidos por el viento de los llanos pantanosos. Más allá de estos y de los canales naturales están el océano y, algo más lejos siguiendo la costa, un faro deshabitado. Toda esta parte del te­rritorio llevaba décadas abandonada, por motivos que cuesta referir. Nuestra expedición era la prime­ra que se adentraba en el Área X desde hacía más de dos años; buena parte del equipo de nuestros prede­cesores se había oxidado y sus tiendas y refugios eran poco más que caparazones. No creo que nadie viera la amenaza contemplando aquel paisaje inalterado.
Éramos cuatro: una bióloga, una antropóloga, una topógrafa y una psicóloga. Yo era la bióloga. En esa ocasión, todo mujeres, elegidas en función de las variables que regían el envío de las expediciones. La psicóloga, mayor que las demás, ejercía de líder. A la hora de cruzar la frontera nos había hipnotizado a todas para asegurarse de que mantuviéramos la
calma. Después de cruzarla, alcanzar la costa nos llevó cuatro días de dura marcha.
La misión era sencilla: proseguir la investigación gubernamental en la misteriosa Área X, abriéndo­ nos camino poco a poco a partir del campamento base.
La expedición podía durar días, meses o incluso años, en función de varios incentivos y condiciones. Llevábamos provisiones para seis meses, y el equiva­lente a otros dos años se encontraba ya almacenado en el campamento base. Además, nos habían asegu­rado que, en caso necesario, podríamos vivir de la tierra sin temor. Todos nuestros alimentos estaban
ahumados, enlatados o empaquetados. Nuestra he­rramienta más sofisticada consistía en un aparato de medición que nos facilitaron a todas y que llevába­mos colgando de una correa del cinturón: un peque­ño rectángulo de metal negro con un orificio acrista­lado en el centro. Si en el orificio se encendía una luz roja, disponíamos de treinta minutos para retirarnos a «un lugar seguro». No nos dijeron qué medía el aparato ni por qué debíamos asustarnos si se ponía rojo. Pasadas las primeras horas, me había acostum­brado a él de tal modo que ya no volví a mirarlo. Teníamos prohibidos los relojes y las brújulas.
Al llegar al campamento, nos dedicamos a susti­tuir el equipamiento obsoleto o dañado por el que habíamos llevado y montamos nuestras tiendas. Ya reconstruiríamos los cobertizos más adelante, cuan­do nos asegurásemos de que el Área X no nos había afectado. Los miembros de la última expedición ha­bían ido cayendo uno tras otro. Con el tiempo, habían vuelto junto a sus familias, así que, estric­tamente hablando, no se desvanecieron. Tan solo desaparecieron del Área X y, por medios desconoci­dos, reaparecieron en el mundo del otro lado de la frontera. No pudieron describir los detalles de ese trayecto. Esta transferencia se había dado a lo largo de un período de dieciocho meses y no era algo que hubieran experimentado expediciones previas. Pero existían otros fenómenos que también podían resul­tar en una «disolución prematura de expediciones», en palabras de nuestros superiores, por lo que había que comprobar nuestra resistencia en aquel lugar.
Además, debíamos aclimatarnos al medio. En el bosque próximo al campamento base podías encon­trar osos negros o coyotes. De golpe podías oír un graznido y ver un martinete lanzarse de una rama y, distraída, pisar una serpiente venenosa, de las que había al menos seis variedades. Las ciénagas y los arroyos ocultaban enormes reptiles acuáticos, por lo que procurábamos no adentrarnos demasiado a la hora de recoger las muestras de agua. Con todo, es­tos aspectos del ecosistema no nos preocupaban de­masiado. Había otros elementos que sí nos afecta­ban. Tiempo atrás, allí habían existido pueblos, y nos topábamos con signos fantasmagóricos de asen­tamientos humanos: barracas podridas de techos hun­didos y rojizos, radios oxidados de ruedas de vago­nesmedio enterradas en el suelo o el contorno, apenas visible, de lo que fueron recintos para ganado, con­vertidos en simples soportes para capas de hojarasca de pinos.
Aunque era mucho peor el grave y potente gemi­do del ocaso. El viento marino y el insólito silencio del interior menguaban nuestra capacidad de deter­minar su dirección, de modo que era como si el soni­do se infiltrara en el agua oscura que empapaba los cipreses. Esa agua era tan negra que nos veíamos la cara en ella; rígida como el cristal, no se agitaba nunca, reflejando las barbas de musgo gris que cubrían dichos árboles. Mirando el océano entre esas zonas, solo se veía el agua negra, el gris de los troncos de ciprés y la lluvia constante e inmóvil del musgo que manaba. Solo se oía aquel gemido grave. Su efecto no se puede entender sin estar allí. Tampoco se pue­de entender la belleza de todo ello, y cuando con­templas la belleza en la desolación, algo cambia en tu interior. La desolación intenta colonizarte.  Como he señalado, encontramos la torre justo en el límite donde el bosque se anega para transformar­se en marisma de agua salobre. Ocurrió el cuarto día tras llegar al campamento base, y para entonces ya estábamos bastante orientadas. No esperábamos en­contrar nada allí, basándonos tanto en los mapas que habíamos llevado como en los documentos, man­chados de polvareda y agua, que nuestros predece­sores habían dejado tras de sí. Pero ahí estaba, ro­deado de un cerco de maleza y oculto por el musgo caído hacia la izquierda del sendero: un bloque cir­cular de piedra grisácea,como una mezcla de cemen­to y conchas molidas. El bloque en cuestión medía unos veinte metros de diámetro y se alzaba unos veinte centímetros del suelo. En la superficie no ha­bía nada grabado ni escrito que revelara en lo más mínimo su propósito o la identidad de suscreadores. Empezando en el norte exacto, una abertura rectan­gular practicada en la superficie del bloque mostra­ba una escalera que bajaba en espiral hacia la oscuri­dad. La entrada estaba cubierta portelas de araña de seda dorada y los escombros de las lluvias, pero de aba­jo llegaba corriente de aire.
Al principio, solo yo lo vi como una torre. No sé por qué se me ocurrió la palabra «torre», teniendo en cuenta que perforaba la tierra. Habría sido más fácil considerarlo un búnker o una construcción sumergi­da. Sin embargo, en cuanto vi la escalerame acordé del faro de la costa y tuve una visión repentina de la última expedición desapareciendo miembro tras miembro y, después, del terreno moviéndose de un modo unifor­me y preestablecido para dejar el faro en pie donde había estado siempre pero depositando esa parte sub­terránea del mismo lejos de la costa. Lo vi con pelos y señales estando todas allí y, pensándolo ahora, lo con­sidero mi primer pensamiento irracional una vez al­canzado nuestro destino.
—Es imposible —dijo la topógrafa contemplan­do sus mapas.
Las densas sombras vespertinas la proyectaban como una oscuridad fría y volvían sus palabras más apremiantes de lo que habrían sido en otras circuns­tancias. El sol nos decía que pronto tendríamos que encender las linternas para interrogar lo imposible, aunque yo no habría tenido inconveniente en hacer­lo en la oscuridad.
—Pero aquí está —dije—. A no ser que se trate de una alucinación en masa.
—El modelo arquitectónico es difícil de identifi­car —señaló la antropóloga—. Los materiales son ambiguos e indican origen local, pero no por fuerza construcción local. Si no entramos, no sabremos si es primitivo o moderno, o algo intermedio. Y no sé si me gustaría adivinar de cuándo es.
No había modo de informar a nuestros superio­res sobre el descubrimiento. Una norma para las expediciones al Área X era no mantener contacto con el exterior, para evitar toda contaminación irrevo­cable. Además, disponíamos de pocas cosas que se ajustaran a la capacidad tecnológica de nuestro lu­gar de origen. No teníamos teléfonos móviles ni vía satélite, ni ordenadores, ni videocámaras, ni instru­mentos de medición complejos, salvo esas cajitas ne­gras tan raras que nos colgaban del cinturón. La fal­ta de teléfonos móviles en particular hacía que a las demás el mundo real les pareciera muy distante; yo, en cambio, siempre había preferido vivir sin ellos. Como armas teníamos cuchillos, un contenedor candado y lleno de pistolas antiguas y un rifle de asalto, reacia concesión a los patrones de seguridad del momento.
Simplemente se esperaba que lleváramos un re­gistro, como ese, en un diario, como ese: ligero de peso pero casi indestructible, con su papel resistente al agua, su cubierta flexible de color blanco y negro y sus líneas horizontales para escribir, con una línea roja a la izquierda para señalar el margen. Dichos diarios regresarían con nosotras o bien los recupera­ría la siguiente expedición. Nos habían indicado que ofreciéramos el máximo contexto, de tal modo que cualquier profano en el Área X entendiera nuestros informes. También nos habían ordenado que no nos mostráramos las unas a las otras las anotaciones de los diarios: demasiada información compartida po­día alterar nuestras observaciones, creían nuestros superiores. Pero yo sabía por experiencia lo vano que es este propósito de eliminar todo sesgo. Nada que viva y respire es realmente objetivo, ni siquiera en estado de aislamiento, ni siquiera aunque lo úni­co que poseyera al cerebro fuese el deseo autoinmolador de la verdad.
—Me emociona este descubrimiento —terció la psicóloga antes de que llegásemos a hablar más so­bre la torre—. ¿También estáis emocionadas?
Jamás nos había preguntado eso en concreto.Durante la instrucción, tendió más a hacernos pre­guntas del tipo: «¿Crees que en una emergencia po­drías mantener la calma?». Ya entonces, me habíaparecido como un mal actor representando un pa­pel. De pronto, me resultaba aún más evidente,como si el hecho de ser nuestra líder la pusiera nerviosa por algún motivo.
—Sin duda, es emocionante… e inesperado —se­ñalé, tratando de no burlarme y sin conseguirlo del todo.
Me sorprendió percibir un sentimiento de desa­sosiego creciente, sobre todo porque en mi imagi­nación, en mis sueños, este descubrimiento habría sido de lo más trivial. Antes de llegar a cruzar la frontera, me había imaginado muchísimas cosas: vastas ciudades, animales peculiares y una vez, es­tando enferma, un monstruo enorme que surgía de entre las olas para abalanzarse sobre nuestro campa­mento.
La topógrafa, por su parte, se limitó a encogerse de hombros sin contestar la pregunta de la psicó­loga. La antropóloga asintió como si estuviera de acuerdo conmigo. La entrada a la torre, que con­ducía hacia abajo, ejercía una especie de presencia, como una superficie en blanco que nos permitía escribir de todo sobre ella. Una presencia que se ma­nifestaba como una fiebre ligera que pesara sobre nosotras.
Diría los nombres de las otras tres si eso tuviera importancia, pero solo la topógrafa duraría más allá de un día o dos. Además, siempre nos disuadieron firmemente de utilizar nombres: teníamos que cen­trarnos en nuestro propósito y «dejar de lado todo lo personal». Los nombres pertenecían al lugar del que proveníamos, no a quienes éramos mientras estuvié­ramos insertadas en el Área X.

   En origen, nuestra expedición era de cinco personas e incluía a una lingüista. Para alcanzar la frontera, tuvimos que meternos cada una en una sala distinta, blanca y brillante, y con una puerta en un extremo y una única silla metálica en el rincón. La silla presen­taba orificios a los lados para correas; las implicacio­nes de este hecho daban un poco de mala espina, aunque a esas alturas yo ya estaba decidida a ir al Área X. Las instalaciones que albergaban esas salas se hallaban bajo el control de Southern Reach, la agencia clandestina del gobierno que gestionaba to­das las cuestiones referentes al Área X.
Allí aguardamos mientras leíamos innumerables textos, y varias ráfagas de aire, algunas frías y otras calientes, nos presionaban desde unos conductos del techo. En un momento dado, la psicóloga nos visitó a cada una de nosotras, aunque no recuerdo qué nos dijimos. Después salimos por la puerta del extremo hacia una zona central de preparación, con puertas dobles al final de un largo pasillo. La psicóloga nos recibió allí, pero la lingüista ya no volvió a aparecer.
—Se lo ha pensado mejor —nos dijo la psicólo­ga, anticipándose a nuestras preguntas con mirada firme—. Ha decidido quedarse.
Fue un pequeño golpe, aunque también era un alivio que no se tratara de otra: entre todas nuestras capacidades, en aquel momento las de la lingüista parecían las más prescindibles.
Al rato, la psicóloga dijo:
—Bien, despejad la mente.
Lo que significaba que empezaba el proceso de hipnosis para que pudiéramos cruzar la frontera. A continuación se hipnotizaría a sí misma, o algo pare­cido. Nos habían explicado que, al cruzar la fronte­ra, debíamos tomar precauciones para que la mente no nos engañara: por lo visto, las alucinaciones eran algo habitual. Al menos fue lo que nos dijeron. Yo ya no sé qué era verdad. Nos habían ocultado la ver­dadera naturaleza de la frontera por motivos de se­guridad; solo sabíamos que, a simple vista, era invi­sible.
Así pues, cuando «desperté» junto a las demás, llevábamos puesto el equipo completo, incluidas unas pesadas botas de marcha, veinte kilos de peso en mochilas y multitud de provisiones suplementa­rias colgando de los cinturones. Las tres nos tamba­leamos y la antropóloga se cayó de rodillas al suelo, mientras la psicóloga esperaba con paciencia a que
nos recuperásemos.
—Lo siento —dijo—. Es la entrada menos brus­ca que he logrado.
La topógrafa blasfemó y se la quedó mirando. Tenía un genio que debió de considerarse una cua­lidad. La antropóloga, en su estilo, se levantó sin protestar. Y yo, en el mío, estaba demasiado ocupa­da observando como para tomarme personalmente aquel despertar. Por ejemplo, advertí la crueldad de la sonrisa casi imperceptible en los labios de la psicó­loga mientras nos veía pugnar por adaptarnos, con la antropóloga todavía flaqueando y disculpándose por ello. Más adelante comprendí que tal vez había malinterpretado su expresión: quizá era de sufrimien­to o de autocompasión.
Nos encontrábamos en un camino de tierra lleno de guijarros, hojas muertas y agujas de pino húme­das al tacto, por las que trepaban hormigas de felpa y minúsculos escarabajos esmeralda. Los altos pinos alzaban a ambos lados la escamosa rugosidad de sus cortezas, y las sombras de las aves en vuelo evocaban líneas entre ellos. De tan fresco, el aire era un azote para los pulmones y estuvimos unos segundos esfor­zándonos por respirar, debido sobre todo a la sor­presa. Luego, tras señalar nuestra ubicación con un pedazo de tela roja atada a un árbol, empezamos a avanzar, rumbo a lo desconocido.
Si, por algún motivo, la psicóloga quedaba incapa­citada para poder guiarnos hasta el final de nuestra misión, teníamos órdenes de regresar y esperar la «extracción». Nadie explicó nunca qué forma de «ex­tracción» tendría lugar, pero se deducía que nues­tros superiores podían observar el punto de extrac­ción desde la distancia, aunque estuviera dentro de la frontera. Nos ordenaron no mirar atrás a nuestra llegada, pero yo eché un vistazo de todos modos, cuando la psicóloga no se fijaba. No sé muy bien lo que vi. Era algo indefinido y nebuloso y ya muy por detrás de nosotras; tal vez un portal, o tal vez los ojos me engañaron. Tan solo la impresión súbita de un bloque de luz efervescente que se desvaneció de pronto.

   Los motivos por los que me presenté voluntaria distaban mucho de los requisitos que cumplía para la expedición. Creo que me seleccionaron por mi especialización en medios en transición, pues este paraje en concreto sufría muchas transiciones, es decir, que albergaba una especial complejidad de ecosistemas. En pocos lugares se seguían encon­trando hábitats donde, en el lapso de una caminata de diez o doce kilómetros, pasaras del bosque a los pantanos y a las marismas de agua salobre y a la playa. En el Área X, según tenía entendido, me en­contraría formas de vida marina que se habían adaptado al agua dulce de baja salubridad y que, con marea baja, ascendían nadando por los canales naturales que formaban los juncos, para compartir el mismo medio que nutrias y ciervos. Si caminabas
por la playa, acribillada de agujeros de cangrejos violinistas, podías ver en alguna ocasión un reptil gigante de agua dulce, pues también ellos se habían adaptado a su hábitat.
Sabía por qué nadie vivía en el Área X y que, si estaba virgen, era por ese motivo, pero fingí que no me acordaba. Decidí hacer como si me creyera que era un simple santuario de vida salvaje protegida, y nosotras unas senderistas que daba la casualidad de que éramoscientíficas. Lo cual era acertado en otro sentido: no sabíamos qué había ocurrido allí, qué continuaba ocurriendo, y cualquier teoría preconce­bida afectaría a mi análisis de la prueba cuando la halláramos. Además, por mi parte, apenas me im­portaban las mentiras que me contara, porque mi existencia anterior en el mundo se había vuelto al menos tan vacía como el Área X. Sin nada a lo que agarrarme, necesitaba estar ahí. Respecto a las de­
más, ignoro qué se dijeron a sí mismas y no quise saberlo, pero creo que todas reivindicaban al menos cierto grado de curiosidad. La curiosidad podía ser una potente distracción.
Aquella noche hablamos de la torre, aunque las otras tres insistían en llamarla túnel. La responsabi­lidad del enfoque de nuestras investigaciones recaía en cada individuo, aunque la autoridad de la psi­cóloga describía un círculo amplio en torno a esas decisiones. Parte de los fundamentos de las expedi­ciones consistían en dar a cada miembro cierta auto­nomía para decidir, lo que ayudaba a incrementar «la posibilidad de una variación significativa».
Este vago protocolo se enmarcaba en el contexto de las habilidades que teníamos por separado. Por ejemplo, aunque todas habíamos recibido armamen­to básico e instrucción para la supervivencia, la topó­grafa tenía mucha más experiencia médica y en ar­mas de fuego que el resto de nosotras. La antropóloga también había sido arquitecta; de hecho, años atrás, había sobrevivido a un incendio en un edificio dise­ñado por ella, lo único realmente personal que averi­güé sobre su vida. En cuanto a la psicóloga, lo ignorá­bamos casi todo sobre ella, pero me parece que todas le atribuíamos algún tipo de práctica en gestión.
La discusión sobre la torre era, en cierto senti­do, la primera oportunidad de probar los límites de desacuerdo y de compromiso.
—Pienso que no deberíamos centrarnos en el tú­nel —señaló la antropóloga—. Antes deberíamos explorar más y volver a él más adelante, con los da­tos que hayamos recogido de nuestras investigacio­nes, faro incluido.

Aniquilación. Trilogía Southern Reach 1
Aniquilación. Trilogía Southern Reach 1

Aniquilación. Trilogía Southern Reach 1

Jeff VanderMeer

ISBN: 978842334809

Editorial: Destino

Nº de páginas: 256

Año de edición: 2014

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