Las mil y una historias de A.J. Fikry.

A. J. F.

En el ferry de Hyannis a Alice Island, Amelia Loman se pinta las uñas de amarillo y, mientras espera a que se sequen, ojea las notas de su predecesor: «Island Books, facturación anual aproximada: 350.000 dólares, principalmente durante los meses estivales gracias a los veraneantes —informa Harvey Rhodes—. Seiscientos pies cuadrados de espacio de venta. Ningún empleado a jornada completa salvo el propietario. Sección infantil muy pequeña. Mínima presencia en internet. Escasa proyección en la comunidad. En el catálogo predomina la literatura, algo positivo para nosotros, aunque Fikry tiene unos gustos muy particulares y, sin Nic, no podemos contar con que recomiende nuestros títulos. Por suerte para él, es la única librería del lugar». Amelia bosteza —arrastra una ligera resaca— y se pregunta si una pequeña librería quisquillosa merece un desplazamiento tan largo. Pero en cuanto se le seca el esmalte vuelve a invadirla su inquebrantable optimismo: «¡Pues claro que lo merece!». Su especialidad son las pequeñas librerías quisquillosas y la extraña fauna que las regenta. Entre sus virtudes figuran también la capacidad de hacer varias cosas a la vez y de elegir el vino adecuado para la cena (y las tareas de coordinación, para ocuparse de los amigos que beben demasiado), las plantas de interior, los animales y otras causas perdidas.

Al bajar del ferry le suena el móvil. No reconoce el número —ninguno de sus amigos utiliza ya el teléfono como teléfono—, pero le alegra la distracción y no quiere convertirse en el tipo de persona que piensa que las buenas noticias solo pueden venir de llamadas que se esperan o de interlocutores conocidos. La llamada resulta ser de Boyd Flanagan, el de su tercera cita online fallida, que la llevó al circo hará unos seis meses.

—Te envié un mensaje hace unas semanas —le informa él—. ¿Lo has recibido?

Ella le dice que acaba de cambiar de trabajo y que tiene un lío enorme con los móviles.

—Además, me he estado replanteando lo de las citas por internet. Si va conmigo y todo eso.

Boyd no parece oír esta última parte y le pregunta:

—¿Te gustaría que volviéramos a quedar?

Retrocedamos: la cita. Al principio, la originalidad de ir al circo logró ocultar el hecho de que no tenían nada en común, pero al terminar la cena su incompatibilidad había quedado más que patente. La incapacidad de ambos para alcanzar un consenso al pedir el aperitivo y que Boyd confesara, mientras comía el primer plato, que no le gustaban las «cosas viejas» —las antigüedades, las casas, los perros, la gente— deberían haber hecho saltar todas las alarmas. Pero Amelia se resistió a reconocer la evidencia hasta el postre, cuando le preguntó qué libro había influido más en su vida y él respondió Principios de contabilidad. Parte II.

Educadamente, le dice que no, que prefiere no volver a salir con él.

Oye la respiración de Boyd, alterada e irregular. Teme que se haya puesto a llorar.

—¿Te encuentras bien? —le pregunta.

—Ahórrate esos aires de superioridad —replica Boyd.

Amelia sabe que debería colgar, pero no lo hace. Una parte de ella quiere llegar hasta el final. Al fin y al cabo, ¿de qué sirven las citas fallidas si no para tener anécdotas divertidas que contar a los amigos?

—¿Decías? —pregunta.

—Amelia, te habrás dado cuenta de que he tardado mucho en llamarte —dice él—. No te he llamado antes porque conocí a otra chica que me gustaba más, pero al final no funcionó y decidí darte una segunda oportunidad. Así que no te creas tan superior. Eres mona, lo reconozco, pero tienes los dientes demasiado grandes, y el culo también, y ya no tienes veinticinco años, aunque bebas como si los tuvieras. A caballo regalado no le mires el dentado. —El caballo regalado rompe a llorar—. Lo siento. De verdad, perdona.

—No pasa nada, Boyd.

—¿Qué es lo que no te gusta de mí? El circo fue divertido, ¿no? Y no estoy tan mal.

—Estuviste genial, y la idea del circo fue muy creativa.

—Pues entonces, ¿por qué no te gusto? Venga, dime la verdad.

Ahora mismo hay varios motivos por los que no le gusta. Elige uno.

—¿Te acuerdas de cuando te dije que trabajaba en una editorial y contestaste que no te gustaba leer?

—¡Eres una esnob! —concluye él.

—En algunas cosas lo soy, no te lo negaré. Escucha, Boyd, me pillas trabajando. Tengo que colgar.

Amelia cuelga el teléfono. No es una mujer coqueta y desde luego le importa muy poco la opinión de Boyd Flanagan, cuyas palabras no iban dirigidas a ella en realidad. Para él, Amelia solo es su último desengaño. Ella también ha tenido unos cuantos.

Tiene treinta y un años y cree que ya debería haber conocido a alguien.

Sin embargo…

Amelia la optimista opina que es mejor estar sola que con alguien que no comparta sus intereses y sensibilidad. (Lo es, ¿no?)

Su madre siempre le dice que por culpa de las novelas es incapaz de apreciar a los hombres de carne y hueso, observación que Amelia se toma como un insulto, ya que da a entender que solo lee libros con héroes románticos clásicos. No rechaza necesariamente las novelas con héroes románticos, pero sus gustos literarios van mucho más allá. Además, le encanta Humbert Humbert como personaje, pese a reconocer que no lo querría como pareja para toda la vida ni como novio, ni siquiera como mero conocido. La misma opinión le merecen Holden Caulfield y los señores Rochester y Darcy.

El cartel que preside el porche de la casa rústica color púrpura está tan descolorido que Amelia casi pasa de largo.

ISLAND BOOKS

Proveedor exclusivo de la mejor literatura en Alice Island desde 1999.

Ningún hombre es una isla; cada libro es un mundo.

En el interior, una adolescente atiende la caja mientras lee lo último de Alice Munro.

—Oye, ¿qué tal es este? —le pregunta Amelia.

A Amelia le encanta Munro, pero, salvo en vacaciones, no suele tener tiempo para leer libros que no estén en el catálogo.

—Es para el colegio —responde la chica, como si eso zanjara el asunto.

Amelia se presenta como comercial de Pterodactyl Press y la joven, sin apartar la vista del libro, señala vagamente hacia la parte trasera.

—A. J. está en su despacho —le informa.

A ambos lados del pasillo se alzan precarios rimeros de ediciones anticipadas y pruebas, y Amelia siente el habitual acceso de desesperación. La bolsa cuya asa se le está grabando en el hombro contiene varias obras más para las pilas de A. J., junto con un catálogo repleto de otros libros que ha de venderle. Nunca miente acerca de los libros del catálogo. Jamás afirma que le gustan si no es así. Suele encontrar algo positivo que decir sobre cualquier obra; o, en su defecto, sobre la cubierta; o, en su defecto, sobre el autor; o, en su defecto, sobre la página web del autor. «Por eso me pagan un pastón», ironiza a veces para sí. Gana treinta y siete mil dólares al año más comisiones, aunque nadie en su profesión ha cobrado ninguna desde hace años.

La puerta del despacho de A. J. Fikry está cerrada. A medio camino, la manga del jersey se le engancha en una pila y un centenar de libros, quizá más, se precipitan al suelo con un estrépito mortificante. La puerta se abre. A. J. Fikry mira el estropicio y luego a la giganta trigueña, que se afana frenéticamente en volver a apilar los volúmenes.

—¿Quién narices es usted? —pregunta A. J.

—Amelia Loman. —Apila otros diez libros, la mitad de los cuales vuelven a caerse.

—Déjelo —la conmina A. J.—. Todo esto está ordenado. Lo está mezclando todo. Haga el favor de irse.

Amelia se pone en pie. Saca al menos medio palmo a A. J.

—Es que tenemos una cita —dice.

—No tenemos ninguna cita —zanja A. J.

—Sí, sí —insiste ella—. Le envié un correo electrónico la semana pasada acerca del catálogo de invierno. Me dijo que podía venir el jueves o el viernes por la tarde. Yo le dije que lo haría el jueves.

Aunque el intercambio epistolar fue breve, está segura de que no se lo ha inventado.

—¿Es usted comercial?

Amelia asiente con la cabeza, aliviada.

—Recuérdeme la editorial.

—Pterodactyl.

—¿Pterodactyl Press? Yo trato con Harvey Rhodes —objeta A. J.—. Cuando me escribió la semana pasada pensé que era su secretaria o algo así.

—Soy la sustituta de Harvey.

A. J. exhala un profundo suspiro.

—¿Dónde trabaja ahora Harvey? —pregunta.

Harvey ha muerto, y por un instante Amelia considera la posibilidad de hacer un mal chiste presentando la otra vida como una especie de empresa a la que Harvey se ha incorporado.

—Murió —responde con voz inexpresiva—. Pensé que estaría usted al corriente.

Muchos de sus clientes ya se han enterado: Harvey era una leyenda, en la medida en que pueda serlo un representante.

—Se publicó una necrológica en el boletín de la asociación de libreros, y quizá también en Publishers Weekly —apostilla a modo de excusa.

—No sigo las noticias del ramo —responde A. J., que se quita las gafas, negras y gruesas, y durante un buen rato se dedica a limpiar la montura.

—Siento que se haya llevado un disgusto —dice Amelia posando la mano sobre el brazo de A. J., que rehúye el contacto.

—¿A mí qué más me da? Apenas le conocía. Lo veía tres veces al año. Muy poco para considerarlo un amigo. Y siempre que nos veíamos intentaba venderme algo. A eso no puede llamársele amistad.

Amelia sabe que A. J. no está de humor para que le presente el catálogo de invierno. Debería ofrecerse a volver otro día. Pero piensa en las dos horas de coche hasta Hyannis, más los ochenta minutos en barco hasta Alice, y en el horario del ferry, más irregular a partir de octubre.

—Ya que estoy aquí, ¿qué le parece si echamos un vistazo a los títulos de invierno de Pterodactyl?

El despacho de A. J. es un armario. No hay ventanas, ni cuadros en las paredes, ni fotos de familia sobre el escritorio, ni chismes, ni salida. Solo tiene libros, estanterías metálicas baratas como de almacén, un archivador y un ordenador de sobremesa antiguo, posiblemente del siglo XX. A. J. no le ofrece nada de beber y Amelia, aunque tiene sed, tampoco se lo pide. Retira unos libros de una silla y se sienta.

Se lanza a presentar el catálogo de invierno. Es el más corto del año, tanto en tamaño como en expectativas. Salvo unos pocos debuts sonados (o al menos prometedores), el resto son los títulos menos comerciales de la editorial. No obstante, Amelia siente predilección por el elenco invernal: cenicientas, éxitos inesperados y apuestas arriesgadas. (No es una exageración decir que así se ve a sí misma.) Deja para el final su libro favorito, unas memorias escritas por un octogenario, solterón empedernido, que se casó cumplidos los setenta y ocho y cuya esposa falleció dos años después del enlace, a los ochenta y tres. De cáncer. El autor, según su biografía, trabajó como periodista científico en varios periódicos del Medio Oeste, y su prosa es precisa, amena y nada sensiblera. Amelia lloró como una magdalena en el tren de Nueva York a Providence. Sabe que La flor tardía es un libro modesto y que el argumento parece muy trillado, pero está segura de que gustará a otras personas si le dan una oportunidad. En su opinión, con solo que la gente diera una oportunidad a muchas cosas, se resolverían la mayoría de sus problemas.

A media descripción de La flor tardía, A. J. apoya la cabeza en el escritorio.

—¿Le pasa algo? —le pregunta Amelia.

—No me van estas cosas —responde A. J.

—Lea al menos el primer capítulo —le sugiere tratando de ponerle las pruebas entre las manos—. Ya sé que el tema parece muy cursi, pero cuando vea cómo está escri…

—No me interesa —la corta A. J.

—Muy bien, pues tengo otro libro que…

A. J. suspira.

—Parece usted una chica muy amable, pero su predecesor… Lo que pasa es que Harvey conocía mis gustos. Tenía los mismos que yo.

Amelia deja las pruebas sobre la mesa.

—Me gustaría llegar a conocer sus gustos —dice, sintiéndose un poco como un personaje de una película porno.

A. J. masculla algo. A ella le parece oír «¿Para qué?», pero no está segura.

Cierra el catálogo de Pterodactyl.

—Por favor, señor Fikry, dígame qué le gusta.

—Lo que me gusta —repite él con desagrado—. ¿Qué tal si le digo lo que no me gusta? No me gustan la posmodernidad, los escenarios posapocalípticos, los narradores post mortem ni el realismo mágico. Rara vez aprecio los recursos formales supuestamente brillantes, las variaciones tipográficas, las fotos innecesarias; en resumen, los artificios. La literatura de ficción sobre el Holocausto u otras grandes tragedias mundiales me resulta desagradable; nada de ficción sobre esta cuestión, por favor. No me gustan los popurrís de géneros, tipo literatura policíaca o literatura fantástica. La literatura debe ser literatura y el género, género. Los híbridos suelen dar resultados pésimos. No me gustan los libros infantiles, en especial las historias de huérfanos, y prefiero no llenar mis estantes de obras para adolescentes. No me interesa nada de más de cuatrocientas páginas ni de menos de ciento cincuenta. Me repugnan los libros de estrellas de reality shows escritos por negros, los libros ilustrados de famosos, las autobiografías de deportistas, las ediciones que acompañan al estreno de películas, las novedades y, ni que decir tiene, los vampiros. Apenas tengo óperas primas, novela rosa, poesía ni traducciones. Preferiría no vender colecciones, pero hay que ganarse la vida. Le recomiendo que no me hable de la «nueva saga de éxito» hasta que esté harta de verla en la lista de superventas del New York Times. Y sobre todo, señorita Loman, las escuetas memorias de ancianos casados con viejecitas que mueren de cáncer me parecen absolutamente infumables. Por muy bien escritas que el comercial diga que estén. Por muchos ejemplares que me prometa que venderé el día de la Madre.

Amelia se sonroja, aunque está más enfadada que avergonzada. Comparte algunas de las opiniones expresadas por A. J., pero considera innecesario el tono despectivo que ha empleado. En cualquier caso, Pterodactyl Press ni siquiera vende la mitad de esas cosas. Observa a A. J. Es mayor que ella pero no mucho, a lo sumo le lleva diez años. Es demasiado joven para que tenga unos gustos tan limitados.

—¿Qué le gusta? —le pregunta.

—Todo lo demás —responde él—. Reconozco también que en ocasiones siento debilidad por los libros de relatos, aunque los clientes nunca los compran.

Hay un solo libro de relatos en la lista de Amelia, una ópera prima. No lo ha leído entero, y con su horario difícilmente lo hará, pero le gustó el primer cuento. Dos clases de secundaria, una de un colegio estadounidense y otra de uno indio, participan en un programa internacional de amigos por correspondencia. El narrador es un niño indio del colegio estadounidense que se dedica a difundir cómicos disparates sobre la cultura india. Amelia se aclara la garganta, que nota muy seca.

El año en que Bombay se convirtió en Mumbai. Creo que le resultará de especial int…

—No.

—Ni siquiera le he contado de qué trata.

—No y punto.

—Pero ¿por qué?

—Sea sincera consigo misma y reconozca que me habla de ese libro únicamente porque soy en parte indio y cree que por ese motivo sentiré un interés especial por él. ¿Me equivoco?

Amelia se imagina estampándole el viejo ordenador en la cabeza.

—Le hablo de él porque me ha dicho que le gustan los libros de relatos. Y es el único que hay en el catálogo. Además, entre nosotros, es un libro fantástico de principio a fin —aquí miente—, pese a ser una ópera prima.

»¿Y sabe qué? Me encantan las óperas primas. Me gusta descubrir cosas nuevas. Es una de las razones por las que me dedico a este trabajo.

Amelia se levanta. Le retumba la cabeza. ¿No estará bebiendo demasiado? Le retumba la cabeza y también el corazón.

—¿Desea conocer mi opinión?

—No especialmente —responde él—. ¿Qué edad tiene? ¿Veinticinco?

—Señor Fikry, tiene usted una librería encantadora, pero si continúa con esta, esta, esta… —de niña tartamudeaba, y todavía le sucede cuando se enfada; se aclara la garganta— … esta mentalidad anticuada, dudo que Island Books vaya a durar mucho.

Amelia deja La flor tardía y el catálogo de invierno sobre el escritorio. Al salir del despacho tropieza con los libros desparramados en el pasillo.

Como falta una hora para que salga el siguiente ferry, decide dar una vuelta por el pueblo para hacer tiempo. En la fachada de una sucursal del Bank of America, una placa de bronce conmemora el verano que Herman Melville pasó allí cuando el inmueble albergaba el Alice Inn. Coge el móvil y se hace una foto junto a la placa. Alice es un lugar bastante bonito, pero supone que no tendrá motivos para regresar en un futuro próximo.

Envía un mensaje a su jefe, en Nueva York: «Dudo que vayamos a recibir pedidos de Island 

Su jefe le responde: «Tranquila. Es un cliente pequeño y hace la mayor parte de los pedidos de cara al verano, cuando hay turistas. Es un tipo raro y Harvey siempre tenía más suerte con el catálogo de primavera / verano. Lo mismo te pasará a ti».

A las seis, A. J. le dice a Molly Klock que puede irse.

—¿Qué tal el nuevo de Munro? —le pregunta.

Ella suelta un bufido.

—¿Por qué todo el mundo me pregunta lo mismo hoy? —Se refiere solo a Amelia, pero Molly es una chica de extremos.

—Será porque lo estás leyendo.

Molly suelta otro bufido.

—Vale, vale. Los personajes son, no sé, demasiado humanos a veces.

—Eso es lo que gusta de Munro —señala A. J.

—No sé… Prefiero los libros antiguos. Nos vemos el lunes.

Habrá que hacer algo con Molly, piensa A. J. mientras gira el letrero para que se lea «Cerrado». Quitando que le gusta leer, Molly es un auténtico desastre vendiendo libros. Pero trabaja solo a tiempo parcial y es una lata formar a un dependiente nuevo y al menos no roba. Nic la contrató, así que algo debe de tener la arisca señorita Klock. Quizá el próximo verano logre reunir la energía necesaria para despedirla.

A. J. se deshace de los últimos clientes sin contemplaciones (le irrita especialmente un grupo de estudiantes de química orgánica que llevan desde las cuatro revolviendo las revistas y no han comprado nada; además, está casi seguro de que uno de ellos ha atascado el váter) y seguidamente se ocupa de la recaudación del día, una tarea tan deprimente como parece. Por último sube a la buhardilla donde vive. Mete en el microondas un envase de vindaloo congelado. Nueve minutos, según las instrucciones del envase. Mientras espera, piensa en la chica de Pterodactyl. Parecía que hubiera viajado en el tiempo desde el Seattle de la década de 1990: los chanclos con estampado de anclas, el vestido de flores de su abuela, el jersey de lana beige y el pelo hasta los hombros, que cualquiera habría dicho que se lo había cortado su novio en la cocina. ¿Novia? No, novio, concluye. Le recuerda a Courtney Love cuando estaba casada con Kurt Cobain. Los severos labios rosas dicen «Nadie puede hacerme daño», pero el azul pálido de los ojos confiesa «Sí, tú puedes y probablemente lo hagas». Tan alta y con esa melena, y él la ha hecho llorar. «Eres un genio, A. J.»

El olor del vindaloo es cada vez más intenso, pero según el reloj aún faltan siete minutos y medio.

Necesita hacer algo. Algo físico pero no extenuante.

Baja al sótano y se pone a deshacer cajas de libros con un cúter. Cortar, extender, apilar. Cortar, extender, apilar.

A. J. lamenta cómo se ha comportado con la comercial. Ella no tenía la culpa. Alguien tendría que haberle comunicado que Harvey Rhodes había muerto.

Cortar, extender, apilar.

Probablemente alguien se lo había comunicado. A. J. apenas mira el correo electrónico y no contesta nunca al teléfono. ¿Hubo un funeral? De todos modos no habría acudido. Apenas conocía a Harvey Rhodes. «Obviamente.»

Cortar, extender, apilar.

Y sin embargo… Había pasado muchas horas con aquel hombre durante los últimos seis años. Solo hablaban de libros, pero ¿hay algo en la vida más personal que los libros?

Cortar, extender, apilar.

¿Y no es muy infrecuente conocer a alguien que comparta tus gustos? La única discusión seria que tuvieron fue a propósito de David Foster Wallace. Fue en la época en que Wallace se suicidó. A A. J. le pareció insufrible la reverencia con que se le elogiaba. El hombre había escrito una novela pasable (aunque benévola y demasiado larga), unos pocos ensayos moderadamente perspicaces y poco más.

La broma infinita es una obra maestra —afirmó Harvey.

La broma infinita es una prueba de resistencia. Si consigues acabarla no te queda más remedio que decir que te ha gustado. O eso, o reconoces que has malgastado varias semanas de tu vida. Estilo sin sustancia, amigo mío.

—¡Dices eso de todos los escritores nacidos en la misma década que tú! —le recriminó Harvey inclinándose sobre el escritorio con el rostro encendido.

Cortar, extender, apilar. Atar.

Cuando vuelve al apartamento, el vindaloo ya se ha enfriado. Si lo recalienta en el envase de plástico probablemente acabará con un cáncer.

Se lleva el recipiente de plástico a la mesa. El primer bocado quema. El segundo está helado. El vindaloo de papá oso y el vindalodel osito. Lanza el envase contra la pared. Qué poco significó él para Harvey y cuánto significó Harvey para él.

El problema de vivir solo es que tiene que limpiar lo que ensucia.

No, el verdadero problema de vivir solo es que a nadie le importa que esté disgustado. A nadie le interesa saber por qué un hombre de treinta y nueve años ha arrojado un envase de vindaloo al otro lado de la habitación como si fuera un niño pequeño. Se sirve una copa de vino tinto y pone un mantel en la mesa. Va al salón. Abre la vitrina de cristal climatizada y saca Tamerlán. De vuelta en el comedor, coloca el libro sobre la mesa, frente a él, apoyado en la silla donde se sentaba Nic.

—Salud, pedazo de mierda —le espeta al delgado volumen.

Apura la copa. Se sirve otra y, cuando la termina, se promete que va a leer un libro. Quizá uno de sus favoritos de siempre, como Vieja escuela, de Tobias Wolff, aunque sin duda emplearía mejor el tiempo si leyera una obra nueva. ¿Qué le ha recomendado esa boba comercial? La flor tardía…, uf. Está convencido de lo que le ha dicho: no hay nada peor que las cursilonas memorias de un viudo. Sobre todo para quien es viudo, como es el caso de A. J. desde hace veintiún meses. La comercial era nueva, qué iba a saber ella de su aburrida tragedia personal. Dios, cuánto echa de menos a Nic. Su voz y su cuello, e incluso sus malditos sobacos. A veces raspaban como la lengua de un gato y al final del día olían como la leche justo antes de que se cuaje.

Tres copas después, se desploma en la mesa. Solo mide cinco pies y siete pulgadas, pesa ciento cuarenta libras y ni siquiera ha podido comerse el vindaloo congelado para que le diera fuerzas. Esta noche no tocará la pila de libros por leer.

—Ajay —susurra Nic—. Vete a la cama.

Por lo menos está soñando. Lo bueno de emborracharse es llegar a este punto.

Nic, el fantasma de su esposa en sus sueños etílicos, le ayuda a incorporarse.

—¿Sabes que eres un desastre, tontorrón?

Él asiente.

Vindaloo congelado y vino tinto de cinco dólares.

—Respeto las tradiciones seculares de mi herencia.

Él y el fantasma se dirigen al dormitorio arrastrando los pies.

—Felicidades, señor Fikry, se está usted convirtiendo en un auténtico alcohólico.

—Lo siento.

Ella lo mete en la cama. Tiene el cabello castaño y lo lleva corto, a lo chico.

—Te has cortado el pelo —señala él—. Te veo rara.

—Hoy te has pasado con aquella chica.

—Fue por lo de Harvey.

—Obviamente —dice ella.

—No me gusta que se muera la gente que te conocía.

—Y por eso no despides a Molly Klock, ¿verdad?

Él asiente.

—No puedes seguir así.

—Sí puedo —afirma A. J.—. Así he estado y así seguiré.

Ella le besa en la frente.

—Supongo que quiero decir que no deseo que sigas así.

Desaparece.

El accidente no fue culpa de nadie. Aquella tarde llevó a casa a un escritor después de un acto literario. Es probable que condujera deprisa para coger el último transbordador de vehículos con destino a Alice. Posiblemente diera un volantazo para no atropellar a un ciervo. Posiblemente fueran las carreteras de Massachusetts en invierno. No hubo forma de saberlo. En el hospital, un policía le preguntó si podía tratarse de un suicidio. «No —contestó A. J.—, ni hablar.» Estaba embarazada de dos meses. Todavía no se lo habían dicho a nadie. Habían tenido disgustos antes. En la sala de espera del depósito de cadáveres, pensó que habría sido mejor anunciarlo. Al menos habrían vivido un breve período de felicidad antes de este largo período de… Aún no sabía como llamar a eso.

—No, no tenía intención de suicidarse. —A. J. hizo una pausa—. Era una conductora pésima que creía que no lo era.

—Ya —dijo el policía—. No ha sido culpa de nadie.

—Eso suele decir la gente —repuso A. J.—, pero alguien habrá tenido la culpa. La ha tenido ella. ¿Cómo se le ha ocurrido hacer algo tan estúpido? ¿Cómo se le ha ocurrido hacer una estupidez tan melodramática? ¡Si parece un maldito giro de Danielle Steel, Nic! Si esto fuera una novela, dejaría de leer ahora mismo y la lanzaría al otro lado de la habitación.

El policía, poco aficionado a la lectura, aparte de alguna novela comercial de Jeffery Deaver en vacaciones, trató de reconducir la conversación hacia la realidad.

—Comprendo. Usted es el propietario de la librería.

—Sí, mi mujer y yo —dijo A. J. sin pensar—. Joder, acabo de hacer esa estupidez del personaje que se olvida de que su esposa ha muerto y sin darse cuenta utiliza la primera persona del plural. ¡Menudo tópico! Agente —se interrumpió para leer la placa del policía— Lambiase, usted y yo somos personajes de una mala novela, ¿lo sabía? ¿Cómo narices hemos acabado aquí? Seguro que está pensando: «Pobre desgraciado», y esta noche abrazará a sus hijos más fuerte que de costumbre porque es lo que hacen los personajes de esta clase de novelas. Sabe a qué tipo de libros me refiero, ¿verdad? El tipo de ficción literaria pretenciosa que, por ejemplo, se centra un momento en un personaje secundario sin importancia para parecer faulkneriana y abarcadora. ¡Mirad cuánto le importa al autor o autora la gente corriente! ¡La gente de la calle! ¡Qué persona tan abierta debe de ser! Incluso su nombre, agente Lambiase, es perfecto para el típico policía de Massachusetts. ¿Es usted racista, Lambiase? Porque su personaje tiene que ser racista.

—Señor Fikry, ¿quiere que llame a alguien? —le preguntó el agente Lambiase.

Era un buen policía, acostumbrado a las diversas reacciones de las personas en estado de shock. Apoyó la mano sobre el hombro de A. J.

—¡Sí! ¡Bravo, agente Lambiase, eso es exactamente lo que se supone que debe hacer en este momento! Está usted bordando su papel. ¿Adivina qué hará el viudo a continuación?

—Llamar a alguien —respondió el agente Lambiase.

—Sí, probablemente, pero ya he llamado a mis cuñados. —A. J. asintió con la cabeza—. Si esto fuera un relato breve, nuestra charla ya habría acabado. Un pequeño giro irónico y fuera. Por eso no hay nada más elegante en el universo de la prosa que el relato breve, agente Lambiase.

»Si esto fuera un cuento de Raymond Carver, usted me diría unas breves palabras de consuelo, se haría la oscuridad y todo habría terminado. Pero esto… se parece más a una novela, la verdad. Emocionalmente, quiero decir. Tardaré un tiempo en asimilarlo. ¿Me entiende?

—No estoy seguro. No he leído a Raymond Carver —respondió el agente Lambiase—. Me gusta Lincoln Rhyme. ¿Lo conoce?

—¿El criminólogo tetrapléjico? No está mal como literatura de género. Pero ¿ha leído relatos breves? —le preguntó A. J.

—Quizá en la escuela. Cuentos de hadas. Y también, mmm, ¿El poni rojo? Creo que una vez tuve que leer El poni rojo.

—Eso es una novela corta —le corrigió A. J.

—Vaya, lo siento, yo… Espere, había uno de un poli que recuerdo del instituto. Va de un crimen perfecto, supongo que por eso me acuerdo. Al poli lo mata su mujer. El arma es un costillar de buey congelado y luego se lo sirve al otro…

—«Cordero asado» —dijo A. J.—. El relato se titula «Cordero asado» y el arma es una pierna de cordero.

—¡Sí, eso es! —El policía estaba encantado—. Conoce bien su oficio.

—Es un cuento muy conocido —afirmó A. J.—. Mis cuñados deben de estar a punto de llegar. Discúlpeme por lo de antes, cuando le he llamado «personaje secundario sin importancia». Ha sido una grosería y, visto lo visto, yo soy el «personaje secundario sin importancia» en la gran saga del agente Lambiase. Es más probable que el protagonista sea un poli que un librero. Agente, es usted todo un género.

—Mmm —dijo el agente Lambiase—. Probablemente tenga usted razón. Pero volviendo a lo que estábamos diciendo, como policía, la pega que le veo a la historia es la cronología. Por ejemplo, la mujer mete el buey…

—El cordero.

—El cordero. La mujer mata al tipo con la costilla de cordero congelada y a continuación la mete en el horno sin siquiera descongelarla. No soy Rachael Ray, pero…

Nic había empezado a congelarse cuando sacaron el coche del agua, y en el cajón del depósito de cadáveres tenía los labios morados. El color recordó a A. J. el pintalabios negro que había lucido en la fiesta literaria que organizó para promocionar el último no sé qué de vampiros. A él no le entusiasmaba la idea de que una panda de estúpidas adolescentes disfrazadas se pasearan por la librería, pero Nic, a quien realmente le habían gustado el maldito libro de vampiros y la mujer que lo había escrito, insistió en que una fiesta de vampiros sería buena para el negocio, además de divertida.

—Te acuerdas de lo que es divertirse, ¿no?

—Vagamente —respondió él—. Recuerdo que hace mucho tiempo, antes de ser librero, cuando era dueño de mis noches y mis fines de semana, cuando leía por placer, había diversión. De modo que sí, vagamente.

—Te refrescaré la memoria. Divertirse es tener una mujer inteligente, bonita y de buen carácter con la que pasas todos los días laborables.

Todavía le parecía verla con aquel ridículo vestido negro de raso, rodeando con el brazo derecho la columna del porche, sus hermosos labios manchados formando una línea.

—¡Qué tragedia, mi mujer se ha convertido en un vampiro!

—Pobrecito. —Nic cruzó el porche para besarle y le dejó una marca de pintalabios que parecía un moratón—. No te queda más remedio que convertirte tú también en vampiro. No opongas resistencia. Es lo peor que puedes hacer. Mantén la calma, tontorrón. Invítame a pasar.

las mil y una historias de A.J. Fikry.

las mil y una historias de A.J. Fikry.

Gabrielle Zevin

ISBN: 978842640032

Editorial: Lumen

Nº de páginas: 224

Año de edición: 2014

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