Un hombre disponible, Hilma Wolitzer.

1. De debajo de las piedras
Edward Schuyler estaba planchando en el salón la camisa Oxford más vieja que tenía, un sábado por la tarde, cuando sonó el teléfono por primera vez. Había empezado a planchar hacía unos meses, poco después de la muerte de Bee, su mujer, que había ocurrido al principio del verano, cuando ya no había clases y él no podía concentrarse en nada que no fuera su dolor y su añoranza. Al principio, solo planchó algunas cosas de ella que había encontrado en una cesta de ropa limpia en el cuarto de la lavadora. Había pensado que aquella era una buena forma de reconectar con su mujer ahora que se había ido tan irrevocablemente que ni siquiera podía soñar con ella a voluntad.
Y en efecto ella volvía en una ráfaga de recuerdos desordenados cuando él estaba junto a la tabla de planchar.  El problema era que Edward no tenía ningún control sobre lo que recordaba; a veces la veía cuando se conocieron, o años después, al otro lado de la habitación, sentada en su sillón estampado de flores, hablando por teléfono y masajeando el vientre del perro con el pie descalzo —Bee lo llamaba «multitarea»—, o en sus últimos días, cuando hacía unas pausas tan largas al respirar que él mismo se descubría conteniendo el aliento hasta que ella empezaba de nuevo.
En cualquier caso, este collage azaroso de la vida que habían compartido resultaba mejor que nada, y era extrañamente reconfortante quitar las arrugas a sus blusas, restaurar sus hundidas pecheras y mangas y colgarlas en el armario, donde tenían un aspecto ordenado y expectante. Y le gustaba el susurro del vapor en la  casa silenciosa y el vigorizante olor de la tela quemada.
Dejó la plancha sobre su base y con Bingo, el anciano perro, pisándole los talones fue a la cocina para coger el teléfono. Sin las gafas de leer, que no aparecían por ninguna parte, Edward no pudo distinguir desde qué  número es -
taban llamando. Pero cuando contestó, no hubo respuesta, y supuso que oiría uno de esos mensajes grabados de alguien que se presentaba a algún cargo público. A fin de cuentas, era finales de octubre. La mitad del correo que recibía en esa época consistía en folletos de propaganda política; la otra mitad se componía de facturas y mensajes de condolencia atrasados. Estaba a punto de colgar cuando oyó la voz de una mujer que decía:
—¿Ed? ¿Eres tú?
Nadie que conociera lo llamaba Ed, ni Eddie. A veces, algún vendedor telefónico intentaba crear una intimidad inmediata de ese modo, pero él no era un hombre que invitara a usar motes con facilidad. Incluso Bee, que lo conocía mejor que nadie y que lo amaba, siempre lo había llamado Edward. Los dos hijos de ella, que ya eran  mayores, todavía empleaban con él los nombres que habían usado en la infancia: Nick lo llamaba «Schuyler» o «profesor» y Julie, «papi». La novia de Nick, Amanda, le decía «papá», con cierta vergüenza, y reservaba el título de «papi» para su propio padre.
—Soy Edward, sí —contestó—. ¿Quién es?
Entonces la mujer dijo:
—No me conoces, Ed, pero tenemos una buena amiga común.
Él no dijo nada y ella continuó:
—Me llamo Dorothy Clark. Puedes llamarme Dodie. Joy Feldman y yo íbamos juntas al colegio. Edward trató de imaginarse a la dulce y voluminosa Joy en su época escolar, pero lo único que le vino a la cabeza fue la cazuela de sorpresa de atún que ella le había metido a escondidas en el congelador justo después del funeral, y que unos días más tarde él había encontrado un pelo en el centro, al descongelarla. ¡Ah, esa era la sorpresa!, habría dicho Bee. Tuvo la heladora premonición de que aquella mujer iba a tratar de venderle algo relacionado
con la muerte, como una tumba con cuidados perpetuos, o a pedirle un donativo para algún oscuro acto de caridad en memoria de Bee.
Pero la voz de ella pareció volverse un poco más sentida por la emoción cuando le dijo, en respuesta a su silencio:
—Tú y yo estamos en el mismo barco, Ed. Quiero decir que yo también he enviudado hace poco, y a Joy se
le ocurrió… bueno, que probablemente tendríamos que conocernos.
Se preguntó por qué a Joy se le habría ocurrido algo semejante, y entonces lo entendió, con una mezcla de
asco y diversión no muy distinta de lo que había sentido al descubrir el pelo en la cazuela.
—Ya veo —dijo Edward—. Es muy amable por su parte, pero me temo que Joy se ha equivocado. La verdad
es que no estoy buscando… nuevos amigos en este momento.
Unos cuantos carboneros se posaron junto al comedero de los pájaros, del lado exterior de la ventana, y empezaron a picotear.
—Ah, desde luego —dijo Dorothy Clark con un tono más alegre—. Cada uno tiene su propio ritmo para
el duelo. Pero cuando estés listo, ¿por qué no me llamas?
Vivo en Tenafly, somos prácticamente vecinos. Te voy a dar mi número.
La irrupción de un arrendajo originó un alboroto en el comedero de los pájaros, y tanto el alpiste como los carboneros salieron volando en todas direcciones.
—De acuerdo —dijo Edward resignada, educadamente. También era educado con los vendedores telefónicos, incluso con aquellos que se tomaban libertades con su nombre.
Sin embargo, ella sospechaba:
—¿Tienes un lápiz? —le preguntó.
Si tuviera un lápiz, podría haber anotado que había visto a unos carboneros y un arrendajo en su cuaderno de campo, que tan abandonado tenía; o podría haber dado unos golpecitos en la ventana para interrumpir la pelea.
Pero dijo:
—Claro, dime.
Entonces ella le dictó el número lentamente, dos veces. Por lo menos no le pidió que se lo leyera a ver si lo
había apuntado bien.
Volvió al salón, pero el deslizamiento de la plancha sobre el campo raído y azul de su camisa ya no le servía de
consuelo. Su soledad había sido perturbada, y quería devolverla a su estado anterior.
Una noche, ya cerca del final, estaba leyendo en la cama, al lado de Bee, con la mano libre apoyada ligeramente en el brazo de ella, que parecía dormida. Entonces abrió los ojos vidriosos y dijo:
—Mírate. Van a salir de debajo de las piedras.
—¿Quiénes, cariño? —preguntó él, pero ella cerró los ojos y no le contestó.
Había dicho muchas cosas raras durante los últimos días y noches.
—Ay, ¿qué voy a hacer sin ti? —había gritado una vez, como si fuera él quien se estuviera muriendo y dejándola sola. Y había tenido alucinaciones, que eran efecto de la medicación, en las que aparecían niños pequeños al pie de la cama y ratones correteando en la bañera. A lo mejor había otras alimañas que salían de debajo de las piedras, en medio de sus sueños febriles.
Hasta la segunda llamada telefónica, unos días después de la de Dorothy Clark, no comprendió lo que Bee le había querido decir. Esta vez la mujer que llamó se presentó como Madge Miller, un nombre que a él le resultó vagamente familiar. Ella y Bee habían coincidido en el mismo grupo de lectura hacía algún tiempo, y se había enterado de la mala noticia a través de unos amigos comunes. Solo llamaba para darle el pésame, dijo; qué  desgracia, una mujer tan hermosa y alegre en la flor de la vida. Y a lo mejor a él le venía bien algo de  compañía pronto, para almorzar o para tomar una copa.
Poco después, aquella misma tarde, Edward fue a la cocina y estuvo rebuscando en lo que uno de los niños,
en la infancia, había apodado con mucho acierto «el cajón loco». Entre las pilas sueltas y los cordones de zapato de repuesto, los cupones caducados del súper y las llaves que no abrían ninguna puerta conocida, encontró la cadena que durante una breve etapa había sostenido las gafas de Bee convenientemente colgadas de su cuello, hasta que un día se había visto de reojo en el espejo y había declarado que prefería quedarse ciega.
Edward deshizo los nudos de la cadena y sujetó sus gafas con ella, evitando con mucho cuidado su reflejo, que
se imaginó que guardaría una desafortunada semejanza con su maestra de tercer curso, la señorita Du Pont. Sus propios estudiantes se lo pasarían en grande. Pero no, solo usaría la cadena en casa, donde a menudo no encontraba las gafas, y por lo menos estaría preparado para detectar cualquier futura llamada de gente desconocida.
Un hombre disponible

Un hombre disponible

Hilma Wolitzer

ISBN: 9788420416991

Editorial: Alfaguara

Nº de páginas: 344

Año de edición: 2014

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