Tiempo de arándanos, Mary Simses.

1

Un recibimiento frío

 

—¡No te muevas, no es seguro!

Oí vociferar a alguien, pero era demasiado tarde. Las planchas de madera del muelle se combaron bajo mi peso y cedieron. Los tablones se astillaron, la madera podrida se quebró, y yo me sumergí tres metros en el gélido mar de Maine.

Tal vez hubo un segundo en el que podría haber visto al hombre corriendo en dirección al muelle, gritándome que me detuviera. Si tan solo me hubiese girado veinte grados a la derecha lo habría vislumbrado precipitándose por la playa hacia el embarcadero y agitando los brazos. Pero yo tenía el visor de mi cámara Nikon apretado contra el ojo y acercaba el zoom sobre algo situado al otro lado del agua: la escultura de una mujer con un vestido ondulante y lo que parecía un cubo lleno de uvas.

Mientras pugnaba por salir a la superficie sacudiendo las piernas y los brazos, con el corazón desbocado y los dientes rechinando por la gelidez del agua, supe que me desplazaba, y que lo hacía deprisa. Una corriente fuerte y veloz se arremolinaba a mi alrededor y me alejaba del muelle. Salí a la superficie tosiendo; el mar me envolvía, picado, lleno de espuma y arena. Y yo seguía desplazándome, cada vez más lejos del muelle y la playa, con las olas golpeándome, llenándome la boca y la nariz de agua salada. Se me empezaron a entumecer los brazos y las piernas, y no conseguía dejar de temblar. ¿Cómo podía estar tan frío el mar a finales de junio?

Intenté nadar a contracorriente, practicando el crol australiano lo mejor que pude, pataleando con toda la fuerza de que fui capaz y empujando el agua hasta que empezaron a dolerme las extremidades. Me dirigía hacia aguas más profundas, la corriente seguía arrastrándome.

«Nadabas muy bien cuando estabas en Exeter —intenté recordar—. Puedes nadar hasta la arena.» La vocecilla que hablaba en mi cabeza trataba de parecer segura, pero no dio resultado. El pánico me invadió hasta la punta de los dedos de manos y pies. Demasiado tiempo sentada a un escritorio, ocupándome de expedientes y absorciones legales, un tiempo no empleado en practicar el estilo mariposa.

De pronto, la corriente que me había atrapado dejó de moverse. Me encontraba rodeada de túmulos de agua negra y crestas espumosas. Frente a mí se abría el mar abierto, oscuro e infinito. Me volví y por un instante no pude ver nada salvo más colinas de agua. Entonces ascendí flotando hasta lo alto de una ola, y el muelle y la playa aparecieron, lejanos y diminutos. Volví a nadar en dirección a la orilla: respiración, brazada, respiración, brazada. Era agotador y sentía las piernas muy pesadas. No querían patear más. Sencillamente, estaban demasiado agotadas.

Me detuve y me limité a flotar de pie; notaba los brazos tan cansados que me entraron ganas de llorar. Sentí un dolor punzante en la barbilla, y cuando me toqué la cara vi sangre en el dedo. Me había cortado con algo, probablemente en la caída.

La caída. Ni siquiera sabía cómo había ocurrido. Solo quería ver la ciudad desde el mar, tal como debió de verla mi abuela mientras crecía aquí en la década de 1940. Crucé la playa, abrí una cancela y accedí al muelle. Faltaban algunos tablones y trozos del pasamanos, pero todo parecía ir bien hasta que pisé una plancha que noté demasiado blanda. Casi podía sentirme de nuevo cayendo al vacío.

Una ola me abofeteó y tragué agua. Noté la Nikon revolviéndose y girando contra mí, y entonces caí en la cuenta de que seguía llevándola colgada al cuello, como una piedra que me arrastraba hacia el fondo. La cámara no volvería a funcionar. Lo sabía. Con una mano trémula, cogí la correa y la pasé sobre la cabeza.

El recuerdo de mi último cumpleaños refulgió en mi memoria: cena en el May Fair de Londres; mi prometido, Hayden, entregándome una caja envuelta en papel plateado y una tarjeta en la que ponía: «Felices treinta y cinco, Ellen. Espero que esto haga justicia a tu asombroso talento». Dentro de la caja estaba la Nikon.

Abrí la mano y dejé que la correa resbalara entre los dedos. Vi que se hundía en la negrura y sentí que se me rompía el corazón al imaginarla en el fondo del océano.

Y entonces empecé a pensar que no iba a conseguir volver. Que, sencillamente, tenía demasiado frío y estaba demasiado cansada. Cerré los ojos y dejé que la negrura me envolviera. Oí el sibilante sonido del océano a mi alrededor. Pensé en mi madre y en lo horrible que sería no volver a verla. ¿Cómo iba a soportar dos muertes con apenas una semana de diferencia, primero la de mi abuela y después la mía?

Pensé en Hayden y en que le había asegurado antes de salir por la mañana que solo pasaría en Beacon una noche, dos a lo sumo. Y en que él me había pedido que esperase una semana para que pudiera acompañarme. Le dije que no, que iba a ser una escapada rápida. Nada importante. «Es martes —le dije—. Estaré de vuelta en Manhattan mañana.» Y ahora, a solo tres meses de nuestra boda, sabría que yo no iba a volver.

Empecé a notar que me dejaba ir, que dejaba que el agua me llevara, y sentí calma, mucha paz. Una imagen de mi abuela en su rosaleda, con unas tijeras de podar en la mano, revoloteó en mi cabeza. Me sonreía.

Sobresaltada, abrí los ojos. Por entre los oscuros montículos de agua a la deriva atisbé el muelle, y había algo —no, alguien— al final del mismo. Vi a un hombre lanzándose al agua. Salió a la superficie y empezó a nadar deprisa en mi dirección. Vi sus brazos asomando sobre las olas.

«Viene a por mí —pensé—. Gracias a Dios, viene a por mí. Hay alguien más ahí fuera y va a ayudarme.» En un rincón diminuto del pecho empecé a sentir cierto alivio. Obligué a mis piernas a patalear con más fuerza, y mis músculos comenzaron a cobrar vida de nuevo. Alargué un brazo en el aire para que él pudiera localizarme.

Le miré mientras se aproximaba, con los dientes rechinándome con tal ímpetu que apenas podía respirar. No creo que nunca haya visto a un nadador tan vigoroso. Parecía dominar las olas. Al fin estuvo lo bastante cerca para que pudiera oírle. «¡Aguanta!», gritó con la respiración entrecortada, la cara enrojecida y el pelo oscuro peinado hacia atrás por el agua. Para cuando me alcanzó, mis piernas se habían rendido y yo flotaba sobre la espalda.

—Te llevaré a la orilla —dijo. Respiró un par de veces—. Tan solo haz lo que te diga y no te aferres a mí o nos hundiremos los dos.

Sabía que no debía aferrarme a él, pero no la facilidad con que una persona a punto de ahogarse puede cometer ese error. Asentí para comunicarle que lo había entendido, y nos pusimos el uno frente al otro, en vertical. Le miré y lo único que pude ver fueron sus ojos. Tenía los ojos más azules que había visto nunca: un azul claro, casi glacial, como dos aguamarinas.

Y de pronto, pese al agotamiento, me sentí invadida por el bochorno. Nunca se me había dado bien aceptar ayuda de los demás, y, por alguna extraña regla de proporción inversa, cuanto más extrema era la situación, tanto más bochornoso me resultaba aceptar la ayuda. Mi madre diría que era cosa de esa antigua estirpe yanqui de la que procedíamos. Hayden diría que no era sino orgullo absurdo.

Lo único que sabía era que en aquel momento me sentía como una idiota. Una damisela en apuros cayendo al agua en el muelle, arrastrada por la corriente, incapaz de volver a la orilla, incapaz de cuidar de sí misma.

—Puedo… volver nadando —dije, con los labios trémulos al tiempo que una ola rompía en mi cara—. Nadar a tu lado —añadí. Notaba las piernas como bloques de hormigón.

El hombre negó con la cabeza.

—No. No es buena idea. Es una corriente de resaca.

—Yo… estuve en el equipo de natación —conseguí decir mientras ascendíamos y descendíamos. Mi voz se volvía áspera—. Cuando iba a secundaria. —Tosí—. En Exeter. Llegamos… al campeonato nacional.

Estaba tan cerca que su brazo rozó la parte superior de mi pierna.

—Yo nadaré. —Tomó varias inspiraciones profundas—. Haz lo que te diga. Me llamo Roy.

—Yo Ellen —farfullé casi sin aliento.

—Ellen, pon las manos en mis hombros.

Tenía los hombros anchos. La clase de hombros que parecían haberse desarrollado trabajando, no trabajándolos. Entornó los ojos sin dejar de mirarme.

«No, no voy a hacerlo —pensé mientras seguía manoteando en el agua con las manos entumecidas—. Iré sola. Ahora que sé que tengo a alguien cerca lo conseguiré.»

—Gracias, pero estaré bien si…

—Pon las manos en mis hombros —dijo alzando la voz. Esta vez no era una opción.

Coloqué las manos sobre sus hombros.

—Ahora tiéndete de espaldas. Mantén los brazos rectos. Estira las piernas y déjalas así. Yo nadaré.

Conocía aquella maniobra, el arrastre del nadador cansado, pero yo nunca había sido una nadadora cansada. Me tendí de espaldas, con el pelo abriéndose en abanico a mi alrededor. Noté un punto de sol tibio en la cara. Nos balanceábamos con las olas, nuestros cuerpos suspendidos mientras ascendíamos y descendíamos flotando sobre las crestas.

Roy se situó encima de mí y yo rodeé sus caderas con las piernas, tal como me indicó. Empezó a dar brazadas, y ambos parecíamos deslizarnos sobre el mar. Comencé a relajarme al dejar que me llevara. Tenía la cabeza pegada a su pecho. Cerré los ojos y noté los músculos contrayéndose bajo su camisa con cada brazada. Sus piernas eran largas y potentes, y se impulsaban como motores fueraborda entre las mías. Su piel olía a sal y a algas.

Oía cómo sus brazadas sesgaban el agua y sentí el calor de su cuerpo. Abrí los ojos y vi que avanzábamos en paralelo a la orilla. Comprendí lo que había ocurrido. Una corriente de resaca me había arrastrado y el pánico me había impedido verlo. Y debido a eso no tuve en cuenta la norma más importante en lo relativo a las corrientes de resaca: nunca intentar nadar contra ellas, nadar siempre en paralelo a la orilla hasta rodearlas, y después ir hacia tierra.

Pronto viramos y empezamos a dirigirnos a la playa. Alcancé a ver a varias personas en la orilla. Ya casi habíamos llegado, pensé, abrumada por el alivio. Estaba impaciente por notar la tierra bajo mis pies, por saber que había dejado de ir a la deriva en la oscuridad.

En cuanto Roy hizo pie, me estabilizó colocando los brazos alrededor de mi espalda. Tenía la respiración agitada. A juzgar por la altura de su pecho donde había descansado mi cabeza, calculé que debía de medir un metro noventa, unos veinte centímetros más que yo.

—Ya puedes ponerte de pie —dijo. De su pelo caían gotas de agua.

Me separé de él despacio y tomé sus manos cuando me las ofreció. Bajé las piernas y me quedé de pie con el agua por el pecho. Fue como una bendición tocar la arena, volver a estar anclada a una base sólida. Detrás de mí, el mar se arremolinaba y se sumergía en la penumbra, pero a tan solo unos pasos al frente, la playa centelleaba como una promesa bajo la luz del ocaso del día. Noté que mis músculos se relajaban y, por un instante, no sentí el frío. Solo sentí la emoción de conectarme con el mundo que me rodeaba. «Sigo aquí —pensé—. Estoy a salvo. Estoy viva.»

Una sensación de aturdimiento empezó a crecer en mi interior, y rompí a reír. Me solté de las manos de Roy y me puse a dar vueltas, una bailarina mareada en el agua. Reí y giré y agité los brazos mientras Roy me miraba con expresión atónita. Me pregunté si él creería que había perdido el juicio. No importaba si así era. Había vuelto del vacío del mar abierto a tierra firme, y no había nada en el mundo que pudiera hacerme sentir mejor que ese preciso momento.

Me acerqué a Roy y le miré a los ojos. Le rodeé el cuello con los brazos y le besé. Un beso por salvarme la vida, un beso que llegó desde algún lugar que no sabía que existía. Y él me devolvió el beso. Sus labios cálidos sabían a mar; sus brazos, fuertes y seguros, me apretaron con fuerza como si ambos estuviésemos ahogándonos. Lo único que deseaba era fundirme en ese abrazo. Y entonces caí en la cuenta de lo que había hecho y me retiré rápidamente.

—Lo siento —balbucí, consciente de pronto de toda la gente que nos miraba—. Tengo… tengo que irme. —Me di la vuelta y eché a andar por el agua tan deprisa como pude en dirección a la orilla. Temblaba, tenía la ropa empapada y me picaban los ojos por la sal, y el bochorno que había sentido instantes antes no era nada en comparación con el que sentí entonces. No sabía qué me había dado, qué me había poseído para besarle.

—Ellen, espera un momento —dijo Roy cuando me alcanzó.

Intentó cogerme de una mano, pero yo me aparté y seguí caminando por el agua. «Finge que esto no ha pasado —pensé—. Esto no ha pasado.»

Dos hombres con tejanos corrieron hacia nosotros desde la playa. Uno de ellos llevaba una camiseta amarilla. El otro, una gorra de los Red Sox y un cinturón de herramientas, con un nivel que rebotó en su carrera hacia el agua.

—Roy, ¿estás bien? ¿Está bien ella? —preguntó el hombre de la camiseta amarilla mientras me ayudaba a llegar a la orilla.

—Creo que está bien —contestó Roy avanzando con dificultad, con los tejanos pegados a las piernas.

El hombre de la gorra me rodeó con un brazo y me ayudó a llegar a la arena.

—¿Estás bien?

Intenté asentir, pero temblaba con tal virulencia que no creo que mi cabeza llegara a moverse.

—Frío —gruñí, con los dientes castañeteando.

Un hombre fornido con barba y el pelo rapado se acercó a mí. Llevaba un cinturón de herramientas y una chaqueta de cuero marrón. Me puso la chaqueta sobre los hombros y cerró la cremallera por delante. Noté el forro grueso y cálido, como una manta de felpa. Agradecí la sensación de calor.

—¿Quieres que llame a emergencias? —me preguntó el hombre de la camiseta amarilla—. ¿Que te lleven al hospital de Calvert o algo así? No tardarían en llegar.

No tenía ni idea de dónde estaba Calvert, pero lo último que quería era que me tomasen los datos en un hospital cuyo personal probablemente querría llamar a mi madre (malo) y a Hayden (peor).

—Por favor —dije temblando—, solo quiero irme de aquí.

Roy se acercó y se puso a mi lado.

—Te llevaré a casa.

«Oh, no —pensé mientras notaba que se me encendían las mejillas de vergüenza—. Tiene que llevarme otro. No puedo ir con él.» Miré a los otros dos hombres, pero ninguno de ellos añadió nada.

—Vamos —insistió Roy tocándome un hombro.

Eché a andar deprisa por la arena. Él me alcanzó y después me precedió en silencio. Fuimos hasta el final de la playa, donde se encontraba el muelle, donde se estaba construyendo una casa. Tres hombres colocaban tejas de madera. Seguí a Roy hasta un aparcamiento sin asfaltar situado frente a la casa, y él abrió la puerta de una camioneta.

—Disculpa el desorden —dijo mientras retiraba del asiento del acompañante una caja de herramientas, una cinta métrica, un nivel y varios lápices—. Utensilios del oficio de carpintero.

Mi ropa chorreó cuando me senté y en el suelo de goma se formó un charco. Me miré los pies, cubiertos de una fina capa de arena.

—No sé lo que ha pasado —dije con un hilo de voz—. Estaba en el muelle y de pronto… —Me estremecí y me subí el cuello de la chaqueta.

Roy giró la llave y el motor carraspeó y petardeó antes de encenderse.

—No eres de por aquí, ¿verdad? —preguntó.

Las esferas del salpicadero cobraron vida y la radio resplandeció con una luz amarilla y cálida.

Negué con la cabeza.

—No —mascullé.

—Las corrientes de resaca pueden ser muy fuertes —dijo Roy—. Y ese muelle no está en buen estado. Ha sido una suerte que te viera.

Cerré los ojos para eludir el recuerdo de la corriente y el muelle, pero aún más el recuerdo del beso. Una imagen de Hayden revoloteó en mi cabeza: su sonrisa tierna, el mechón de pelo rubio que siempre le caía sobre la frente, el guiño que me dedicaba cuando le gustaba algo, sus ojos castaños y dulces, sus ojos confiados… Nunca podría contarle lo que había ocurrido.

—Sí, una suerte —reconocí.

Roy me miró, y advertí un par de arrugas diminutas en su frente. Tenía las cejas oscuras, pero con varias motas grises.

—Gracias —dije—. Por salvarme.

Él miró por la ventanilla trasera y retrocedió con la camioneta.

—De nada.

Asintió, puso primera y se dirigió al final del aparcamiento y al margen de la carretera. Esperó mientras pasaban varios coches. Repiqueteó con los dedos sobre el volante.

—Has estado impresionante. ¿Dónde aprendiste a nadar así? —le pregunté tras un incómodo momento de silencio.

Roy arqueó las cejas.

—Todo un cumplido viniendo de alguien que nadó en… ¿Qué era? ¿El campeonato nacional?

Sabía que tenía que estar tomándome el pelo, pero apenas había un esbozo de sonrisa en su cara.

—Ah, sí… Bueno, eso fue hace mucho tiempo —dije mientras contemplaba cómo le caían pequeñas gotas del pelo a la camisa.

Tenía una cabellera densa, oscura y ondulada, con algunos mechones grises que solo mejoraban su apariencia general. No pude evitar imaginarme qué aspecto tendría con un traje.

—Así que… ¿has sido socorrista? —pregunté.

Accedió a la carretera.

—No.

—Entonces aprendiste en…

—Por ahí —contestó encogiéndose de hombros y encendiendo la calefacción—. ¿Dónde te alojas?

¿«Por ahí»? Me pregunté cómo alguien aprendía a nadar así por ahí. Puse las manos frente a la rejilla del aire caliente. Probablemente habría podido ser aspirante olímpico si hubiese entrenado con tal propósito.

—Y bien, ¿te alojas en…? —volvió a preguntar.

—En el hostal Victory —contesté reparando en la minúscula cicatriz que tenía en el costado de la nariz, justo debajo del ojo izquierdo.

Él asintió.

—El hostal de Paula. Y vas a estar en la ciudad… ¿cuánto tiempo?

—No mucho —dije—. Muy poco, de hecho.

—Deberían mirarte ese corte.

—¿Qué corte? —Bajé la visera, pero no tenía espejo.

Él señaló mi cara.

—La barbilla.

Me llevé la mano a la barbilla. Vi sangre en los dedos.

Roy se detuvo y accionó el intermitente.

—Es posible que necesites uno o dos puntos. Conozco a un médico en North Haddam y podría llevarte…

Sentí un aflujo de calor en la cara y supe que tenía las mejillas incandescentes.

—No, no —dije—. No hace falta, de verdad. —La idea de que me llevara a otra ciudad para visitar a un médico me resultaba…, bueno, inquietante por algún motivo. No iba a hacerlo.

—No es ninguna molestia —añadió. Sonrió y vi que se le formaban hoyuelos—. Fui a la escuela con ese tipo y estoy seguro de que…

—Mira —le interrumpí alzando las manos a modo de protesta; se me volvió a encender la cara—. Agradezco mucho tu ayuda, pero será mejor que me baje aquí y vuelva andando. No está lejos y ya te he robado demasiado tiempo.

Las pequeñas arrugas de su frente parecieron marcarse más.

—No vas a ir andando a ninguna parte —dijo mientras esperábamos a que pasara un coche—. No quería ser avasallador —añadió—. Tan solo creo que deberían mirarte esa herida.

Alargó una mano hasta mi cara y ladeó mi barbilla para ver mejor el corte, y yo sentí un temblor que me atravesaba.

—Está bien —acepté irguiéndome en el asiento—. Yo…, hum…, me marcho mañana —farfullé— y…, hum…, cuando vuelva a Manhattan iré al médico.

Roy volvió a encogerse de hombros.

—Allá tú —dijo al tiempo que doblaba a la izquierda, en dirección al hostal Victory.

Miré por la ventanilla, preguntándome si debía decir algo sobre el beso, si debía disculparme. Al fin y al cabo, no quería que él creyera que… No quería que creyera nada.

—Siento lo que ha pasado allí —aseguré.

Él me miró, sorprendido.

—No tienes por qué disculparte. Las corrientes de resaca son peligrosas. Es fácil verse en apuros…

—No, no me refería a la corriente —precisé mientras él acercaba la camioneta a la acera al aproximarnos al hostal—. Me refería a lo otro… —No fui capaz de decirlo.

Él accionó la palanca de cambios para aparcar, se reclinó en el asiento y pasó la mano por el volante.

—Bueno, no te preocupes —dijo, encogiéndose de hombros otra vez—. Solo ha sido un beso.

Si supuestamente eso tenía que hacerme sentir mejor, no lo consiguió. Me pareció un insulto, como si el beso no hubiese causado el menor impacto en él.

—¿Sabes? —solté—, la gente de Maine debería conservar mejor sus muelles. —Percibí el tono agrio en mi voz, pero no pude evitarlo—. Podría haberme hecho mucho daño al caerme de esa cosa.

Roy me miró perplejo.

—Me alegro de que no te hicieras daño… —dijo al fin—, siendo tan buena nadadora. Y me alegro de haber estado allí para rescatarte. —Bajó su visera, pues la luz del sol de la tarde, ya próxima al ocaso, inundaba el asiento delantero de la camioneta con un matiz dorado.

Pensé que tenía que estar tomándome el pelo de nuevo, pero entonces vi que su expresión era seria.

—Claro que —continuó, esta vez sonriendo— algo que la gente de Maine sí sabe hacer es leer. Así que si hubieses leído el cartel…

¿De qué hablaba? ¿Que la gente de Maine sabía leer? ¿Qué cartel?

—Por supuesto que sé leer —dije notándome aún más a la defensiva, incapaz de controlar mi tono estridente—. He estudiado cuatro años en la universidad y tres en la facultad de Derecho. He leído mucho.

—En la facultad de Derecho. —Roy asintió despacio, como si acabara de comprender algo.

—Sí, en la facultad de Derecho —repetí mirando su perfil.

Se le insinuaba una barba incipiente que podría haberme resultado atractiva en otras circunstancias, en mis tiempos de soltera. Pero en ese momento aquel tipo me estaba enervando de verdad.

Se volvió otra vez hacia mí.

—De modo que eres abogada.

—Sí —contesté.

—¿Y qué tipo de derecho…, bueno, ejerces?

—Trabajo en el ámbito de las propiedades inmuebles.

—Ajá. —Se rascó el mentón—. De modo que sabrás mucho sobre allanamiento…

Bueno, por supuesto que sabía algo sobre allanamientos, pero no era una especialidad que tratara a menudo.

—Sí —dije irguiéndome un poco más—. Sé todo lo relativo al allanamiento. Soy la experta del bufete en allanamiento. Llevo todos los casos de allanamiento.

Un Toyota se detuvo a nuestro lado y Roy le indicó con señas que siguiera.

—Una experta en allanamiento —repitió alzando las cejas—. ¿Hay que sacarse un título especial para eso?

¿Un título especial? ¡Qué pregunta tan ridícula!

—No, por supuesto que no hay que… —Me interrumpí porque un destello en sus ojos me advirtió de que esta vez sin duda estaba tomándome el pelo.

—De acuerdo —dijo—. De modo que con tu formación, con todas tus lecturas y siendo una experta en allanamiento y todo eso, ¿por qué no leíste el cartel de NO PASAR que hay al lado del muelle? O, si lo leíste, ¿por qué pasaste, de todos modos?

¿De qué cartel de NO PASAR hablaba, y por qué me interrogaba? Noté un reguero de agua bajando por mi espalda mientras recordaba vagamente haber visto un cartel en la playa, cerca del muelle. ¿Ponía NO PASAR? ¿Podía haber puesto eso? No, no era posible, pensé. De lo contrario, estaba en un buen aprieto. Tenía todo el derecho del mundo a creer que yo era una completa idiota.

—No vi ningún cartel de NO PASAR —le dije—. No había ningún cartel. Lo habría visto.

Roy cogió un trozo de alga que tenía adherido a los tejanos y lo tiró por la ventanilla.

—Bueno, es posible que no lo vieras —admitió—, pero el cartel está. Hay una casa en construcción. De hecho, estoy trabajando en ella. Y el muelle y la casa son una misma propiedad. Se puso el cartel para que la gente no accediera a la propiedad. —Me dirigió una mirada—. Especialmente al muelle.

Volví a bajar la mirada hacia mis arenosos pies y al charco de agua que los rodeaba mientras intentaba colocar las piezas de aquel puzle. Traté de recordar el muelle y la playa. Sí, podía ver el cartel. Blanco con letras negras. ¿Qué decía? Oh, Dios, creo que decía NO PASAR. Empecé a sentirme mareada. No debí de prestarle la menor atención. ¿Cómo podía haber pasado al lado del cartel camino del muelle? Me moría de vergüenza. Como nadadora, no debía haber quedado atrapada en la corriente, y como abogada, no debía haber allanado aquella propiedad. Me desabroché el cinturón de seguridad con un sonoro clic. No iba a decírselo. Nunca sería capaz de admitir lo que había hecho.

—¿Sabes qué? —dije, consciente de que mi voz flaqueaba y de que en ese instante había aumentado una octava—, deberías decirle al dueño de esa propiedad que la mantenga en mejores condiciones. —Volví a notar la garganta tensándose al recordar cómo caía entre los tablones del muelle—. Tiene suerte de que no me hiciera daño. —Hice una pausa—. O muriera. —Sacudí un dedo ante Roy—. A alguien podría caerle una denuncia por tener un muelle así. Deberían derribarlo.

«Genial, muy bien dicho», pensé justo mientras un terrón de arena se desprendía de mi pelo y caía en mi regazo.

El semblante de Roy apenas varió, pero volvía a haber algo en sus ojos y en la comisura de su boca que me decía que todo aquello le parecía muy divertido. Recogí la arena de mis pantalones cortos y la lancé al suelo.

Él la miró, y luego me miró a mí.

—Se va a derribar el muelle. Por eso hay una cancela.

—Bueno, la cancela no está cerrada con llave —dije. La barbilla empezaba a arderme por el corte.

—Tenía que estarlo.

—Sí, pues bien, no lo estaba. Si no, ¿cómo habría podido acceder al muelle?

Dio la impresión de ir a decir algo, pero yo me apresuré a añadir:

—Y otra cosa: quizá también deberías decirle al dueño que ponga ese cartel de NO PASAR justo en el muelle y no en mitad de la arena.

«Buen punto —pensé—. Deberían ponerlo donde tenga lógica que esté.»

Se volvió hacia mí y esta vez no hubo malinterpretación posible. Sonreía, una media sonrisa irónica que me hizo sentir como un ratón en las garras del gato.

—Ah —respondió—, de modo que sí viste el cartel.

Oh, Dios mío. ¡Había caído en mi propia trampa! Aquel hombre era repelente, detestable, insufrible. Noté calor detrás de los ojos y supe que estaba a punto de llorar. No iba a permitir que él lo viera. Abrí la puerta de la camioneta y salté fuera; el asiento rezumó agua.

—Gracias por traerme —dije intentando sonar dura para no llorar. Cerré de un portazo y me encaminé a la entrada del hostal.

Entonces oí que Roy me llamaba.

—¡Ellen! ¡Eh, Ellen! —Asomaba por la ventanilla del acompañante. Su voz parecía seria y su mirada era solemne. No quedaba ni rastro de aquel destello que había visto cuando me tomaba el pelo.

«De acuerdo —pensé—. Déjale decir lo que quiera decir.» Eché a andar hacia la camioneta.

—He pensado que igual te interesa —señaló—. En Artículos Marítimos Bennet están de rebajas. —La sonrisa reapareció y vi que se le iluminaban los ojos—. Los chalecos salvavidas tienen un treinta por ciento de descuento.

Tiempo de arándanos

Tiempo de arándanos

Mary Simses

ISBN: 9788490329641

Editorial: De Bolsillo

Nº de páginas: 336

Año de edición: 2014

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