Tu nombre después de la lluvia.

I
La ciudad de las agujas de ensueño

1

La locomotora inundaba de hollín el cielo del atardecer, un trazo desdibujado de color negro sobre la acuarela del condado de Oxfordshire que podía contemplar a través de los cristales. Había realizado tantas veces aquel mismo trayecto que podría decir sin temor a equivocarse en qué momento se distinguiría cierta veleta sobre los tejados de alguno de los pueblos, o cuándo un pequeño estanque aparecería entre las ondulaciones de las colinas recubiertas todavía por la escarcha invernal. Puede que para otra persona resultara aburrido tener que presenciar tantas veces el mismo espectáculo, pero a Alexander Quills le parecía de lo más reconfortante. Era la prueba de que no tardaría en llegar a su destino. A su casa.

El traqueteo del tren que había tomado en la estación de Paddington le sumía por momentos en un agradable duermevela, al igual que el parloteo de Robert Johnson, el hombre sentado justo delante de él, que había desplegado un ejemplar de la revista Light de enero de 1903 para leerle a su amigo una noticia.

—«A pesar de su formación científica, o precisamente gracias a ella, la aportación del profesor Quills a nuestro campo de estudio no debería dejar de ser tenida en cuenta» —recitaba el hombre mientras una sonrisa se dibujaba en su cara redonda. Parecía tan orgulloso como un padre al que el maestro acaba de anunciar que su hijo ha obtenido las calificaciones más altas de la clase—. «Las teorías que nos dio a conocer hace unos días durante su conferencia en la sede londinense de la Sociedad de Investigaciones Psíquicas se cuentan entre las más interesantes que se han escuchado en las últimas décadas dentro de ese glorioso templo dedicado al espiritismo, que parece haber encontrado por fin un nuevo profeta.»

Alexander no se inmutó; seguía contemplando con atención el paisaje que discurría detrás de la nebulosa de los cristales empañados. Ahí estaba de nuevo, justo donde sabía que la encontraría: una veleta de bronce con la forma de una sirena deslucida por el paso de los años y las inclemencias del tiempo.

—«Es lo que estábamos pidiendo a gritos en estos tiempos en que los hombres y las mujeres realmente necesitan apoyarse en la ciencia y la tecnología para creer en algo que los profanos considerarían increíble» —continuaba su compañero—. «Esto es lo que el profesor Quills puede aportar a la humanidad: una esperanza constatable, codificable, palpable. Más auténtica que nada que hayamos estudiado hasta ahora, porque todas las demás teorías espiritistas palidecen ante la minuciosidad de sus experimentos.»

—Podrían haberse ahorrado esa frase —comentó Alexander, apoyando la cabeza en una mano mientras sus ojos se perdían en las nubes que recorrían el cielo—. No creo que se trate de la mejor carta de presentación. Sobre todo teniendo en cuenta que no soy ningún médium.

—Mucho me temo que a las elegantes señoras que participan en sesiones de espiritismo en sus gabinetes de Mayfair y de Covent Garden les traerá sin cuidado si posees o no ese don —le aseguró su amigo, todavía parapetado tras la muralla de papel—. Lo único que les debe de importar ahora mismo es lo mucho que cambiarán las cosas si las máquinas que has presentado en Londres se acaban convirtiendo en un requisito sine qua non en cualquier reunión que se precie. Me parece que aún no eres consciente del revuelo que provocarán a partir de ahora tus pequeños artilugios. —Y dejó de peinar con los ojos la segunda columna de la noticia para leerle en voz alta a Alexander el párrafo con el que concluía—: «Vivimos en una época en que la tecnología se ha convertido en la meta a la que parecen orientarse todos los esfuerzos de la sociedad. Nuestros lectores saben tan bien como nosotros de qué manera nos hemos aferrado a la creencia ciega de que existe algo más allá del cuerpo y que la muerte no es un final. ¿Cómo no entonar un canto de alabanza a este profesor que ha llevado a cabo la unión perfecta entre la ciencia y la fe, que ha colocado los adelantos tecnológicos modernos a nuestro servicio para poner de manifiesto incluso ante los más escépticos que todo aquello en lo que hemos creído es cierto?».

Al darse cuenta de que Alexander no pensaba comentar nada, su amigo inclinó hacia delante las páginas del ejemplar del Light para observarle con cierta extrañeza. Solo entonces comprendió que lo que lo mantenía callado no era solo la modestia sino el cansancio y las ganas de llegar a casa. Habían sido unos días muy ajetreados, y aquella proliferación de reseñas, noticias y artículos que la prensa especializada había publicado acerca de su persona habría bastado para hacer perder el norte a cualquier otro. Pero no a Alexander Quills, desde luego; los pocos amigos de verdad con los que contaba sabían que nunca se le habría ocurrido meterse en aquello simplemente por ambición. Puede que en ese momento su nombre fuera el más repetido entre los miembros de la reputada Sociedad de Investigaciones Psíquicas, pero su aspecto seguía siendo el de un antiguo profesor del Magdalen College de Oxford agotado después de pasar horas corrigiendo exámenes.

También su mirada seguía siendo triste. Alexander tenía treinta y siete años, aunque parecía mayor; tal vez se debiera a unas cuantas canas que habían comenzado a poblar su barba y su cabello castaño claro, o a las leves ojeras que subrayaban los ojos azules que seguían escrutando las nubes a través de unas redondas gafas doradas. Era muy alto y delgado, y hasta el menor detalle de su fisonomía respondía al estereotipo del caballero británico. Por su elegancia tan natural y por la cadencia de su voz podría parecer un aristócrata, hasta el momento en que uno reparaba en las manchas de tinta que siempre salpicaban sus dedos. «Sigue tratando de abarcar más de lo que puede —se dijo su amigo con una repentina punzada de compasión—. Como si pudiera pasar página trabajando precisamente en esto…, ¡en una máquina para comunicarse con los muertos!»

Mientras hablaban había comenzado a caer una fina llovizna, una tenue cortina de agua pulverizada que salpicaba los cristales y que no tardaría en desaparecer en cuanto el viento arrastrara las nubes reunidas en cónclave sobre sus cabezas. Realmente lo que se decía de Inglaterra era cierto: uno podía sentarse en cualquier lugar al aire libre para asistir en apenas una hora a un desfile de las cuatro estaciones del año.

—Hace un frío de mil demonios esta tarde —se quejó Johnson sin poder reprimir un estremecimiento, cerrándose un poco más el cuello del abrigo—. Y eso que cuando me marché a Londres la semana pasada me pareció que la temperatura del vagón era de lo más agradable. ¡Casi puedo ver el aliento que sale de mi boca al hablar!

—Deja de quejarte —le contestó Alexander con una leve sonrisa—. Estoy seguro de que entrarás en calor cuando bajes del tren, Robert. O mejor dicho cuando te apartes de mí.

—Cualquiera que te oyera ahora mismo pensaría que eres la persona más amargada del mundo. Suerte que los que te hemos conocido en momentos mejores estamos dispuestos a desmentirlo.

El amigo de Alexander era de edad aproximada a la suya, aunque mucho más bajo y rechoncho, con una cara de luna llena en la que relucían dos grandes ojos grises. Hacía muchos años que se conocían, aunque su encuentro en Londres había sido completamente fortuito. Johnson estaba pasando unos días en la capital para resolver algunas cuestiones relacionadas con las obras que quería llevar a cabo en el orfanato de Reading del que era director. Alexander y él habían coincidido en la librería Hatchards y después de estar hablando cerca de una hora decidieron ir a cenar juntos. Fue entonces cuando Johnson se enteró de que su amigo había viajado a Londres para dar una charla en la sede de la Sociedad de Investigaciones Psíquicas acerca de unas máquinas que había patentado recientemente y gracias a las cuales, maravilla de maravillas, podía detectarse la presencia de ectoplasmas. Lo que su amigo le contó al respecto le causó tanta conmoción que decidió prolongar su estancia unos días más para asistir a la conferencia de Alexander. Ahora, tras comprobar cómo una de las revistas espiritistas más importantes del Imperio británico se hacía eco de la fascinación que él mismo había sentido, le costaba contener su alegría y el orgullo de tener por amigo a un estudioso de tanto renombre. Cuando el tren abandonó poco a poco la estación de Slough, en la que se había detenido durante unos minutos, se inclinó hacia delante para decirle en voz más baja:

—¿Puedo preguntarte qué será lo siguiente que ofrecerás al mundo? ¿En qué está trabajando ahora mismo el famoso profesor Quills? ¿Algún artilugio parecido, algún…?

Alexander volvió a sonreír.

—Me temo que eso aún no puedo decírtelo. Ningún científico daría a conocer los resultados de un experimento antes de estar seguro de que podrá llegar a buen término.

—Vamos, ni que se lo fuera a contar a todo Reading… Solo me gustaría que me adelantaras algo. Como comprenderás, no deja de ser un motivo de satisfacción para los antiguos muchachos que estudiaron contigo en el Magdalen College hace tantos años.

Su respuesta fue vaga:

—Lo cierto es que estoy trabajando en algo ahora mismo…, pero por el momento se encuentra en su fase embrionaria. Se trata de un proyecto mucho más ambicioso que los detectores de ectoplasmas, un aparato que tardaré muchos meses en perfeccionar, puede que incluso años. Aunque tampoco es que me preocupe tener que dedicar tanto tiempo a una investigación de este tipo. En el fondo no tengo otra cosa que hacer…

—Deberías tratar de recuperar tu antigua plaza en el Magdalen College —le aconsejó Johnson—. No creo que estas investigaciones se opongan diametralmente a tus lecciones magistrales sobre Física Energética. Y estoy seguro de que los alumnos te echan de menos más de lo que crees.

—Sabes tan bien como yo que mientras John Claypole sea rector del Magdalen no me van a permitir poner de nuevo un pie en esa institución —fue la cortante respuesta de Alexander, que de repente había dejado de sonreír.

Johnson se dio cuenta en ese momento de que su amigo jugueteaba de manera inconsciente con un anillo de oro que llevaba en la mano derecha. Los nubarrones que recorrían el cielo habían vuelto a encontrar eco en su rostro, y el hombre no se atrevió a decir nada más. Finalmente fue el profesor quien rompió aquel silencio.

—¿Cómo se encuentra tu esposa? Me imagino que estará deseando tenerte de vuelta al pie del cañón. No debe de ser fácil mantener a raya a dos docenas de niños revoltosos.

—Claro que no lo es, pero Mary Jane está más que acostumbrada. —Johnson esbozó una sonrisa cómplice—. Bien mirado, a veces me da la sensación de que es ella quien lleva los pantalones, tanto en casa como en el orfanato. Nuestros chicos la respetan más de lo que me respetarán nunca a mí. Sabe bien cómo meterlos en cintura.

Alexander apostaba a que sí. Cualquiera se atrevía a plantar cara a aquella dama tan temperamental con proporciones de ballena, que era capaz de pasar de la dulzura a la cólera en un momento pese a tener un corazón de oro.

—¿Y tu Charlotte? —siguió preguntando—. ¿Qué me cuentas de ella? ¿Cómo está?

—Enorme. —Johnson dejó escapar una risotada—. Tendrías que verla, Alexander. En unos meses será más alta que su madre. Es increíble cómo pasa el tiempo sin que uno se dé cuenta; parece que fue ayer cuando la subía en el columpio que tenemos en el jardín.

—Deberás tener cuidado a partir de ahora. Cualquier día comenzarán a rondarla…

Realmente parecía haber dado con un buen tema de conversación porque Johnson siguió hablando con devoción de las dos mujeres de su vida durante la siguiente media hora. Cuando el tren aminoró la marcha y entró en la estación de Reading, se había hecho prácticamente de noche. Su amigo se levantó con esfuerzo del asiento, dobló el ejemplar del Light y se lo colocó bajo el brazo.

—Bien, ¡por fin en casa! Más vale que vaya a recoger mis baúles antes de que los demás viajeros armen barullo. Aunque te prometo —añadió en tono más jocoso— que no tocaré tus maravillosas máquinas para tratar de saciar mi curiosidad.

—Van empaquetadas entre tantos algodones que te aburrirías antes de llegar a ellas.

El profesor le alargó una mano, y Johnson se la estrechó afablemente.

—Saluda de mi parte a Oliver cuando lo veas. Dile que venga a pasar unos días con nosotros en cuanto empiece la primavera. Nuestro orfanato no deja de ser la primera casa que tuvo, aunque hayan pasado siete años desde que se marchó de allí.

—Lo haré —prometió Alexander con una sonrisa—. Y sé que le encantará complacerte.

—Cuando nos visitó el verano pasado les contó a los chicos unas historias de terror que les entusiasmaron y casi no pegaron ojo durante una semana —comentó Robert sacudiendo la cabeza como si aún le costara creer que un muchacho que se había criado bajo su techo pudiera haber desarrollado semejante pasión por la literatura gótica—. Todo un personaje, Oliver.

El pasillo se había llenado de personas ansiosas por alcanzar el compartimento de los equipajes. Johnson abrió la puerta con ganas de unirse a ellos, aunque antes de salir se volvió una última vez hacia Alexander para decirle en voz baja:

—La invitación a Oliver se hace extensiva a ti, y no solamente porque sepa que eres su mejor amigo. Creo sinceramente que has estado solo durante demasiado tiempo. No puede ser sano dar tantas vueltas a un asunto, sin más compañía que la de uno mismo…

—Te lo agradezco, Robert. Pero como ya te he dicho tengo mucho que investigar.

—Insisto —dijo su amigo, al parecer incapaz de aceptar un «no» por respuesta—. Más te vale hacerme caso o tendrá que ser Mary Jane quien viaje hasta Oxford para buscarte.

El hombre desapareció en medio de la muchedumbre, abriéndose camino como podía entre los hombres y las mujeres que hablaban a voz en grito detrás de la puerta corredera. Al cabo de unos minutos Alexander lo vio bajar al andén. Johnson se volvió una vez más hacia el vagón, y saludó con su ancha mano abierta antes de dirigirse al exterior, donde cogería un coche de alquiler para llegar hasta el orfanato situado a las afueras de Reading.

Casi de inmediato el tren se puso de nuevo en movimiento. Alexander apartó los ojos de la silueta de Johnson y se recostó en el asiento, aprovechando que no había nadie sentado frente a él para estirar las piernas. «Tengo que admitir que me hubiera gustado tener conmigo a Oliver en este viaje. Y también a Lionel, aunque estoy seguro de que se las habría ingeniado para escandalizar al pobre Johnson cada vez que abriera la boca», pensó con un asomo de ironía.

Faltaba poco para llegar a Oxford, pero aquel rato se le haría eterno. Su compañero de viaje se equivocaba al decirle que había estado solo durante demasiado tiempo. El gran problema de Alexander Quills era que nunca conseguía estar solo… pese a lo que pudieran pensar la mayoría de las personas con las que se cruzaba cada día en su ciudad.

 

Tu nombre después de la lluvia

Victoria Álvarez

ISBN: 9788426400079

Editorial: Lumen

Nº de páginas: 584

Año de edición: 2314

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