El monstruo que amaba a las gasolineras, Christopher Moore.

1
Theophilus Crowe
Para tratarse de un cadáver, Bess Leander olía bastante bien: a
lavanda, salvia y un rastro de trébol. Había siete sillas de madera
colgadas de las paredes del comedor de los Leander. La octava
yacía tumbada debajo de Bess, que a su vez colgaba ahorcada
de una cuerda de calicó atada a un clavo. Flores secas, cestos
de diversas formas y tamaños, y hatillos de hierbas secas en los
huecos de las vigas.

Theophilus Crowe era consciente de que tendría que comportarse
como un poli, pero se quedó allí de pinote, acompañando
a los dos miembros del personal de urgencias del departamento
de bomberos de Pine Cove, que contemplaban a Bess
como si inspeccionaran el ángel recién puesto en un árbol de
navidad. Theo pensó que el azul pastel de la piel de Bess hacía
juego con el vestido azul claro y el trazado de la porcelana inglesa
expuesta en los sencillos estantes de madera situados en el
extremo de la sala. Eran las siete de la mañana, y Theo, como
de costumbre, iba un poco fumado.
Oía los sollozos provenientes del piso de arriba, donde estaba
Joseph Leander con sus dos hijas, aún en camisón. No había ni
rastro de presencia masculina en toda la casa. Era el ideal campestre:
suelos de madera de pino y cestos de sauce, flores, muñecas
de trapo y vinagres aromatizados con flores insertadas en
botellines de vidrio; antigüedades rústicas, cacharros de cobre,
bordados, ruecas, encajes y baldosas de porcelana con oraciones
en holandés. No había a la vista una sola página de la sección de
deportes o un mando a distancia. No había una sola cosa fuera
de lugar ni una mota de polvo. Joseph Leander debía de haber
pisado sin fuerzas para no dejar huella. Alguien con menos sensibilidad
que Theo lo habría acusado de calzonazos.
—El tío es un calzonazos —dijo uno de los de urgencias
Se llamaba Vance McNally. Tenía cincuenta y un años, era
bajito y musculoso, y se peinaba hacia atrás con gomina, igual
que lo había hecho desde el instituto. De vez en cuando, puesto
que formaba parte del personal que atendía en casos de urgencias,
salvaba vidas, lo cual a su juicio le servía de disculpa
para comportarse el resto del tiempo como un capullo.
—Acaba de encontrar a su mujer ahorcada en el comedor,
Vance —le recordó Theo, que proyectaba la voz sobre las cabezas
de ambos miembros del personal de urgencias.
Medía dos metros con un centímetro, y, a pesar de la camisa
de franela y los pantalones cortos, era capaz de imponer su
autoridad si era necesario hacerlo.
—Parece esa muñeca de trapo, Raggedy Ann —dijo Mike,
el otro miembro del personal de urgencias, que tenía veintipocos
años y estaba nervioso ante su primer aviso de suicidio.
—He oído que era amish —añadió Vance.
—No era amish —dijo Theo.
—No he dicho que lo fuera, sino que lo he oído. He supuesto
que no lo era cuando he visto la batidora en la cocina.
Los amish no creen en las batidoras, ¿verdad?
—Menonitas —apuntó Mike con tanta autoridad como
pudo otorgarle su juventud.
—¿Cómo?
—Así llaman a los amish con batidoras.
—No era amish —insistió Theo.
—Pues lo parece —insistió Vance.
—Bueno, su marido no es amish —dijo Mike.
—¿Cómo lo sabes? —preguntó Vance—. Lleva barba.
—Por la cremallera de la chaqueta —respondió Mike—.
Los amish no tienen cremalleras.
Vance sacudió la cabeza.
—Estos matrimonios con mezcla de creencias siempre acaban
torciéndose —se lamentó.
—¡Que no era amish! —gritó Theo.
—Piensa lo que quieras, Theo, pero en el comedor hay una
batidora de mantequilla. Eso lo dice todo.
Mike acarició los arañazos que había dejado Bess en la pared
con los pies al rascar con los negros zapatos de hebilla en
plena convulsión.
—No toques nada —dijo Theo.
—¿Por qué? No puede echarnos la bronca, está muerta.
Además nos limpiamos los zapatos antes de entrar —recordó
Vance.
Mike se apartó de la pared.
—Tal vez no podía soportar que nada tocase los suelos.
Y ahorcarse era el único modo.
Decidido a impedir que su protegido lo superase en cuanto
a labores detectivescas, Vance dijo:
—¿Sabes? Por lo general a quienes se ahorcan se les dilata el
esfínter, por tanto lo dejan todo perdido. Me pregunto si realmente
se ahorcó.
—¿No tendríamos que avisar a la policía? —preguntó
Mike.
—Yo soy la policía —dijo Theo.
Era el único alguacil de Pine Cove, escogido para el cargo
ocho años atrás y posteriormente reelegido con carácter anual.
—Ya, me refiero a la policía de verdad —contestó Mike.
—Avisaré al sheriff por radio —dijo Theo—. No creo que
haya nada que podáis hacer aquí, muchachos. ¿Os importaría
decir al pastorWilliams, de la iglesia presbiteriana, que se acerque?
Tengo que hablar con Joseph y necesito que alguien vigile
a las niñas.
—¿Son presbiterianos? —Vance parecía sorprendido porque
había puesto todo su empeño en apoyar la teoría amish.
—Avisadle, por favor —insistió Theo.
Dejó a solas a los miembros del personal de urgencias y salió
por la cocina en dirección al Volvo, en cuyo interior encendió
la radio, ajustó la frecuencia que utilizaba el departamento
de policía de San Junipero, y se sentó atento al micro. Menuda
le iba a caer por todo aquello por parte del sheriff Burton.
—La costa norte es tuya, Theo. Toda tuya —le había dicho
el sheriff—. Mis alguaciles detendrán a los sospechosos, atenderán
las denuncias de robo, y que la patrulla de carreteras investigue
los accidentes que se produzcan en la Autopista Uno,
y ya está. Por lo demás, tú los mantienes lejos de Pine Cove, y
así tu secretillo seguirá siéndolo.
Theo tenía cuarenta y un años, y seguía sintiéndose como
quien se esconde del director del instituto. Se suponía que esa
clase de cosas nunca pasaban en Pine Cove, porque en Pine Cove
nunca pasaba nada.
Dio una chupada a la pipa sin humo Sneaky Pete antes de
accionar el micro y llamar a los alguaciles.
Joseph Leander permanecía sentado en el borde de la cama.
Se había quitado el pijama para ponerse un traje azul, pero
los cuernos en los laterales de su pelo ralo delataban el hecho
de que había estado tumbado. Tenía treinta y cinco años, cabello
claro, delgado, pero trabajándose una barriga que tensaba
los botones del chaleco. Theo se sentó en una silla frente
a él, libreta en mano. Ambos oían a los alguaciles en el piso
de abajo.
—No puedo creer que haya hecho algo así —dijo Joseph.
Theo extendió la mano para dar un apretón en el bíceps del
afligido esposo.
—Lo siento de veras, Joe. ¿No dijo nada que pudiera indicar
que se estaba planteando hacer algo así?
Joseph negó con la cabeza sin levantar la vista.
—Cada vez estaba mejor. Val le había recetado unas pastillas
y parecía estar mejorando.
—¿Visitaba a Valerie Riordan? —preguntó Theo. Valerie
era la única psiquiatra clínica de Pine Cove—. ¿Sabes qué clase
de pastillas son?
—Zoloft —respondió Joseph—. Creo que es un antidepresivo.
Theo anotó en la libreta el nombre del medicamento.
—Entonces, ¿Bess estaba deprimida?
—No, pero tenía eso de la limpieza. Había que limpiarlo
todo a diario. Ella limpiaba algo, y luego volvía a hacerlo cinco
minutos después. Nos estaba haciendo la vida imposible a las
niñas y a mí. Nos obligaba a quitarnos zapatos y calcetines, y a
lavarnos los pies en una jofaina antes de entrar en casa. Pero no
estaba deprimida.
Theo anotó «loca» en la libreta.
—¿Cuándo fue la última vez que Bess tuvo visita con Val?
—Hará unas seis semanas. Fue entonces cuando le recetó
las pastillas. En seguida dio la impresión de mejorar. Hubo una
noche en que incluso se dejó los platos por fregar. Hizo que me
sintiera orgulloso de ella.
—¿Dónde están sus pastillas, Joseph?
—En el armario de los medicamentos. —Joseph señaló
con un gesto el cuarto de baño.
Theo se disculpó para acceder al interior del servicio. El
frasquito de color marrón era lo único que había en el armario
de los medicamentos, aparte del desinfectante y algunas tiritas.
El frasco estaba medio lleno.
—Voy a llevármelas —dijo, guardándose el frasco en el
bolsillo—. Los ayudantes del sheriff te harán algunas preguntas
muy similares a las que acabo de hacerte, Joseph. Tú diles lo
que acabas de contarme, ¿de acuerdo?
Joseph asintió.
—Creo que tendría que hacer compañía a mis hijas.
—Unos minutos más, ¿vale?Te envío en seguida al ayudante
que está a cargo de la investigación.
Theo oyó que afuera arrancaba un vehículo y se acercó a la
ventana para ver a la ambulancia alejarse con las luces y la sire-
na apagadas. Llevaban el cadáver de Bess Leander a la morgue.
Se volvió hacia Joseph.
—Llámame si necesitas cualquier cosa. Voy a ir a hablar con
Val Riordan.
Joseph se levantó.
—Theo, no le digas a nadie que Bess tomaba antidepresivos.
Ella no quería que nadie lo supiera. Se avergonzaba de
ello.
—No lo haré. Llámame si necesitas cualquier cosa.
Theo salió de la habitación. Un ayudante del sheriff vestido
de forma impecable lo encaró al pie de la escalera. Theo vio en
la placa que llevaba colgada del cinturón que era un sargento
detective.
—Usted es Crowe. John Voss. —Le tendió la mano, que
Theo estrechó—. Se supone que nosotros debemos hacernos
cargo de la investigación a partir de este momento —añadió
Voss—. ¿Qué ha averiguado?
Theo se sintió a la vez aliviado y ofendido. El sheriff Burton
iba a apartarlo del caso sin siquiera hablar con él.
—Nada de interés —dijo Theo—. Los llamé por radio diez
minutos después de recibir el aviso. Dice Joseph que no estaba
deprimida, pero que se estaba medicando. La encontró cuando
bajó a desayunar.
—¿Ha echado un vistazo? —preguntó Voss—. Este lugar
está limpio como una patena. No hay una sola mota de polvo
por ninguna parte. Es como si alguien hubiera limpiado a conciencia
la escena del crimen.
—Eso era cosa de ella —contestó Theo—. Era una maniática
de la limpieza.
Voss acogió la información con incredulidad.
—¿Dice que limpió la casa antes de ahorcarse? Vamos, hombre.
Theo se encogió de hombros. No le gustaban nada esas cosas
de polis.
—Me voy a acercar para hablar con su psiquiatra. Ya le pondré
al corriente de lo que averigüe.
—No hable con nadie, Crowe. Este caso es mío.
Theo esbozó una sonrisa.
—De acuerdo. Pero se ahorcó, y no hay nadamás.No lo convierta
en algo que no es. La familia está muy dolida.
—Soy un profesional —contestó Voss, pronunciando las
palabras como un insulto, como si con ello hubiera que inferir
que Theo estaba metiendo las narices en asuntos policiales, lo
cual, en cierto modo, era exactamente lo que hacía.
—¿Ha comprobado el ángulo amish de la investigación?
—preguntó Theo, intentando que su expresión no lo delatara.
Quizá no debía haber fumado nada ese día.
—¿Cómo?
—Calle, pero qué me digo. Si aquí el profesional es usted
—dijo Theo—. Lo olvidaba. —Y salió de la casa.
Ya en el Volvo, Theo sacó el delgado listín telefónico de
Pine Cove del compartimento de la guantera para buscar el
número de la doctora Valerie Riordan, cuando recibió una llamada
por radio. Una pelea en el bar Cabeza de Babosa. Eran
las ocho y media de la mañana.
Mavis
Se rumoreaba entre los parroquianos del bar Cabeza de Babosa
que bajo la piel manchada, flácida y arrugada de Mavis Sand se
ocultaba el reluciente esqueletometálico de unTerminator.Mavis
empezó a mejorar sus componentes a los cincuenta, al principio
por vanidad: los pechos, las pestañas, el pelo. Más tarde, a
medida que fue envejeciendo y el concepto de conservarse la
eludió por completo, pasó a hacer que le sustituyeran los componentes
a medida que éstos dejaban de funcionar, hasta que
casi la mitad de su peso corporal acabó compuesto de acero
inoxidable (caderas, hombros, codos, articulaciones de los de-
dos, varillas intercaladas entre las vértebras cinco a doce), membranas
de silicona (ayuda para audición, marcapasos, bomba de
insulina), resinas de polímeros avanzados (lentes de reemplazo
de cataratas, dentaduras), tejido de kevlar (refuerzo de pared
abdominal), titanio (rodillas y tobillos) y cerdo (válvula ventricular
del corazón). De hecho, si no llega a ser por la válvula de
cerdo,Mavis habría pasado por completo de la especie animal a
la especie mineral, sin la tradicional parada en la clase vegetal
por la que pasa la mayoría. Los borrachos más imaginativos del
Cabeza de Babosa (quienes apenas superaban la categoría de
vegetales) juraban por lo más sagrado que a menudo, entre canción
y canción de la gramola, podían oírse los potentes zumbidos
que emitían los servomotores que desplazaban a Mavis tras
la barra. Mavis procuraba no aplastar latas de cerveza ni empujar
barriles en presencia de los clientes, para evitar dar alas a todos
aquellos rumores y arruinar por completo su inexistente
imagen de vulnerabilidad femenina.
Cuando Theo entró en el Cabeza de Babosa, vio a la ex
reina de las gritonasMollyMichon tendida en el suelo, con los
dientes en torno a la pantorrilla de un hombre canoso que gritaba
como un gato al que acaban de pisar. Mavis se hallaba
entre ambos, blandiendo el bate modelo Louisville Slugger,
dispuesta a batear a cualquiera de ellos fuera del campo.
—Theo —gritóMavis—, tienes diez segundos para sacar a
esta loca de mi bar antes de que le esparza los sesos.
—No, Mavis.
Theo echó a correr y apartó el bate que empuñaba Mavis,
al tiempo que se tanteaba el bolsillo trasero en busca de
las esposas. Arrancó las garras de Molly del tobillo del tipo y la
esposó a la espalda. Los gritos del hombre canoso subieron
un tono.
Theo se acuclilló para susurrar a oídos de Molly:
—Suéltalo, Molly. Tienes que soltarle la pierna.
Un sonido animal emanó de la garganta deMolly y burbujeó
a través de la sangre y la saliva.
Theo le apartó el pelo del rostro.
—No puedo solucionar el problema si no me cuentas de
qué se trata, Molly. Mientras tengas la pierna de este hombre
en la boca no podré entender lo que dices.
—Apártate, Theo —lo advirtió Mavis—. Voy a desparramarle
los sesos.
Theo apartó a Mavis con un gesto. El hombre canoso aumentó
aún más el tono de los gritos.
—¡Eh! —gritó Theo—. Cálmese. ¿No ve que estoy intentando
mantener una conversación?
El hombre canoso moderó el tono de los gritos.
—Mírame, Molly.
Theo vio que uno de los ojos azules se apartaba de la pierna
y la sed de sangre desaparecía sin dejar rastro. Había logrado
captar su atención.
—Muy bien, Molly. Soy yo, Theo. A ver, ¿cuál es el problema?
Ella escupió la pierna del hombre y se volvió para encarar a
Theo. Mavis ayudó al cliente a alcanzar uno de los taburetes.
—Sácala de aquí —dijo Mavis—. Esta vez se ha pasado de
la raya. No quiero volver a verla.
Theo no apartó la vista de Molly.
—¿Te encuentras bien?
Ella cabeceó en sentido afirmativo. Le discurría un rastro
de saliva ensangrentada por la barbilla. Theo tomó una servilleta
de papel para limpiarla, procurando mantener los dedos
lo más lejos posible de su boca.
—Ahora voy a ayudarte a levantarte, y luego saldremos
para hablar de todo esto, ¿de acuerdo?
Molly asintió de nuevo, y Theo la ayudó a ponerse en pie
antes de dirigirla hacia la puerta.
—¿Se encuentra bien? ¿Necesita un médico? —preguntó
volviéndose hacia el hombre canoso.
—Yo no le he hecho nada. Nunca había visto a esa mujer.
Sólo he parado aquí a echar un trago.
Theo miró a Mavis en busca de confirmación.
—Le ha tirado los trastos —respondió Mavis—. Pero eso
no es excusa. Cualquier chica tendría que agradecer la intención.
—Se volvió para sacudir las falsas pestañas ante el hombre
mordido—. Yo sabría agradecerte la intención, ricura.
El hombre mordido miró a su alrededor, presa del pánico.
—No, estoy bien. Nada de médicos. Estoy perfectamente.
Mi mujer me espera.
—Si de veras se encuentra bien… —dijo Theo—. ¿No
quiere poner una denuncia?
—No, ha sido un malentendido. Abandonaré el pueblo en
cuanto la saque usted de aquí.
Hubo un suspiro generalizado de decepción procedente de
los parroquianos habituales, que habían hecho apuestas sobre
quién sería objeto de las caricias del bate de Mavis.
—Gracias —contestó Theo, dirigiendo a Mavis un guiño
subrepticio antes de conducir a Molly a la calle, disculpándose
cuando se cruzaron en la puerta con un anciano de raza negra
que entraba en el local con una funda de guitarra.
—Supongo que una vez que se le acaban las palabras dulces
y el licor, un hombre no tiene más remedio que adoptar medidas
más contundentes —apuntó el hombre negro, dirigiéndose
a la barra con una sonrisa deslumbrante—. ¿Alguien andaba
buscando a un bluesman?
Molly Michon
Theo introdujo a Molly en el asiento del pasajero del Volvo.
Ella se sentó cabizbaja, con la imponente melena de pelo rubio
con vetas grises colgándole sobre el rostro. Llevaba un jersey
verde dos tallas mayor, y una deportivas de caña alta, una roja
y otra azul. Podía tener treinta o cincuenta años, y cada vez que
Theo la recogía declaraba una edad distinta.
Theo rodeó el vehículo y, una vez sentado al volante, dijo:
—¿Sabes, Molly? Cuando muerdes a un tipo en la pierna,
no sólo te conviertes en un peligro para el prójimo, sino para ti
misma. ¿Se te había ocurrido pensarlo?
Ella asintió, sorbiendo los mocos. Una lágrima se precipitó
sobre el jersey desde la mata de pelo, dejando un lamparón.
—Antes de arrancar el coche, necesito asegurarme de que
te has calmado. ¿Voy a tener que sentarte detrás?
—No ha sido un ataque —dijo Molly—. Ha sido en defensa
propia. Quería un trozo de mí. —Levantó la cabeza y se
volvió hacia Theo, pero el cabello seguía cubriéndole el rostro.
—¿Estás tomando tus fármacos?
—Medicación, lo llaman medicación.
—Perdona—se disculpóTheo—. ¿Te estás tomando la medicación?
Ella asintió.
—Quítate el pelo de la cara, Molly. Apenas te entiendo.
—Estoy esposada, listillo.
Theo estuvo a punto de darse una palmada en la frente.
¡Qué idiota! Tenía que dejar de ir fumado al trabajo. Extendió
el brazo y le apartó con cuidado el pelo de la cara, dejado al
descubierto una expresión divertida.
—No tienes por qué andarte con tanto cuidado.Nomuerdo.
Theo sonrió.
—De hecho…
—Que te jodan. ¿Vas a llevarme a la comisaría del condado?
—¿Debería?
—Volveré en setenta y dos horas, y la leche de la nevera se
echará a perder.
—Uy, en ese caso será mejor que te acerque a casa.
Arrancó el coche y dio la vuelta a la manzana para regresar
al aparcamiento de caravanas Caña Mosca. Habría tomado un
camino alternativo de haber podido para ahorrarle la vergüenza
a Molly, pero Caña Mosca estaba frente a Cypress, la calle
mayor de Pine Cove. Cuando pasaron por delante, las personas
que salían de sus vehículos se volvieron para mirar. Molly les
dirigió unas muecas a través de la ventanilla.
—Eso no ayuda, Molly.
—Que se jodan. Los fans quieren algo, cualquier cosa mía.
Eso puedo dárselo. Mientras conserve el alma.
—Muy generoso por tu parte.
—Si tú no fueras un fan, no te dejaría hacer esto.
—Pues sí, lo soy. Uno de tus mayores fans. —De hecho,
nunca había oído hablar de ella hasta la primera vez que lo
avisaron para llevársela de la cafetería H.P., donde la había tomado
con la cafetera porque no dejaba de mirarla.
—Nadie lo entiende. Todo el mundo quiere un trozo de ti,
hasta dejarte sin nada. Incluso la medicación te arrebata un
pedazo. ¿Tienes idea de a lo que me refiero?
Theo se volvió hacia la mujer.
—El miedo al futuro me paraliza de tal modo que la única
manera de seguir adelante es con ingentes cantidades de drogas
y negación.
—Ostras, Theo, te veo jodido.
—Gracias.
—No puedes ir por el mundo diciendo locuras como ésa.
—Normalmente no lo hago. Ha sido un día de locos.
Giró para encarar el aparcamiento de caravanas Caña Mosca.
Veinte caravanas asomaban sobre la orilla del arroyo de Santa
Rosa, por el que discurría un hilo de agua tras un verano largo y
seco. Una arboleda de cipreses ocultaba el aparcamiento de caravanas
de la callemayor y la visión de los turistas que pasaban por
allí. La cámara de comercio había obligado al propietario del
aparcamiento a retirar la señal de la entrada. CañaMosca era un
oscuro y sucio secretillo de Pine Cove que todo el mundo guardaba
bien.
Theo frenó ante la caravana de Molly, una reliquia de los
años cincuenta de un único espacio con ventanucos pequeños
y chorretones de herrumbre que caían del techo. Sacó a Molly
del coche y le quitó las esposas.
—Voy a hablar con Val Riordan —dijo Theo—. ¿Quieres
que le pida que te encargue algo en la farmacia?
—No, tengo mi medicación. No me gusta, pero tenerla la
tengo. —Se frotó las muñecas—. ¿Por qué vas a ver a Val? ¿Te
estás volviendo loco?
—Probablemente, pero es por trabajo. ¿Vas a estar bien?
—Tengo que estudiar mi diálogo.
—Claro. —Theo le dio la espalda, pero se volvió en seguida—.
Molly, ¿qué hacías en el bar a las ocho de la mañana?
—Y yo qué sé.
—Sabes que si el tipo del bar hubiese sido de por aquí, habría
tenido que llevarte a la comisaría, ¿verdad?
—No me ha dado ningún ataque. Ese hombre quería un
pedazo de mí.
—Mantente alejada del bar por un tiempo. Quédate en
casa. No salgas más que para hacer la compra, ¿vale?
—¿No hablarás con la prensa amarilla?
Theo le tendió una tarjeta.
—La próxima vez que alguien intente hacerse con un pedazo
de ti, llámame. No me separo del teléfono móvil.
Ella se subió el jersey para introducir la tarjeta bajo la goma
del panty, y después, sin soltar el borde del jersey, se dirigió a
su caravana con cierta parsimonia. Treinta o cincuenta, bajo el
jersey aún conservaba el tipo. Theo la vio andar, olvidando por
un instante quién era.
—¿Y si eres tú, Theo? —preguntó ella sin volverse—.
¿A quién aviso entonces?
Él sacudió la cabeza como un perro que intenta librarse del
agua que se le ha metido en el oído. Después subió al Volvo.
«Llevo mucho tiempo solo», pensó mientras conducía.
El monstruo que amaba a las gasolineras

El monstruo que amaba a las gasolineras

Christopher Moore

ISBN: 9788445001936

Editorial: Minotauro

Nº de páginas: 336

Año de edición: 2014

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