La mejor manera de comerte un cupcake.

Una elegante y deliciosa novela a dos voces en la que iremos descubriendo las dos caras de una misma moneda, las dos perspectivas de una historia… y sobre todo una gran amistad.

I
Annie

La gente a menudo presupone que no soy de fiar. Yo lo atribuyo a que tal vez soy más creativa de la cuenta, llevo la ropa tiznada de harina y no soy gestora de fondos de alto riesgo, empresaria punto com o abogada. Ah, y tengo el pelo rizado, cosa que me tacha de persona impredecible, imagino. Según parece, el pelo es el nuevo espejo del alma.
Pero, claro, nadie usa la palabra informal para describirme.
En su lugar sueltan sintagmas coquetos del tipo libre de espíritu o de mente independiente; lo cual, traducido, significa que me toman por una de esas chicas veleidosas, temerarias y de pocas luces que llegan cuarenta minutos tarde a todo, si
es que llegan. Esta acusación no podría distar más de la realidad. Cuando digo que voy a hacer algo, lo hago, muchas gracias. Cuando digo que estaré ahí, estaré ahí a la hora.
Ahora bien, cuando me planté en el centro del patio empedrado de los St. Clair, ante su mansión descomunal, admito que por un instante pensé en girar sobre mis talones y volverme por donde había venido.
Lo irónico es que, apenas diez años antes, yo había estado la mejor manera de comerte un cupcake exactamente en ese mismo sitio memorizando cada soberbio
centímetro de la propiedad de los St. Clair —lo más parecido a un hogar que tuve en mi infancia, hogar de la mejor y la peor amiga que he conocido nunca— antes de irme para siempre, o eso creí. Sin embargo, aquí estaba otra vez. Comprendí que largarme sin haber entrado siquiera en la casa habría sido irme con las orejas gachas. Además, le había dado mi palabra a Lolly St. Clair. Me costó un momento decidir si debía acceder a
la casa por la puerta lateral de la cocina, la que mi madre y yo habíamos usado siempre, o por la doble puerta principal, reservada a las visitas. Mientras dudaba, el aroma fuerte y reconfortante de los cupcakes de limón Meyer me llegaba desde la caja que llevaba en la mano. Como me había prometido solemnemente que nunca dejaría que los cupcakes se rieran de mí, me erguí todo lo que mi metro sesenta me permitía y me dirigí a la entrada principal.
Una criada de cara larga, pelo negro rigurosamente peinado con la raya al medio y labios fruncidos abrió la puerta. Lolly St. Clair no aprobaba que el servicio se maquillara, pero esta criada llevaba dos capas perceptibles de colorete marrón en las mejillas, lo que pronunciaba la severidad de su rostro. Era obvio que la habían contratado solo para la fiesta. Intuyendo el torrente de desprecio propio de Lolly que caería inexorablemente sobre la mujer, sentí algo de lástima por ella. ¿O era solidaridad?
—Hola —dije—. Soy Annie Quintana.
Mi presencia pareció desconcertarla. Me miró de hito en hito, moviendo deprisa las pestañas cubiertas de rímel, y por fin reparó en la caja que llevaba en la mano.
—Oh —dijo—. Ha venido con los cupcakes.
—Así es. He venido con los cupcakes. Me han traído de acompañante. ¡Soy una chica con suerte! —dije soltando una risita.
La criada me miró perpleja durante un momento insoportablemente largo. —Sígame —dijo por fin. La seguí por el amplísimo vestíbulo de los St. Clair con sus relucientes suelos de mármol. El frenético y colorido cuadro de Jackson Pollock que yo recordaba bien —y que luego estudié en California— seguía colgado encima de la lujosa banqueta
marrón almohadillada donde tantas veces me había sentado de pequeña. Dos sinuosas escaleras gemelas de caoba eran bañadas por el sol del atardecer de San Francisco que entraba a raudales por un tragaluz redondo ubicado dos pisos más arriba. Si el vestíbulo servía de indicio, nada había cambiado en la casa de los St. Clair durante la última década. No era sorprendente. Evelyn y Thaddeus St. Clair —Lolly y Tad para los íntimos— eran dos bastiones de las altas esferas sociales de San Francisco, y firmes en su buen gusto. Aquello era como entrar en un túnel del tiempo. Casi esperaba alzar la vista y ver a Julia St. Clair sonriéndome de oreja a oreja desde lo alto de las escaleras,
con su uniforme escolar confeccionado con un corte digno de la alta costura y la música nasal a la tirolesa de la cantante Jewel desbordándose por los auriculares de su discman. Por fortuna, era imposible. Julia, al igual que yo, tenía ahora veintiocho años, y su falda escocesa del centro privado de Devon era historia. Lo último que supe de ella es que vivía en Nueva York y era vicepresidenta de una empresa de capital de riesgo. «Justo lo que la cuenta bancaria de Julia St. Clair necesita —pensé cuando la noticia de su puesto altisonante corrió la mejor manera de comerte un cupcake por un embudo de correos electrónicos y aterrizó con un pequeño “clonc” parpadeante en mi bandeja de entrada—: Unos cuantos ceros más.»
Mientras la criada me conducía a la cocina, Lolly St. Clair se materializó ante mí, y sus esbeltos brazos revestidos de Chanel me envolvieron en un abrazo asombrosamente fuerte. Si yo había aumentado algo de peso en los últimos diez años, Lolly parecía haber perdido la misma cantidad de su complexión ya delgada. La noté frágil en mis brazos, huesuda como un pájaro. Un pájaro diminuto, cacareante, inusitadamente fuerte.
—¡Oh, gracias a Dios que eres tú! —me gritó al oído—. Casi me da un ataque cuando he oído la puerta. Seguro que no has olvidado que las visitas anticipadas son recibidas como la peste en esta casa.
Antes de darme la ocasión de toserle en el pelo a modo de amenaza, Lolly me separó de ella una brazada con las uñas clavadas en mis hombros. Sus ojos azul claro recorrían mi cara. Le devolví la mirada fija, pero para identificar algún cambio en ella habría sido necesaria una lupa. A sus sesenta y un años, resplandecía con una belleza de figurín a lo Faye Dunaway, el pelo teñido y peinado en una perfecta melena rubio platino que le caía por la nuca. Gracias, sin duda, a los esfuerzos de un cirujano muy diestro, su piel era luminosa y tersa, y no había sucumbido al aspecto de trucha metida en un túnel de viento característico de tantas mujeres de su edad.
Tras terminar su inspección, Lolly volvió a acercarme a ella.
—Hola, mi cielo —dijo pausadamente—. Mi pequeña y adorable Annie.
Yo estaba decidida a no caer en la red de recuerdos que su voz desencadenó en mi cabeza, por eso miré por encima de su hombro hacia la cocina. Error. De inmediato, mi cuerpo se tensó. Probablemente, yo había supuesto que los St. Clair habrían cambiado algo la cocina —al menos la cocina— por respeto a mi madre, por no caer en la tristeza o en el remordimiento, o sencillamente para rehuir asociaciones mórbidas. Pero todo estaba igual: la encimera de granito de color arena, veteada con las intrincadas venas doradas que mis dedos habían recorrido innumerables veces; los hornos apilados donde Julia y yo calentábamos pizzas en las fiestas de pijamas con una pandilla de amigas del colegio; la ventana grande y rectangular que enmarcaba, como una postal de cuento, las vistas de la espumosa bahía y el majestuoso puente Golden Gate que hacía que mi corazón latiese con más fuerza cada vez que lo contemplaba.
    Home. La palabra taladraba mis pensamientos como un dardo envenenado. ¿Existe acaso una palabra más compleja en inglés? Tanto significado implícito en una sola sílaba… En español, solo existe una palabra para home y house: casa. Pero a nosotros, los angloparlantes, nos encanta complicar las cosas. Mis ojos se posaron un instante en la isla de cocina de mármol blanco donde mi madre había pasado tanto tiempo años atrás. Intenté con todas mis fuerzas no mirar al suelo, donde habían encontrado a mi madre.
—Bueno —dije zafándome de los brazos de Lolly por segunda vez—, veo que este sitio está dejado de la mano de Dios.
Lolly soltó una carcajada meneando el dedo.
—Y yo veo que tú no has cambiado nada. Me está costando mucho no preguntarte si has estudiado para tu examen de historia, jovencita.
—Adelante —dije mientras se ganaba mi simpatía. Incluso con sus pequeñas uñas afiladas, Lolly no era tan terrible—; la respuesta será la misma.
Lolly mandó a la criada, que resultó ser mucho menos arisca en su presencia, traer el resto de las cajas de cupcakes del coche que mi amiga Becca me había prestado. De hecho, fue Becca la que me convenció de que aceptase la oferta de Lolly de preparar los postres para su fiesta benéfica Save the Children. «¿Estás loca? —farfulló cuando le dije que pensaba rechazar la oferta—. ¡Piensa en todos esos ricachones que van a comerse tus cupcakes! ¿Vas a desaprovechar esta oportunidad para qué? ¿Para hacer tu millonésimo cruasán en Valencia Street Bakery? ¿Para pasear a otro chucho por  Dolores Park y recoger bolsas de caca?» Bien mirado, era un argumento convincente.
De manera que aquí estaba, de vuelta a la casa de los St. Clair como personal contratado. El diamante del tamaño de un caramelo de Lolly no era nada comparado con la espina que yo llevaba clavada ese día.
Lo cierto, como yo ya sabía, era que Lolly podía haber elegido a cualquier pastelero de San Francisco. Organizaba eventos suntuosos al menos una vez al mes; en su agenda telefónica abundaban proveedores de catering, organizadores de fiestas y entidades sin fines de lucro dignos de sus veladas recaudatorias. Sin embargo, se había puesto en  contacto conmigo una y otra vez a lo largo de los años, mediante correos electrónicos con propuestas precisas y a veces con mensajes de voz cortos, pese a mis raras respuestas. No era que ella me disgustase, pero había pasado buena parte de mi vida intentando desentenderme del mundo de los St. Clair. Conocía demasiado bien a Lolly como para saber que era la típica persona a la que le das la mano y acaba tomándote el brazo. No obstante, cuando se las arregló para descubrir que yo trabajaba de jefa pastelera en un cafetín de Mission —un barrio de herencia latina por el que yo dudaba mucho que Lolly hubiese pasado jamás; ni hablemos ya de que se hubiese quedado en él a cenar—, tuve que rendirme a la tenacidad de la mujer.
—¡Mis favoritos! —exclamó al abrir la caja de cupcakes que la criada había dejado en la encimera—. Es increíble que te hayas acordado. Limón. Qué alivio. Me daba un poquito de miedo que trajeses uno de esos sabores «modernos». Ya es malo que sirva cupcakes a personas adultas. No te ofendas, Annie, cariño, porque hacen furor, ¿verdad? Pero si hubieses traído uno de esos sabores ridículos como mojito o wasabi, no sé qué habría hecho. Si quisiera probar la lavanda, me echaría ambientador en la lengua. —Lolly hizo un mohín de asco en la medida en que su estirada cara se lo permitía—. A veces me temo que el mundo entero se ha olvidado de lo deliciosa que puede ser la sutileza. Gracias a Dios que existen los clásicos. —Hizo una pausa—. ¿Es…? —dudó mientras me
estudiaba—. ¿Es la receta de tu madre?
—Sí, pero de memoria. Nunca encontré su libro de recetas. —Volví a mirar la isla de cocina en medio de la estancia—. De hecho, había pensado en echar un vistazo ya que
estoy aquí, por si lo encuentro. Eso si no te importa que una pastelera sin blanca husmee entre tu vajilla de plata fina.
—Supongo que podemos hacer una excepción por esta vez. Nunca dejamos que nadie entrase en la antigua cochera después de… —La voz de Lolly se apagó. Examinó sus uñas nacaradas, intentando reponerse. Cuando alzó la vista, la ola de emoción que había cruzado momentáneamente su rostro se había disipado. Respiró hondo por la nariz, el pecho henchido bajo su blusa de color estaño. La imaginé mirándose en el espejo cada mañana y pensando: «¿Cejas impecablemente perfiladas? Listas. ¿Pómulos esculturales? Oh, sí. ¿Sonrisa todoterreno? Sin duda. Ahora, vamos a salvar a algún niño».
—En fin, la verdad es que no nos hacía falta el servicio en casa una vez que vosotras ingresasteis en el colegio —prosiguió—. Ahora solo quedamos Tad y yo remoloneando en esta casa grande y vieja.
Intenté reprimir la sonrisa. Es posible que Lolly y Tad ya no tuviesen empleados internos en la finca, pero habría apostado mi mejor receta de cupcake a que seguían rodeados de muchas manos en todo momento. A fin de cuentas, durante casi veinte años esas manos habían sido las de mi madre.
Cuando tenía dieciséis años, embarazada y repudiada por su familia fervientemente católica, mi madre, Lucía Quintana, cambió Ecuador por el sofá de un primo en South San Francisco, donde permaneció hasta el día en que la familia St. Clair la contrató como niñera. Aunque conocía los detalles de su historia tan bien como la receta de la masa básica para pasteles, todavía hoy me cuesta entenderlo. ¿Cómo pudo mi madre,
menuda y adolescente, con una barriga que empezaba a tensarle la camisa, reunir el valor suficiente para dejar atrás toda su vida y viajar en una red de autobuses miles de kilómetros a una ciudad nueva donde solo conocía a una persona?
Gracias a un programa social, terminó sentada en el borde de un lujoso sofá de color nácar en el vestíbulo más imponente que había visto nunca. Haciendo uso de las nociones de inglés que había pescado limpiando casas los dos años anteriores, explicó a Lolly St. Clair que tenía una hija, Anita, de la misma edad que su Julia. El que tuviera una hija resultó ser un plus a ojos de Lolly; debido a que el parto tuvo complicaciones,
Julia iba a ser la única hija de los St. Clair, así que Lolly pensó que a Julia le vendría bien crecer con una compañera de juegos. Aunque yo había escuchado esta versión de la
historia muchas veces a lo largo de los años, conocía a Lolly lo suficiente como para saber que sus motivos no habían sido completamente egoístas. Pese a las apariencias, Lolly se ablandaba con los necesitados. ¿Y quién más necesitada que una soltera inmigrante y en paro con un bebé en brazos? No mucho después de la entrevista, mi madre y yo nos trasladamos a la casa de la cochera propiedad de los St. Clair en Pacific
Heights. Hasta el día en que mi madre murió, ninguna de las dos vivió en otro lugar.

                                                                                       * * *

La mejor manera de comerte un cupcake
La mejor manera de comerte un cupcake

La mejor manera de comerte un cupcake

Meg Donohue

ISBN: 9788499983592

Editorial: Temas de hoy

Nº de páginas: 384

Año de edición: 2013

Comprar este libro

Escribe un comentario

Puede usar HTML:
<a href="" title=""> <abbr title=""> <acronym title=""> <b> <blockquote cite=""> <cite> <code> <del datetime=""> <em> <i> <q cite=""> <strike> <strong>