LA HABITACIÓN OSCURA, Isaac Rosa.

Aquí les dejamos el booktrailer y el primer capítulo de “La habitación oscura” de Isaac Rosa, que saldrá a la venta en estos días.

UNO

No te quedes ahí.Vamos, entra, ya estamos todos. Tras la cortina, la puerta: está abierta, solo tienes que empujarla, mientras en tu espalda pesa la tela que se cierra dejando atrás la escasa luz del pasillo. La puerta cede sin esfuerzo, y al avanzar un par de pasos sientes que la oscuridad se ha solidificado en tu cara, áspera, pero no: es el
segundo cortinaje, que pende de una barra en semicírculo para no entorpecer el recorrido de la puerta. Parece una exageración, dos cortinas, pero solo así estamos seguros de que no se filtra ni una aguja de claridad cada vez que alguien entra o sale de la habitación oscura. Es un paño corrido, deja de manotear para abrirte paso: solo
puedes franquearlo por los laterales, a la manera en que accedes a un templo. Una vez dentro buscas referencia en la pared más próxima: apoyas la mano en la superficie
mullida.Desde ahí puedes continuar por el perímetro, sin soltar el tabique; o dar unos pasos hacia el centro de la estancia, con las manos adelantadas. No hay riesgo de
chocar con ningún mueble, ya lo sabes, todo el mobiliario se limita a tres colchones alineados en la pared del fondo y un par de sofás en los laterales. La precaución de adelantar las manos es por los ocupantes de la habitación oscura, para no chocar. Aunque nunca hemos sabido al entrar cuántos estaríamos ya dentro, si había alguien en un rincón o eras el primero en llegar, hoy sí estamos todos. Solo faltabas tú y ya has llegado. Busca tu sitio, encuentra un trozo de pared donde no haya nadie apoyado, ve palpando los cuerpos a tu paso, sentados en el suelo como rocas agrupadas, hasta que después de tocar una cabeza no haya otra próxima, y déjate caer ahí, cierra el círculo. No hables, no preguntes, sabemos que hoy es un día especial, diferente, pero nadie ha querido romper el silencio que ha sido inseparable a la oscuridad desde el primer día. Todos hemos entrado como si fuese un día más: por separado, hemos dejado los zapatos en el pasillo, agitamos apenas el aire interior al abrir la cortina, hemos parpadeado en el vacío y recibido en la piel ese calor denso que siempre nos ha electrizado. Algunos llevábamos mucho tiempo sin venir, y al llegar tenemos el reflejo primerizo de girar la cabeza en todas direcciones buscando ese mínimo rasguño de luz que las pupilas necesitan para reconstruir el mundo, para dar al espacio un límite, pero no hay nada. No es oscuridad absoluta porque sabemos que no existe tal cosa, es el ojo quien no consigue ver esa mínima luz que permanece hasta en la sima más profunda como un brillo residual e indestructible. Pero esto es lo más parecido al absoluto, no hemos conocido oscuridad igual en otra parte aunque lo intentásemos: en casa, donde por mucho que bajes la persiana y cierres cortinas y puertas, siempre se filtra un hilo de luz que excita las pupilas y ensanchadas acaban por distinguir algo, un volumen, una
sombra más espesa que las otras. Aquí no. Tampoco el silencio existe en términos absolutos, lo sabemos, por mucho que nos empeñamos en insonorizar la habitación oscura. Cuando termines de acomodarte en el suelo y cese el rozar de ropa y crujir de articulaciones con que has atronado desde tu llegada, entenderás por qué hoy tampoco
hablamos, por qué pese a lo mucho que tenemos que decirnos hemos preferido preservar este silencio que nunca es total: incluso cuando estuvimos a solas aquí dentro, cuando no había ninguna respiración próxima, ni roce, ni chasquido de lengua o deformación de colchón, era nuestro propio cuerpo el que hacía vibrar el fondo del
oído: la respiración, el pulso, el retorcerse de las tripas, el zumbido vivo del organismo amplificado cuando el oído no encuentra un sonido externo al que confiarse y entonces
se vuelve hacia dentro y busca. Hoy queremos apurar hasta el último instante este silencio, porque esto es una despedida, ya lo sabes: esto se acaba, es el fin de la habitación oscura, así que disfruta por última vez la falta de luz y de sonido, aspira con fuerza antes de perder este olor que todavía la memoria retendrá un tiempo al salir: un
engrudo de muchos olores que espesan la atmósfera cerrada, este aire picante que se te cuela en la nariz cuando cruzas la segunda cortina, acumulado durante años como una enorme bola hecha de trapos viejos que si pudiésemos separar y aislar iríamos reconociendo uno a uno. Aspira con fuerza porque no volveremos a olerlo, es el final:
hoy el tiempo se pliega sobre sí mismo, un folio doblado en dos mitades para que principio y fin se superpongan, para que este último día coincida con aquella primera
tarde en que también estábamos aquí todos como hoy: sentados en círculo y callados, en aquella ocasión dando la bienvenida a la habitación oscura con la misma devoción
con que hoy la despedimos. Tiempo plegado, o más bien tiempo circular, como si hubiésemos vuelto a la casilla de salida, como si un parpadeo hubiese durado quince años y en realidad nunca nos hubiésemos movido de aquí. El recuerdo estalla en el centro de la habitación y nos recorre como un calambre compartido. Aunque no lo
digamos, todos sentimos que hace solo un par de segundos que hemos apagado la luz por primera vez, como si fuese esta tarde y no aquella tarde lejana cuando sacamos al pasillo las sillas viejas y los trastos polvorientos que los anteriores inquilinos habían dejado aquí, cegamos con una tabla el ventanuco de ventilación, extendimos cinta
aislante en las rendijas, taladramos la pared para fijar las barras de las cortinas, tapamos el resquicio inferior de la puerta con un listón, remachamos los clavos,  limamos las astillas de la madera del suelo, grapamos planchas de espuma en las paredes, cortamos segmentos a medida para cubrir los últimos rincones. Nos detuvimos ante los espejos, dos grandes tableros que ocupaban la mitad de una pared desde el tiempo en que este sótano acogió clases de baile en el vecindario: discutimos qué hacer con ellos, quitarlos o dejarlos; hubo argumentos supersticiosos a favor de descolgarlos o cubrirlos con planchas, pero acordamos mantenerlos por lo excitante de entrar en una habitación oscura y sabernos replicados, aunque durante todos estos años, salvo si una mano rozaba la superficie fría, nunca nos acordamos de que aquí seguía habiendo un espejo muerto, que nuestros movimientos se duplicaban en negro. Pero hoy sí: hoy pensamos en el espejo como si no llevase quince años fundido, como si hubiésemos dejado de verlo hace solo un segundo, justo antes de apagar la luz, después de haber repasado las grapas de las paredes y reforzado el precinto de las rendijas y extendido las alfombras y traído los sofás y colchones y encendido una linterna que ensanchó nuestras sombras en las paredes y permitió desmontar el tubo fluorescente del techo, para a continuación revisar de nuevo todo: pasamos la palma de la mano por suelos y planchas acústicas buscando algún filo que en lo oscuro pudiese arañarnos; estiramos bien las alfombras y las clavamos a la tarima para evitar pliegues donde tropezar; y una vez comprobado todo, cerramos la puerta y corrimos la cortina interior. Nos miramos unos a otros, repartidos por la estancia como ahora estamos, quizás al entrar hoy nos hemos sentado inconscientemente en el mismo sitio que ocupábamos aquel día inaugural, cuando la linterna nos deslumbró al identificarnos en su recorrido circular como si nos fuese despidiendo uno a uno. El espejo devolvió un fulgor, su última palabra. Y entonces apagamos la luz, una luz que no ha vuelto a encenderse desde entonces y que hoy esperamos como si en cualquier momento fuese a alumbrarnos para cerrar el círculo, doblar el folio, plegar el tiempo, completar la  simetría que debería llevarnos, como en una moviola invertida, a ponernos ahora en pie, abrir la cortina y la puerta, instalar de nuevo el fluorescente en el techo, desclavar las alfombras, sacar los sofás y colchones, arrancar las planchas de espuma que aíslan las paredes, despegar la cinta de las rendijas, liberar el ventanuco, desatornillar la barra de la cortina, sacar todos los materiales y volver a meter en la habitación las sillas viejas y los trastos polvorientos que un día almacenó, antes de salir al pasillo y cerrar tras nosotros la puerta que aquel día abrimos.

Pero habría que ir un poco más atrás, remontar aún más el tiempo, no quedarnos en aquella tarde inaugural en que cegamos ventanas y acolchamos las paredes.Habría que
retroceder unas cuantas semanas más, hasta la primera habitación oscura, que en realidad no fue oscura, no del todo; y tampoco fue habitación, no esta. Pero sin aquella
primera oscuridad, accidental, inesperada como fue, no estaríamos hoy aquí, sentados en círculo, sin vernos aunque adivinándonos unos a otros como si nuestros ojos se hubiesen adaptado después de tantos años. Aquella primera vez: hacía solo dos meses que alquilábamos el local, y aunque la habitación siempre estuvo aquí, al fondo de un pasillo tras bajar la escalera, solo la habíamos abierto el primer día, cuando el propietario nos dio las llaves y tomamos posesión eufóricos: inspeccionamos hasta el último rincón del local, abrimos esta puerta y decidimos que nos valdría como trastero. Aquella primera vez: era sábado, y por entonces nadie faltaba a la cita. El resto de la semana íbamos y veníamos, nos cruzábamos a veces, cada uno usaba el local para lo que necesitaba: despacho de trabajo, sala de estudio para quienes todavía estaban en la
universidad o preparaban oposiciones, taller para aficiones que exigían más espacio del que permitían un piso o un dormitorio todavía en casa de los padres, lugar tranquilo
donde el clarinetista podía estudiar sin quejas vecinales, y algunas noches picadero, alcoba discreta donde culminar salidas nocturnas, para lo que también establecimos
turnos. Pero los sábados estábamos todos, usábamos el local como antes el salón de algún piso compartido, los bares o las explanadas de asfalto con el maletero del coche abierto. Aquella primera vez: fue posible porque éramos otros, no estos que ahora aguardamos nerviosos, casi podemos oír los latidos de quienes nos rodean. Éramos
otros, por eso ocurrió: si nos hubiese pasado diez años después, nuestra reacción habría sido distinta, al irse la luz habríamos bromeado y reído a oscuras pero sin acercarnos, respetando esas distancias corporales que el tiempo va ensanchando. Y si nos hubiera pasado quince años más tarde, es decir, si nos hubiese pasado a los que
somos hoy, buscaríamos a toda prisa mecheros y pantallas de teléfono para restablecer la vista, y a continuación llamaríamos a la compañía eléctrica para protestar. Pero entonces no, entonces éramos otros. Si hoy evocamos aquella primera vez la memoria nos burla, porque en la fotografía del recuerdo nos vemos pero no como éramos, sino como somos hoy. Con las ropas juveniles de entonces, sí, repartidos por los sofás de la planta de arriba como aquel día, pero en realidad con los cuerpos de hoy, con estos rostros que han acumulado gravedad, cansancio, desgaste; nos cuesta recordar quiénes fuimos. Tendríamos que hacer girar otra vez la moviola hacia atrás, desandar el tiempo para restaurar lo perdido y vernos como éramos. Haz la prueba, gira la manivela con fuerza y verás cómo la vida se revierte y según retroceden los años nos vamos quitando todo lo que hoy nos pesa; vemos cómo la piel se estira, borra sus manchas y recupera brillo, la carne aflojada se endurece, las ojeras se absorben, la columna vertebral se endereza, miles de pelos salen arrastrándose de los desagües para volver a ensartarse en el cuero cabelludo, el diente que alguien perdió regresa a su encía de donde expulsa al implante que se hizo pasar por él; vemos neuronas resucitar, células despertar para reconstruir músculos, huesos, órganos; la grasa se diluye en las arterias, el hollín de los pulmones se desprende y sale por las fosas nasales de vuelta a las chimeneas, tubos de escape y colillas que desde el cenicero crecen hasta volver a ser cigarrillos; litros de lágrimas evaporadas o desecadas en pañuelos y mangas se licuan y remontan a contracorriente las mejillas hasta introducirse en las glándulas lagrimales; si giras más rápido conseguirás que los hijos mengüen hasta volver al útero y se compriman en un óvulo que se reimplanta en el ovario no sin antes expulsar varias gotas de semen al exterior que se unen a toda aquella semilla dispersa por vaginas, preservativos y trozos de papel higiénico para meterse en las vergas originarias con la misma fuerza con la que un día salieron; si entre todos aceleramos la manivela conseguiremos que la habitación entera gire y en el torbellino los muertos que en estos años enterramos recompondrán sus órganos bajo tierra para salir de ataúdes y nichos sacudiéndose la tierra o, más difícil todavía, resurgirán de partículas de ceniza que desde una playa resisten el viento para volver al interior de la urna y de allí al crematorio donde el fuego los convertirá otra vez en cuerpos que al salir del horno serán llevados al hospital para abrir los ojos en una cama mientras los tumores se reducen y las células rechazan las radiaciones. Gira la habitación, el planeta entero invirtiendo su deriva para que borremos la firma de contratos de trabajo, hipotecas y libros de familia, para que deshagamos mudanzas volviendo a empaquetar todo, para que devolvamos a las fábricas y a la tierra todo lo consumido, y viajemos de espaldas por otros países dejándolos de conocer, y escupamos docenas de uvas de fin de año y vomitemos toneladas de comida y alcohol y saquemos de las venas medicamentos y sustancias tóxicas, y anulemos decisiones y revirtamos rupturas y solo así, rehaciendo todo ese camino de regreso, seríamos capaces de ser otra vez aquellos que un día se quedaron a oscuras por primera vez. Nosotros, los de entonces.

Ahora sí, míranos, hemos completado el viaje hacia atrás. Ahí estamos: aquella primera vez. Estamos todos, incluso quienes hoy faltan. Apenas se entienden nuestras conversaciones porque hablábamos todos, con carcajadas exageradas y la música tan alta. Si te fijas en algún reloj de los que asoman bajo las mangas comprobarás que era ya noche avanzada, llevaríamos tres o cuatro horas bebiendo y fumando, puedes medirlo en el espesor grisáceo del aire, en los ceniceros llenos y las botellas vacías, en la ronquera de alguna risa o el enrojecimiento de los ojos, la dilatación de las pupilas nos animaliza la mirada. Al fondo, en el sofá del rincón más próximo a la escalera, casi en penumbra, puedes ver a dos parejas que ya se habían apartado del grupo y se comían simétricos, cada pareja en un extremo del sofá. No vemos bien quiénes son, pero no importa, podríamos ser cualquiera de nosotros, en aquel tiempo los emparejamientos eran cambiantes. De repente, como en un parpadeo simultáneo, estábamos a oscuras y la música cesó. La invisibilidad no era total, fíjate, nada que ver con esta ceguera de aquí dentro: por las rendijas de la persiana entraba algo de claridad, escasa pero suficiente para distinguir nuestros bultos repartidos por la sala, siluetas negras que empezaron a reír y gritar, silbidos, hasta que alguien abrió la puerta y salimos a la calle para comprobar que no éramos los únicos sin luz. Ahí estamos, en la acera, tambaleándonos y estremecidos de frío, descubriendo una noche impropia de la ciudad: las farolas apagadas, los edificios con tan solo un destello de linterna o de mechero en alguna ventana, el parque cercano como un horizonte de repente inmenso, y arriba lomás sorprendente, aunque la mayoría estábamos demasiado borrachos para apreciarlo: el cielo, las estrellas visibles como hacía siglos en la ciudad, su brillo venido de millones de kilómetros y que esa noche encontraba un reconocimiento negado por décadas de alumbrado eléctrico. No sabíamos si el apagón se extendía por el barrio o la ciudad entera, el planeta todo fundido, hacia donde miramos no encontramos más destello que los faros de un coche que nos deslumbró un instante. Regresamos dentro, y al cerrar la puerta desaparecimos, solo entraba por la ventana ese mínimo esplendor de luna y estrellas que todavía daba forma a la calle. Ahí nos tienes otra vez, convertidos en sombras ebrias que chocan unas con otras. Alguien prende un mechero, su cara asoma monstruosa sobre la llama hasta que otro se lo arrebata de un manotazo: apaga eso, quedémonos mejor a oscuras. A partir de aquí solo intuimos desplazamientos de volúmenes, oímos el ruido de botellas vacías por el tropezón de alguien, las risas de los demás, y es nuestra memoria la que enciende una luz falsa para alumbrar lo que cada uno recuerda como si lo hubiese visto, cuando en realidad todo era ese sacudirse de sombras. Uno intentó sentarse en el sofá y lo hizo sobre otro que ya estaba ahí, y al ser empujado se volcó sobre otra que a su vez cayó encima de unas piernas en el sofá de enfrente. Nadie dijo palabra alguna, solo reíamos o gritábamos, y en seguida participábamos todos del juego de empujones y caídas, desde el suelo nos levantábamos para volver a desplomarnos, gateábamos y al adelantar la mano topábamos con una cabeza, una espalda, un pecho, empujábamos y éramos empujados, caíamos sobre los que ya habían caído, los quejidos eran acallados por las risas, si alguien buscaba refugio en un sillón encontraba que ya tenía inquilino, uno, varios, imposible saber cuántos en aquella confusión de brazos, piernas, cabezas amontonadas y desplazadas por el estrecho cuadrilátero que marcaban los sofás. Una cara se encontró pegada a otra cara, sus alientos alcohólicos se imantaron, la lengua entró con fiereza, dientes chocaron, manos agarraron con fuerza cabezas para no dejarlas escapar, cuerpos rodaron, una nariz se clavaba en una oreja y al girarse encontraba otra boca caliente, una mano se metió bajo una camiseta, otra forcejeó con botones sin saber qué encontraría debajo, sonó una cremallera, una uña lastimó un pezón, diez dedos disputaron por un mismo broche. Nos dimos cuenta de que teníamos los ojos cerrados cuando el fogonazo traspasó los párpados, al volver la luz. Cuántas veces hemos recordado aquella primera vez, cuántas veces en estos años. Ahora mismo, cuando esta última reunión a oscuras se convierte en un viaje en el tiempo, cuántos de nosotros nos cruzamos en un mismo recuerdo, el de aquella noche que pesó durante los días siguientes, con escozor de resaca pero también con la viveza de un deseo que nadie nombraba mientras esperábamos otro apagón, otra avería eléctrica que nos devolviese al momento en que la compañía restableció el suministro en el barrio, en la ciudad, en el planeta, y la bombilla revivida nos inmortalizó en un cuadro de cuerpos enredados, paralizados en el último gesto que creíamos invisible a los demás: la lengua en otra boca, un pecho al aire, un pantalón por los tobillos, dos cuerpos volcados sobre un sofá y una tercera mano intrusa entre ellos. Tardamos unos segundos en recomponernos, rígidos, contuvimos la respiración y no soltamos la presa hasta que asumimos que la luz había vuelto para quedarse, que no era un chispazo aislado, no podíamos seguir contando con el amparo de la oscuridad. Bastó que alguien se incorporase para que el nudo se soltase y todos nos separásemos. Nos desenredamos, recolocamos la ropa y nos pusimos en pie, sofocados y confusos, algunos escaparon a la calle con la excusa de comprobar que la electricidad había vuelto a todo el barrio, otros encendieron cigarros o echaron hielo en un vaso. Alguien puso música, nada que decir, azorados, incapaces de más que una risa nerviosa, intentábamos reanudar una conversación pero las frases languidecían y si nos mirábamos a los ojos leíamos con facilidad otra conversación que en subtítulos circulaba bajo las palabras oídas. Poco a poco abandonamos el local, la reunión terminó antes de lo habitual e inauguramos un tiempo de espera que nadie sabía cuánto duraría, si sería un paréntesis o no habría regreso. Durante dos semanas esperamos otro apagón, nadie lo decía pero todos lo esperábamos. No hablamos de lo sucedido, ni siquiera cuando coincidíamos en el local entre semana. No nos pesaba vergüenza, lo ocurrido no era muy diferente de otros arrebatos de promiscuidad en que habíamos cruzado emparejamientos en una misma noche. No era vergüenza sino el temor de que nombrarla arruinase la experiencia, impidiese su repetición. En realidad nunca hemos hablado de aquel primer día, el pacto de silencio que después nos impusimos respecto a todo lo que ocurriese en la habitación oscura lo hicimos extensible a esa primera vez, y todavía hoy, si alguien se atreviese a romper el silencio y propusiera hablar de aquello, se quedaría solo, escucharía el eco de su voz sin réplica. No hablamos de ello cuando volvimos a reunirnos al sábado siguiente, todos juntos de nuevo en el local, de noche, con la luz encendida. No faltó nadie, como si ausentarse fuese una forma de censura, de renuncia, pero ninguno puso voz a un recuerdo que cuanto más silencioso, más pesaba en el ambiente, más entorpecía las conversaciones y más falseaba las risas. Habría bastado que alguien se pusiera en pie, apagase la música y, a la manera de quien propone un brindis, dijese: ya está bien, dejémonos de tonterías y hablemos de lo único de lo que podemos hablar, de lo que llevamos toda la semana masticando, de aquello cuyo recuerdo nos ha excitado a solas y nos ha llevado a masturbarnos con los ojos cerrados. Pero no, nadie dijo nada así, nos esforzamos en levantar conversaciones que no alcanzaban para cubrir los silencios, mirando el fondo del vaso o el techo emborronado de humo, y ni siquiera el sofá del rincón tuvo inquilinos esa noche, como si nadie quisiera apartarse del grupo en previsión de un segundo asalto que no se produjo y que nos hizo esperar otra semana, alargar el paréntesis otros siete días durante los que nos esquivamos, apenas nos cruzamos al entrar o salir del local, hasta llegar a un nuevo sábado: decisivo por estar lo suficientemente cerca de aquel día como paramantener en tensión el deseo, pero lo bastante lejos como para arriesgar su extinción si dejábamos pasar otra semana; podía pasar que no se repitiese y quedase para siempre como un episodio fugaz, un recuerdo de álbum que, con el tiempo y ya desactivado quizás fuésemos capaces de contarnos divertidos, os acordáis de aquella
noche que se fue la luz, qué locos éramos, qué jóvenes. Así que, dos semanas después del apagón, volvimos a encontrarnos todos en el local. La expectación se percibía
en la impaciencia con que atendíamos diálogos, en lo prolongado de los silencios, en el disco que terminó y nadie se levantó a cambiar, en todo lo que bebimos y fumamos
demás esa noche, en la risa imbécil que secundamos cuando un intercambio de miradas encendió un enorme neón donde estaba escrito lo que todos callábamos. Reímos durante unos segundos, con algo de alivio por decirlo todo sin pronunciar una palabra, pero también estiramos la risa como si convocásemos lo que vendría después, pues tras esa risa de reconocimiento no podíamos ya regresar a la conversación anterior, y por
eso no hubo sorpresa cuando alguien, sin anunciarlo, apagó la luz. Por unos segundos pareció que junto a la bombilla nos había desconectado a todos; permanecimos inmóviles, callados. No era como la otra vez, nos veíamos demasiado: la ventana tenía la persiana levantada y no dejaba entrar ahora la radiación de la luna y las estrellas
sino el resplandor amarillo de una farola. Nos veíamos la piel, aunque ensombrecida, distinguíamos los ojos brillantes, los dientes blancos de risa congelada, hasta que otra mano, no sabemos si la misma del interruptor, tiró de la correa de la persiana y la dejó caer como una guillotina que con su golpe cerraba el paréntesis. Las rendijas todavía filtraban unos hilillos de luz, suficientes para que después de unos segundos las pupilas reconstruyesen el espacio y pudiésemos localizarnos, pocomás que siluetas recortadas. No sabemos quién empezó, queremos creer que todos a la vez, que nadie vaciló ni esperó: nos pusimos en pie y confluimos en el centro de la sala, en el cuadrilátero
entre sofás, y con cautela primero fuimos tocándonos la cara, el cuello, los hombros, como si de verdad fuésemos desconocidos, con la misma intención con la que tiempo después nos palparíamos en la habitación oscura, no para dibujar rasgos que permitiesen la identificación sino como una forma de decir: aquí estoy, aquí estamos.
La mansedumbre inicial dio paso a la furia, obedeciendo a una señal que nadie dio pero que todos oímos nos lanzamos unos sobre otros, con una prisa que era enseñanza de la vez anterior, por si en cualquier momento volvía la luz. Nos arrastramos al suelo clavándonos huesos y perdiendo la referencia del cuerpo más próximo, besamos y fuimos besados, nos arañamos al empujar manos bajo la ropa, facilitamos botones y cremalleras, mordimos todo lo que estaba al alcance, metimos dedos, sacudimos, abrimos piernas o empujamos con rodillas entre otras piernas, nos retiramos a tiempo
y buscamos otro cuerpo que volcar, nos hicimos daño, nos manchamos manos y vientres, hasta que fuimos rindiéndonos, apartándonos del tumulto para quedar con la
espalda apoyada en un sofá o en una pared, en silencio, oyendo las respiraciones como una sola, abrochándonos y metiendo brazos por mangas. Comprendimos que no era posible encender la luz, que no queríamos vernos así, no estábamos preparados para enfrentarnos a nuestras miradas todavía inflamadas ni al paisaje resultante, no queríamos saber quién estaba a nuestro lado, para que toda esa información no pesase al salir, para que lo sucedido no tuviese consecuencias. Así permanecimos varios minutos, las bocas secas y los músculos aflojados, hasta que alguien se puso en pie, entrevimos su perfil cruzando la habitación, escuchamos sus pasos, lentos y arrastrados para no pisar a nadie, abrió y cerró la puerta de la calle, deprisa, apenas un segundo de luz callejera que no llegó a retratarnos. Tras él fuimos saliendo los demás, a intervalos, respetando turnos no establecidos para no encontrarnos al alcanzar la calle.
Hoy no es sábado, hoy es jueves: solo nos ha fallado ese detalle de calendario para que esta última reunión fuese el cierre perfecto, la distancia que va desde un sábado inicial
a otro final, desde aquí el tiempo se despegaría como un lienzo que al soltarse de su bastidor pierde la tensión y se enrolla sobre sí mismo solapando las imágenes del último
tramo, todavía fresca la pintura, con las del principio ya secas, ajadas. Hoy es jueves, y hace varios sábados que no nos reunimos, pero entonces era una cita semanal; se hizo costumbre en aquellos primeros tiempos de oscuridad imperfecta, de interruptor apagado cada vez un poco antes: cada sábado duraba menos la luz, por impaciencia y porque necesitábamos beber y fumar menos, la desinhibición era un regalo de la oscuridad. Durante la semana seguíamos usando el local, ya no nos evitábamos aunque a nadie se le ocurría apagar la luz un martes o un miércoles mientras compartía la sala de arriba con otros que trabajaban o estudiaban: nos reservábamos para la noche del sábado, donde nos reuníamos como antes y durante un par de horas éramos los de siempre, hundidos en los sofás o sentados en la alfombra, la misma música, humo y risas, hasta que sin necesidad de hablarlo, con un entendimiento natural basado en la observación de nuestros ojos vidriosos, la desgana en prolongar la conversación, las carcajadas más fáciles, alguien se levantaba y pulsaba el interruptor. Tal vez eran las pupilas, que iban ganando capacidad de desentrañar la penumbra, pero en aquellos primeros sábados aún nos reconocíamos, nos bastaba el perfil sombrío para adivinar de quién se trataba, y en los cruces todavía había preferencias y rechazos, se formaban emparejamientos que no siempre se intercambiaban, algunos se reunían por descarte, se produjo algún desencuentro, hubo quien decidió retirarse antes de apagar la luz y quien prefería quedarse en un rincón, escuchando el roce de los demás. Esa mínima visibilidad, esa posibilidad de reconocimiento, hizo que con el paso de las semanas el arrojo del principio se debilitase: ya no nos lanzábamos todos sobre todos nada más quedarnos a oscuras, y aunque la mayoría buscaba y era buscada, la proximidad de los otros se fue volviendo incómoda desde el momento en que no todos participaban: la mínima penumbra bastaba para entrever a los espectadores, y quienes follaban en la alfombra o en un sofá se sentían observados, como si ellos fuesen los únicos a oscuras y el resto mirase tras un espejo trucado. La falta de luz dejaba de ser una protección para mostrarnos aún más desnudos, sin saber si el de enfrente reconocía, con sus pupilas expandidas, los movimientos de tus manos, la mueca desencajada de tu rostro. Y sin embargo, pese a perder ese ímpetu seguíamos buscando la oscuridad, y cada sábado
apagábamos un poco antes, hasta en alguna ocasión pulsar el interruptor al poco de llegar para pasar así la velada entera, beber, fumar, conversar a media voz o quedar callados, oyendo la música que sonaba diferente sin luz, o a veces sin música, en silencio, adivinando nuestros bultos, contornos sin rostro, los cigarrillos inflamados en la calada. Escuchábamos el tintineo de hielos, la respiración del más cercano, el roce del sillón, el chasquido salival de dos sombras fundidas. Así podíamos pasar tres, cuatro horas, sintiendo el alcohol y el hachís de otra manera, el espacio dilatado, el edificio mecido como una cápsula que se hunde en el mar, las brasas que dejaban en el aire una estela ralentizada, el ruido de la calle filtrado por la gelatina que nos envolvía, el techo elevado varios metros o nosotros más hundidos en el sofá, en el suelo, en la corteza terrestre. Nadie se movía, lo mínimo para aproximar el vaso a los labios, para recibir el cigarro compartido, y los que persistían en aprovechar todo minuto de oscuridad para encontrarse, se besaban y acariciaban con cuidado de no alterar el instante, de no romper esa continuidad que como una cadena nos mantenía unidos, una corriente de energía que hacía rotar la sala y nos iba centripetando hasta amalgamarnos, y entonces sí, cuando la noche alcanzaba esa temperatura, la cadena se tensaba y nos arrastraba de nuevo hacia el fondo. Quién propuso construir una habitación oscura. Qué más da, cualquiera de nosotros, todos. Lo único cierto es que así la llamamos desde aquella noche en que alguien preguntó: por qué no construimos una habitación oscura. La frase surgió de uno de los bultos sin rostro que daban vueltas en la noria de un sábado cualquiera. Seguramente si hoy preguntásemos quién fue, varios nos atribuiríamos la responsabilidad, y no por presumir de una paternidad que la habitación oscura no necesitaba, sino porque con sinceridad creeremos, tantos años después, que fuimos nosotros los que aquel sábado susurramos: por qué no construimos una habitación oscura. La frase quedó suspendida en la tiniebla, como si la sostuviésemos entre todos al abrir la boca para sumar otras voces que no la dejaban caer, globo manoteado para no tocar el suelo. Hablamos todos a la vez, repetimos la propuesta, coincidimos en señalar el cuarto de abajo, el trastero, como emplazamiento ideal; discutimos las necesidades materiales, subrayamos la exigencia de un cegamiento total, añadimos la importancia del silencio, ideamos la solución de las dos cortinas, sugerimos diferentes usos, tantas posibilidades se abrían en una habitación oscura: hablamos de relajación, aislamiento, concentración, soledad, experimento, meditación, descanso, desaparición, comunidad, percepción, y podríamos haber prolongado la lista de usos sin nombrar el que, reconozcámoslo, la mayoría tenía en mente entonces, la función principal para la habitación oscura en sus primeros tiempos, la que motivó su creación y provocó todo lo que vino después, como si un pudor residual nos impidiese pronunciarla. Un pudor sin sentido, pues pocos minutos después, llevados por la excitación de la propuesta y del acuerdo, cerrábamos los ojos para reforzar la oscuridad y sentir que ya estábamos en una habitación que no tardamos en preparar: esta de la que hoy nos despedimos y que desde aquella primera tarde en que sacamos los trastos, clavamos las planchas en las paredes, cegamos el ventanuco, colgamos las cortinas y extendimos las alfombras, se convirtió en una cita semanal, el momento esperado durante días hasta que llegaba el sábado y nos reuníamos, y esa era la noche de la habitación oscura. Hoy nos daría risa recordarlo, si alguien rompiese ahora el silencio para decir: os acordáis de cuando llamábamos a la noche del sábado así, la noche de la habitación oscura. Nos daría esa risa entre nostálgica y avergonzada con la que recordamos la ingenuidad de aquellos años, como si fuésemos un club secreto, una
hermandad con contraseña y reglamento que una vez a la semana, la noche de la habitación oscura, se reunía arriba y esperaba, ya sin la impaciencia del interruptor apagado porque la habitación estaba ahí, latente al final del sábado, no hacía falta anunciarla ni fijar una hora de comienzo, la noche se inclinaba y nos deslizaba hasta ella. Algunos iban entrando por su cuenta, del mismo modo en que hoy hemos llegado. Uno desaparecía del grupo y nadie preguntaba por él, otro se sentaba en el primer escalón y cuando volvíamos amirar ya no estaba, había quien sin más se levantaba y echaba a andar escalera abajo, hasta que quedábamos pocos y entonces nos mirábamos, apurábamos las copas, apagábamos los cigarros, nos incorporábamos y descendíamos en fila como si hubiésemos oído un timbre que nos reclamase, abandonábamos los zapatos en la penumbra del pasillo y entrábamos. En esas primeras ocasiones todavía pesaba cierta indecisión, como si el tránsito visible de la escalera y el pasillo nos encogiese frente a la facilidad del interruptor apagado sin avisar, y algunos sábados nos entorpecía al acercarse el momento de entrar: nos mantenía en la planta de arriba más tiempo, la conversación cesaba de pronto y coincidía con el final del disco, revisábamos unos segundos el fondo de los vasos, cruzábamo smiradas, una sonrisa nerviosa, hasta que por fin alguien se ponía en pie como si dijera: venga, vamos, no perdamos más tiempo. Todos reíamos para espantar esa sombra de timidez, nos levantábamos y bajábamos en tropel, se nos contagiaba la risa al perder el equilibrio en el forcejeo con los zapatos, nos cedíamos el paso con gestos cortesanos al abrir la primera cortina, y todavía dentro, ya desaparecidos, burbujeaba alguna risa como un residuo pegado a la ropa que en seguida se agotaba. En aquellas primeras veces había un arranque violento: sin que nadie diese una señal de comienzo nos arrojábamos unos sobre otros, ahora ya invisibles del todo perdíamos los restos de prudencia que quedaban cuando estábamos en la planta de arriba y todavía nos distinguíamos en la penumbra. Aquí no éramos nadie, desaparecíamos, y eso nos hacía audaces, así que chocábamos, forcejeábamos sin saber bien qué pretendíamos, si tumbar al otro o mantenernos en pie, manoteábamos para reconocer las partes del cuerpo, tomábamos
la primera cabeza que encontrábamos y le clavábamos la lengua, la suavidad o aspereza de la piel alrededor de los labios identificaba si era un hombre o una mujer y podía ocurrir que una boca se separase espantada al descubrir que la boca mordida no se correspondía con su deseo; masajeábamos pechos apretando demasiado, metíamos las manos bajo la ropa con movimientos acelerados, como si la propia oscuridad nos precipitase, como si la negrura fuese un préstamo, provisional como aquel primer apagón o como las veces en que pulsábamos el interruptor y temíamos que alguien hiciese la broma de encender la luz en plena contienda. Ahora ya no había posibilidad de luz, ni bombilla en el techo, pero nos apresurábamos como si todo fuese un fugaz
momento de transgresión que había que exprimir, un vacío legal que en cualquier instante concluiría. En aquellos primeros encuentros nos hacíamos daño, caíamos al suelo y nos clavábamos la rodilla de quien ya estaba tumbado, nos pisábamos, rodábamos hasta quedar trabados, hinchábamos a propósito el tumulto, parecíamos necesitar esa brusquedad, esa energía que con los años fuimos agotando y que seguramente la memoria exagera, pero nosotros lo recordamos así: una mezcla de todos los cuerpos en uno solo monstruoso que se masturbaba con varios brazos y se lamía a sí mismo, un solo cuerpo extenso y tentacular que desplazaba todos sus brazos y piernas arrastrándose como un insecto gigante hacia el fondo de la habitación y al llegar a la pared rebotaba para recorrer el suelo hasta el otro extremo en un rodar de huesos encajados. La memoria puede agrandarlo todo, pero nosotros lo recordamos así. Hoy no tenemos ya la fuerza necesaria para convertirnos como entonces en un único organismo desordenado y furioso que se estremecía en espasmos simultáneos hasta que se desmembraba en huesos y carne por todas partes, mandíbulas cansadas, dedos que aflojaban la pinza sobre pedazos de músculo que se alejaban en lo oscuro como arrastrados por la resaca, y de pronto la estancia se ensanchaba, se volvía enorme, esparcidos todos por el suelo, el amanecer tras la batalla que deja el campo espolvoreado de miembros arrancados, así nosotros en lo oscuro: fragmentados, respirando al unísono, cada brazo buscaba su par para reconstruir el cuerpo desmontado, rodaban las cabezas hasta encontrar un tronco a medida en el que encajar, nos desperezábamos despacio dando tiempo a la sangre a volver a sus vasos, hasta que la turbación que siempre sigue a la excitación, el momento en que el arrojo de un segundo antes se vuelve azoramiento y suciedad, nos recomponía de golpe en nuestras formas originales, el silencio dejaba oír las manos que rastreaban el suelo buscando una prenda con que cubrirse, como si pudiese volver la luz y nos fuese a descubrir ante los demás flácidos y pringosos, con expresión todavía lasciva; y solo al salir, deslumbrados
por la parca luz que bajaba por la escalera, nos mirábamos un instante y, payasos de ropa prestada, con pantalones que no abrochaban y mangas que ocultaban las manos,
reíamos con ganas para espantar esemomento turbio donde revoloteaba algo parecido al arrepentimiento. Así eran las primeras veces, así fue durante meses, sábado tras
sábado, hasta que aprendimos a manejar el tiempo como un agente más, junto a la oscuridad y el silencio, el tercer pilar de la habitación oscura: el tiempo, que aquí tiene
otro espesor, un agujero negro fuera de duración. Aprendimos a manejarlo porque fuimos perdiendo la impaciencia, conquistamos una lentitud mucho más placentera.
Con el paso de las semanas ya apenas necesitábamos beber y fumar, ni había que esperar a que acabase el disco y pesase el silencio: la habitación oscura nos llamaba pero ya no exigía ebriedad ni disimulo, y tampoco salíamos de ella apresurados para recolocarnos la ropa y huir sin despedirnos, sino cada uno a su ritmo, cuando le apetecía. A menudo subías, tomabas una copa o compartías un cigarro con los que ya estaban fuera, o con quienes no habían querido entrar, y regresabas abajo pasados unos
minutos, volvías a cruzar las cortinas para un segundo asalto. A veces una mano se arrastraba por la alfombra hasta un lateral y encontraba un pie, una pierna extendida,
un cuerpo recostado en la pared que no respondía a la caricia, alguien que había elegido apartarse, y el recién llegado respetaba su retiro y se sentaba a su lado, separado,
quedaban ambos en silencio, tranquilizando la respiración para escuchar a los demás. Aprendimos a ser lentos, a contenernos, a parar a tiempo y marcar otros ritmos, aunque de vez en cuando, sin necesidad de hablar para ponernos de acuerdo, con ese entendimiento instintivo que siempre ha operado aquí, nos vencía la nostalgia de
las primeras veces y coordinados en nuestro deseo buscábamos de pronto revivir aquel torbellino, y otra vez nos arrojábamos unos sobre otros y acelerábamos la rotación
de la habitación oscura, felices de recuperar aquel amasijo de carne, huesos y dientes que acabaría esparcido por el suelo.

Sin que nadie lo estableciese, con el mismo consenso intuitivo con que hemos funcionado estos años, el mismo que hoy nos ha traído aquí sin que nadie nos  convocase, acabamos aceptando un protocolo en la habitación oscura, una forma de actuar que ahorraba rechazos y malentendidos pues permitía mostrar tus intenciones sin romper el silencio. Si venías buscando un encuentro, te adelantabas hacia el centro nada más cruzar la segunda cortina, con los brazos extendidos de ciego hasta encontrar
a alguien que hubiese tomado la misma decisión que tú. Si por el contrario preferías estar a solas, te dirigías hacia la derecha, sin perder el contacto con la pared, y cuando topabas con una estatua sentada la esquivabas, no la tocabas más allá del roce fortuito, la rodeabas y seguías tu camino para buscar tu propio espacio, como hemos hecho hoy al llegar. Así de sencillo, solo había que elegir el lateral o el centro. Lo hicimos pensando en los días entre semana, y en quienes no se sentían cómodos en el tropel del sábado pero también querían usar la habitación oscura para otros fines. Las primeras semanas no tuvo todavía mucho uso entre semana, aunque nos asomábamos con curiosidad: podía ser que uno viniese al local para estudiar y le costara concentrarse porque percibía la habitación tan próxima, palpitante como un zumbido que le obligaba a levantarse, bajar la escalera y asomarse, solo asomarse, recibir en la cara la oscuridad. O que otro pasase cerca del local, de vuelta a casa tras el trabajo, y no pudiese evitar entrar, descender, quitarse los zapatos y cruzar las cortinas, dar unos pasos y quedar con la espalda en la pared, tan solo un minuto, suficiente para llevarse el recuerdo de ese aire tibio. Con el paso del tiempo fue aumentando el tráfico de entradas y salidas. Podías estar trabajando en el local, y al levantar la vista del teclado veías aparecer a alguien que subía la escalera, no sabías que estaba dentro, y surgía como quien regresa desde muy lejos y de mucho tiempo. Para quienes elegíamos avanzar hacia el centro, los días entre semana eran pura incertidumbre, y ese era otro de los atractivos de la habitación oscura, sobre todo desde que pusimos las cajas en el pasillo, cada una etiquetada con un nombre para ocultar los zapatos y así no identificar a quienes estaban ya dentro. Acudir un martes por la tarde o un jueves por la noche era siempre una sorpresa, no como los sábados en que sabíamos que estábamos todos. Entre semana podía estar cualquiera, uno, varios, una multitud imprevista; o no haber nadie, deambular durante minutos por la estancia con los brazos estirados sin saber con certeza si estabas solo o había alguien más como tú, también merodeando con las manos al frente, cruzándoos en la oscuridad sin rozaros, dudando de si escuchabas pasos arrastrados o eran el eco de los tuyos, y te pensabas a ti mismo como si alguien pudiese verte con unas gafas de visión nocturna o fuese a encender una luz de repente y ahí estarías tú, girando a remolque de tu deseo, a solas, o quizás con alguien más, como dos payasos ciegos que se persiguen sin saberlo, que se esquivan sin querer, se cruzan a
centímetros, uno se agacha a buscar en el suelo y el otro pasa los brazos sobre su cabeza, uno se gira de golpe justo antes de colisionar.

Imposible contar la historia de nuestras vidas en los últimos quince años sin hablar de la habitación oscura. Cuántas horas hemos pasado aquí dentro. Si cada uno echase cuentas y sumase todas esas horas, de sábado, de martes por la tarde, de jueves por la mañana, de visitas fugaces o de noches enteras, de semanas sin entrar y otras en que acudimos a diario, si las sumásemos veríamos el álbum de nuestra vida entreverado de páginas en negro. A qué habríamos dedicado todas esas horas de no existir la habitación oscura, con qué habríamos llenado el hueco que parecía colmar cuando en realidad lo agrandaba más, sobre todo en aquellos primeros tiempos en que su fuerza gravitatoria era irresistible, un hechizo que nos acompañaba el resto del día, que dirigía nuestros pasos a la salida de clase o del trabajo cuando de camino a casa desviábamos el itinerario y acabábamos aquí. Entonces la habitación oscura era todavía inquietante, no la vivíamos con la familiaridad que acabaríamos alcanzando, había todavía algo amenazante en ella, convocaba temores antiguos, la oscuridad donde puede haber alguien con quien no contabas, donde algo te roza la cara y no sabes si es un insecto o unos dedos, donde chocar con un obstáculo imprevisto o caer por una grieta al adelantar un pie. Entonces, cuando la habitación oscura nos atraía con aquella potencia, podía suceder que, sin esperarlo por tratarse de un miércoles por la tarde o una mañana de viernes, la casualidad convirtiese el centro de la habitación oscura en agitación, no tan concurrida como los sábados pero sí lo suficiente para que al cruzar la segunda cortina notases el calor y escuchases el ajetreo, tanto que bastasen unos pasos en cualquier dirección para encontrar un amasijo al que incorporarte. No era extraña esa coincidencia de voluntades a deshoras, pues con el paso de los meses cada vez hubo más deserciones en la cita de los sábados y, a cambio, más frecuencia en las visitas entre semana. Algunos desertaron porque, tras la ofuscación de los primeros encuentros, fueron sintiéndose cada vez más incómodos, no conseguían diferenciar
las dos dimensiones de su vida, el interior y el exterior, la oscuridad y la luz, no soportaban mantener una conversación anodina con quien tal vez les había masturbado
con destreza o cuyo sexo podía haber estado en su boca y actuar como si no hubiera sucedido, como si fuesen otros los que rodaron por la alfombra. Cuando eso ocurría, preferían acudir entre semana, en días en que la incertidumbre era absoluta y la soledad posible. En otros casos desertaron porque se emparejaron y, tanto si la pareja era del grupo como si era ajena, la habitación oscura se acababa convirtiendo en un conflicto, un paréntesis que se agrietaba y contaminaba la vida toda con su peaje de celos, miedo y asco. Se retiraban de los sábados, dejaban de acudir o, si lo hacían, se quedaban arriba, bebiendo y oyendo música, nos veían bajar las escaleras con algo de envidia, nos veían regresar despeinados y sedientos. Pero además cada vez éramos más los que en algún momento de la semana escogíamos el lateral derecho, cruzar las cortinas y deslizarte siguiendo la pared tantos pasos como quisieses alejarte de la puerta, para estar a solas. Qué lejos aquellos tiempos, qué queda de esa ingenuidad
y de esa fuerza en estos que hoy oímos nuestras respiraciones más fatigosas, menos limpias que entonces. Queremos pensar que la conexión que siempre alcanzamos
aquí dentro vuelve a funcionar ahora, que el cable nos une de nuevo y estamos pensando todos lo mismo, dedicamos estos minutos de espera a un recuerdo acompañado, a elaborar una memoria compartida como un montoncito de piedras al que cada uno arroja la suya. No nos extrañaría escuchar en cualquier momento un suspiro, con el que subrayar la nostalgia: sí, la nostalgia de aquellos que fuimos y que un día inventaron esta habitación oscura, y lo lejos que están: son otros, en esa memoria común que ahora resplandece sobre nosotros como una imagen proyectada en la pared se nos ve felices, despreocupados o dominados por otras preocupaciones que hoy nos parecen ridículas. Si tuviésemos que resumir aquellos primeros años en un instante, todos mencionaríamos el mismo: la risa, el día de la risa. No es probable que todos estuviésemos aquel día, no era sábado, pero si ahora preguntásemos quién recuerda el día de la risa, todos responderíamos, todos creemos haber estado, todos recordamos aquella risa, o quizás hubo varias risas, varios días de la risa y cada uno tuvo su oportunidad. La risa: estaba ya ahí al entrar, te golpeó nada más cruzar la segunda cortina, una risa apenas reprimida, una carcajada empujando tras los dientes por salir y que si no estallaba era por respeto al silencio que siempre ha sido norma. La
risa: pensaste si no serías tú el objeto de la misma, como si alguien pudiera verte en lo oscuro y te hubiese sorprendido al emerger del cortinaje con esa expresión en el rostro
que ninguno veríamos nunca: los ojos abiertos pero inútiles, la mirada extraviada, una sonrisa boba de presentación. La risa: te detuviste, con la tela todavía agarrada en el puño, sin atreverte a dar otro paso, y escuchaste con atención esa risa que no sabías situar, estaba ahí pero no podías decir dónde. Al principio ni siquiera pensaste en una risa, era más una queja, un gruñido, por efecto de la contención, de los labios apretados para no dejarla salir. La risa: tras unos segundos no quedó duda, una ráfaga escapó entre los dientes y detonó seca, violenta, encontrando eco en el espacio vacío. Le siguió un silencio de varios segundos antes de la segunda descarga que ya parecía no iba a cesar nunca, creciente, cada vez más pronunciada, cada vez más risa. No eran posibles ya la contención y el disimulo, quien fuese reía libre, con la boca abierta, sin tapársela con las manos ni apretar las mandíbulas, y su risa rebotó por toda la habitación oscura y creció hasta el techo; multiplicada en los paneles acústicos ya no era una sola  garganta, era un coro estruendoso, dudaste de si era un efecto sonoro o en verdad varias voces, hasta que creíste reconocer distintos tonos, carcajadas superpuestas
que no podían salir de un mismo pecho. La risa: tu propia risa, unida al coro, salió de tu boca espontánea, contagiada, empezaste a reír tú también sin motivo, o con el único motivo de unirte a aquel jolgorio, y durante un par de minutos todos reísteis, todos reímos, no sabemos de cuántos estaba formado ese todos, podíamos ser dos o tres intercambiando risotadas, o una multitud divertida y entregada a una sola risa de la que ya no importaba origen ni motivo. Pasados dos minutos, el escándalo fue apagándose, las carcajadas se espaciaban, hasta que alcanzamos un silencio frágil, quebrado cada
pocos segundos por un chiflido de labios apretados que nos convocaba a reanudar la fiesta, aunque esta vez, como si alguien hubiese impuesto orden, acatamos el silencio
tapándonos la boca y mordiendo con fuerza, hasta que los últimos bufidos se apagaron como un animal que agoniza, y volvimos a recuperar el silencio, un silencio extraño,
de aire sacudido, revuelto, como si quedasen suspendidas las carcajadas de un momento antes, esas carcajadas que ahora volvemos a escuchar sin que nadie las pronuncie, la memoria entrando por el oído y sacudiendo las membranas, los huesecillos, trepando por el nervio hasta el cerebro donde reventar en forma de risa, aquella risa.

La habitación oscura

La habitación oscura

Isaac Rosa

ISBN: 978843221572

Editorial: Seix barral

Nº de páginas: 300

Año de edición: 2013

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