Estoy mucho mejor.

A David Foenkinos se le conoce sobre todo por “La delicadeza” que en 2011 se llevó al cine y “Los recuerdos”, ambos editados por Seix Barral, al igual que su última novela, “ESTOY MUCHO MEJOR”, que saldrá a la venta en septiembre y que para ir abriendo boca, les dejamos aquí los primeros capítulos…

1

Vivía en un hotel de dos estrellas, aunque a mi juicio la segunda estrella la habían conseguido de milagro, y mi porvenir seguía siendo incierto. Mi espalda insistía en su comportamiento caprichoso; no conseguía liberarme del todo de las ideas negras. Tenía ganas de volver a someterme a una resonancia magnética, tenía como la intuición
de que esta vez me iban a descubrir el tumor que me corroía por dentro. Pero al rato me serenaba. Reconsideraba los elementos de que disponía, uno a uno, tratando de
razonar con lógica. Me habían llevado a pensar que mi dolor era de origen psicológico. Mi madre había dicho (por una vez le había oído algo inteligente): «Te guardas demasiado las cosas. Deberías ir a ver a todas las personas con las que has tenido problemas y solucionarlos de una vez para siempre…» Tenía razón.Mi dolor de espalda
debía de ser la suma de todos los nudos que nunca había desatado. Por supuesto, estaba el núcleo de mi vida: mi mujer, mis hijos, mis padres y mi trabajo. Pero quizá había desdeñado la multitud de puntos de tensión que habían marcado mi recorrido. Debía hacer una lista de todos los conflictos que había vivido, de todo lo que me había contrariado, frustrado y bloqueado. Pensando sobre todo en lo que no pareciera decisivo. La solución se encontraba tal vez en lo más ínfimo.
Al azar de la memoria recordé entonces multitud de detalles:

Una acusación infundada de robo de un libro
en la mediateca de Perpiñán.
*
No haber sido invitado
al octavo cumpleaños de Sophie Castelot.
*
La nota de inglés terriblemente injusta que me pusieron
en sexto, porque perdí una hoja del examen.
*
El asesinato de John Lennon (la frustración total
de no saber nunca lo que habría compuesto después
de 1980).
*
Un corte de pelo horriblemente fallido en 1995.
*
No ser nunca capaz de criticar una película
cuando todo el mundo la ensalza.
*
Mi injusta derrota en la primera manga del torneo
de ping-pong del Club de Vacaciones Eldorado en
Turquía en 1984.
*
La aceptación pasiva
de una factura astronómica en el taller.
*
La agonía de Albert, el hámster de mi infancia,
muerto ante mis ojos en 1979.
*
La caída de la bicicleta de mi hijo
el día que le quité los ruedines.
*
Haber embestido a un coche parado
y marcharme sin dejar una nota.
*
La imposibilidad de encontrar una entrada para
el concierto de Miles Davis en La Villette el 10 de julio
de 1991.
*
No haberle dicho a Claude Jade, con la que me crucé
en la rue de la Gaieté, en marzo de 1987, lo mucho
que la admiraba.*
*
Etcétera.

Y aún podría continuar la lista de las heridas anodinas… ¿Docenas de pequeñas contrariedades formaban quizá un mal? Nuestro dolor podría ser la suma de las naderías en las que hemos fracasado. Si arreglaba todo eso, ya no me dolería la espalda. Para algunos de esos anhelos ya era demasiado tarde; pero, para otros, todo era posible todavía. Nuestras frustraciones no prescriben. Pensamos que es demasiado tarde, pero no: nada nos impide ir a ver a alguien diez o veinte años más tarde para proseguir una
conversación mal terminada. Por ejemplo, lo del corte de pelo. No podía olvidar con qué negligencia me pusieron en manos de un aprendiz que me hizo un destrozo. Ese día
me transformé en cobaya. Después del drama, me quedé inmóvil ante el espejo. Me voy a pasar el verano escondiéndome, pensé. Anticipando mi reacción, todos los peluqueros del establecimiento se acercaron. Con asombrosa mala fe ensalzaron el genio creativo del aprendiz. Nadie reconoció que yo había sido víctima de una Hiroshima de la tijera. Todavía veo sus sonrisas solidarias. Pero en ese recuerdo lo que odio por encima de todo es mi propia reacción. Yo también me puse a sonreír. Pensar en ello aúnme produce escalofríos. ¿Y simi dolor de espalda hubiera nacido ahí, en ese momento? Me marché sin decir nada, educadamente, después de pagar la cuenta. Desde entonces nunca pude volver al peluquero sin pensar en el fracaso de 1995. Cada vez que tenía que cortarme el pelo, ocurría lomismo: una gran tensión se iba apoderando de todo mi cuerpo. Sobre todo me daba rabia no haber dicho nada. Esa vez, como tantas otras, me guardé muchas palabras, demasiadas. ¿Por pudor? ¿Por timidez? Para que no duela la espalda, hay que evitar guardarse las cosas dentro. Pues bien, más de quince años después, iba a volver a esa peluquería a dejar que estallara mi rabia. Sin duda ésa era la solución.

En mi lista estaba también el hecho de ser incapaz de criticar una película que todo el mundo alababa. ¿Por cobardía? No lo creía. Siempre había estadomuymal armado
para afrontar la vida social.Mi espalda pagaba también por esa incapacidad. Quería hablar mal por fin de todas esas películas. Si confesaba haber detestado Magnolia, Gomorra o Melancolía, ¿tal vez me encontrara mejor?*(Dicho sea de paso, me doy cuenta de que las películas que no me gustaban solían terminar por «a».)
Tendría que desahogarme durante horas para decir todo lo que pienso, sin la menor contención. Mi cuerpo expulsaría así centenares de opiniones reprimidas, en una
suerte de exaltación jubilosa de la verdad. La cortesía me corroía, me extenuaba. Ya no soportaba vivir así, transigiendo siempre con mi conciencia, esforzándome por no
armar escándalo, por no dar la nota. Abrirme y contarles mi malestar a mis padres me había sentado bien. Bueno,  o eso creía por lo menos. Ya no estaba tan seguro. Te liberas en el momento. Es un alivio pasajero. Pero ¿acaso dura? ¿No es preferible vivir tranquilamente sin expresar tus opiniones? En el fondo, la mentira social protege de
las tensiones y los desacuerdos, y a mí eso me convenía. No soportaba los conflictos. Desde siempre, limar asperezas había sido la consigna de mi neurosis. Por lo que la verdad sin cortapisas tal vez fuera una falsa pista.

Mi razonamiento estaba en un callejón sin salida, bloqueado por opiniones contradictorias. Quizá fuera ésa la causa de mi mal: una batalla insensata e incesante que se libraba en el interior de mi cuerpo. Yo era el escenario de la indecisión contemporánea. Estábamos perdidos en todos los ámbitos, éramos incapaces de definirnos. Estaba seguro de que ninguna otra época había producido jamás tantas enfermedades psicosomáticas. Recordaba lo que había dicho aquella farmacéutica: «El dolor de espalda está de moda.» Hasta en mi sufrimiento yo no era nada original. Eso era pues nuestramodernidad. Sufríamos por no saber muy bien qué hacer y qué pensar. Ya no nos animaban grandes ideales. La política se había convertido en el servicio de comunicación de los movimientos bursátiles, y en Europa no se perfilaba ninguna guerra. Entonces, ¿para qué luchar? Nuestra época estaba vacía de todo compromiso. Estaba seguro de que ni a Sartre ni a Camus les había dolido nunca la espalda.

Al releer de nuevo mi lista me detuve en el nombre de Sophie Castelot. Hacía años que no había vuelto a pensar en ella, pero lo curioso era que su nombre había surgido nada
más enunciar mis frustraciones. Inmediatamente exfiltrada de mi inconsciente, se había presentado a mi memoria con la sonrisa inmortal que lucía a los ocho años. Ahí había un trauma. Eso era un trauma. Uno de verdad. Había vivido un drama con Sophie Castelot. Su nombre mismo era la evocación de un terremoto personal. Supuso un golpe dolorosísimo para mí enterarme de que no me había invitado a su cumpleaños. Sophie iba a cumplir ocho años, y los cumpliría sin mí. Lo peor era que sí había invitado a Rodolphe Boulmi. Atroz herida de tercero de primaria. Quizá todo empezara ahí. Había que remontarse al origen de todas las flaquezas. ¿Cómo era ahora Sophie? A lo mejor estaba casada y tenía un hijo; no, seguramente se habría divorciado. Podría localizarla y preguntarle por qué nome había invitado a su cumpleaños. Necesitaba una respuesta. Por aquel entonces, siendo como era ya tan dócil con respecto a las decisiones de los demás, no dije nada. Fingí que no me importaba, y más tarde lloré en mi habitación.

Me había apetecido hacer una lista de todos esos acontecimientos para elegir al representante de mis frustraciones. No era mi intención arreglarlo todo, elegiría un solo acto que llevar a cabo; el que simbolizara la cicatrización de todos esos arañazos del pasado. Lo había intentado todo, incluso la magnetoterapia, de modo que esa idea no me parecía más descabellada que las demás. De mi lista, la opción Sophie Castelot era la más obvia. La intuición me había guiado hacia ella. Ahora que volvía a pensar en ello, la herida que me había provocado esa historia había sido mi primera gran herida de amor propio. El dolor de espalda quizá sea la consecuencia tardía de nuestra primera
pena de amores. En cualquier caso, una cosa era segura: Sophie iba a tener que darme una explicación. ¿Por qué no me había invitado a su cumpleaños?

2

Intensidad del dolor: 3.
Estado de ánimo: medio combativo, medio nostálgico.

3

A veces uno querría llevar a cabo grandes investigaciones a la antigua. Contratar a un detective, tomarse por Antoine Doinel en Besos robados o qué sé yo. Pero qué triste época la nuestra: somos muy fáciles de encontrar. Es desesperadamente fácil contactar con nosotros. Sophie Castelot estaba ahí, al alcance de mis dedos. En pocos segundos
descubrí su perfil en Internet, y hasta podía enviarle unmensaje. Había conocido a esa niña en una época en la que la palabra «ordenador» evocaba el control de una gran máquina conectada a un cohete, con astronautas dentro para ir a ver a los extraterrestres. Y, a fin de cuentas, todo eso más que nada había servido para conectar
a los hombres entre sí. Conectarlos de la manera más rápida, inmediata y total, como nunca antes en la historia de la humanidad. Estábamos todos muy cerca unos de otros, pero por lo general de manera virtual. Ello cambiaba sobre todo lo que pensábamos de la soledad; podíamos creer que no estábamos solos, cuando en realidad seguíamos
estándolo; simplemente nos llevaba un poco más de tiempo reconocerlo. Nos acurrucábamos un tiempo en la ilusión de compartir realmente el mundo.

Di con ella tan rápido que nome dio tiempo a pensar en lo que podía decirle. ¿Qué se le escribe a una persona después demás de treinta años? Se opta enseguida por la  complicidad, como si el tiempo nunca nos hubiera separado: «¿Qué tal?» O si no, se intenta darle al mensaje un tono medio relajado, medio intrusivo: «¿Qué es de tu vida?» También está la opción insegura: «No sé si te acuerdas de mí…» Al final le mandé un mensaje bastante neutro: «Espero que estés bien, después de todos estos años…» Evitémostrarme afectuoso o sentimental, puesme parecía siempre un poco patético escribir así a una antigua conocida. Quedabamuy en plan hombre depresivo de unos cuarenta años en pleno divorcio que busca retomar contacto con todas lasmujeres
a las que ha conocido en su vida. Remontarse hasta una relación de tercero de primaria agravaba la posibilidad de que mi gesto pudiera darle mala espina.

Aparentemente no fue así pues me contestó ese mismo día, y lo hizo con entusiasmo. Reconoció que ella también había buscado a algunos antiguos amigos en las redes sociales (de paso podía concluir de sus palabras que yo no había formado parte de sus búsquedas). Se extasió sobre el hecho de que hiciera tanto tiempo, era increíble que pudiéramos reencontrarnos así.Me sorprendió bastante el tono de sus mensajes. Para ser sincero, me daba la impresión de que no había cambiado. Al leerlos oía su voz de niña. Esa sensación perduró hasta que le pregunté a qué se dedicaba: «Soy sexóloga.» Sophie Castelot, sexóloga. Sophie Castelot, esa niña a la que amé a los ocho años y que
nome invitó a su cumpleaños, se había hecho sexóloga.Me quedé unos minutos desconcertado. De pronto mi gesto me pareció ridículo. Evocarle una herida en mi amor propio (no me invitó a su cumpleaños) a una mujer que lidiaba con el mundo anárquico de los orgasmos. En el fondo era bastante simbólico demuchas cosas en mi vida.

Quedamos en almorzar juntos al día siguiente. Hacíamucho tiempo que no tenía una cita con una mujer, una desconocida casi.Me pasé una hora entera en el baño (lo cual
era una verdadera proeza considerando lo exiguo del lugar), peinándome, despeinándome y peinándome otra vez. Era sobre todo su profesión lo que me angustiaba. Nunca me había codeado con ningún sexólogo. Me impresionaba la cantidad de cosas que debía de saber. Me había pasado la vida en una honesta monogamia, saliéndome bastante poco del terreno clásico de la sexualidad.
Habría como un mundo entre nosotros. De pronto pensé que seguramente sabría de dolores de espalda. Después de todo, Freud decía que «todo es sexo».Mi mal era de naturaleza sexual, estaba seguro. Pero me había equivocado al ir a ver a una prostituta; lo que yo necesitaba no era tanto una relación erótica como un análisis que me permitiera sacar a la luz todo lo queme bloqueaba. Padecía una patología medio psicológica, medio sexual. Así es la vida; esa cita no tenía nada que ver con el azar. El deseo de solucionar un trauma de la infancia había sido una exhortación de mi inconsciente para que contactara con la persona que había de salvarme. Amenudo uno comprende las verdaderas razones de sus actos a posteriori. Los guía ese famoso sexto sentido. Después de haber probado tantas pistas para curarme, era ese sentido el que tenía que explorar. Mi curación, de manera muy incierta, se basaría entonces en aquello de lo que peor dotado estaba yo: la intuición. En su perfil de Facebook, Sophie Castelot no había puesto ninguna foto suya. Por lo general eso era más bien mala señal. ¿Encontraría en su rostro lo que tanto me había gustado de niño? Ya me había pasado toparme por la calle con personas del pasado; todas las veces había sido catastrófico. Al verlas, tenía que reconocer que yo también había envejecido, es en el rostro de los demás donde podemos leer el propio. ¿Qué leería en el de Sophie? Me daba miedo nuestra edad. Durante un instante quise dar marcha atrás. Se suele hablar del miedo al futuro, pero el pasado me parecía aún más aterrador. Iba a tener una visión de lo que ya no existía, de lo que ya nunca podría existir. Tenía que dejar de pensar y limitarme a vivir ese momento. Y también tenía que evitar hablarle de mi espalda. Había sido una estupidez considerar esa cita desde esa perspectiva. No era una sexóloga a quien iba a ver, sino a la versión adulta de una niña.

Llegó diez minutos tarde.* (¿O es que yo llegué diez minutos antes?)La reconocí inmediatamente. Era pasmoso. Al verla, nos vi a los dos con ocho años. Ella en cambio barrió el restaurante con la mirada, señal de que la evidencia no era recíproca. Tuve que hacerle un pequeño gesto, y sólo entonces se dirigió a mí con una gran sonrisa. Nos dimos dos besos como viejos amigos. Demanera espontánea, nos pusimos a hablar. Exactamente como en los mensajes escritos, las palabras fluían con sencillez. Sophie Castelot tenía un sentido innato de la conversación. Con ella no había nunca ningún silencio. Lo cual me incomodaba: siempre me ha costado mucho hablar ymirar a unamujer almismo tiempo. Y me apetecía mirarla, de verdad.Me apetecía mirarla  fijamente, observar los detalles de su feminidad. Mi análisis de la ausencia de foto en su perfil había sido totalmente erróneo. Sophie era guapa. Tanto que no podía por menos que preguntarme por qué había pasado treinta años sin verla. Me dejé encandilar un buen rato, antes de que la realidad me atrapara de nuevo: volví a pensar en el motivo de
nuestro reencuentro. Nome había invitado a su cumpleaños. Era ella la que me había excluido de su vida. Cuando dos personas se pierden de vista, una de las dos es siempre
más responsable que la otra.

 

Debía tener cuidado porque la cosa podía volver a empezar. Era típico de ella encandilarte para luego no invitarte a su cumpleaños. Entonces dijo:
—Tiene gracia que nos hayamos reencontrado. El sábado por la noche doy una gran fiesta por mi cumpleaños. Estaría bien que vinieras.
—…
—¿Estás aquí el sábado?
—Pues… No…, no, por desgracia el sábado no estoy aquí… Me voy a Estados Unidos con mi hija…

Entonces se puso a hablar de su hijo. Era hijo único, y eso la entristecía. Le hubiera gustado tener otro. Pero bueno, se había divorciado, y por el momento no tenía
pareja. Era exactamente lo queme había imaginado de su vida, pensé de paso. Siguió hablándome de su hijo, pero yo no la escuchaba de verdad. Me había quedado en el
acontecimiento de su cumpleaños. Me parecía alucinante. Había buscado a esa chica para curar una herida de infancia, y hete aquí que, sin saberlo, ella misma me proponía,
mediante un increíble capricho de la vida, reparar esa injusticia. Ya no tenía ganas de preguntarle por qué no me había invitado. ¿Quizá lo hiciera cuando nos volviéramos
a ver otra vez? Pues no albergaba ninguna duda al respecto, ese momento marcaba el inicio de una nueva era entre nosotros. Había, pues, que seguir las propias intuiciones,
incluso las más descabelladas. Sophie seguía hablando, sin imaginar siquiera por qué estábamos ahí. La herida estaba curada.
Durante la comida hablamos de temas muy personales. Ocurre amenudo que uno se sincere así, sobre cosas esenciales, con gente a la que conoce poco o no ve a menudo.
Le hablé a grandes rasgos de mi vida, mi trabajo y mi reciente separación.
—Nada de lo que me cuentas me sorprende —me dijo.
—¿Ah, no? ¿Y eso?
—Porque has querido volver a verme.
—¿Y eso qué tiene que ver?
—Estás en unmomento de cambio en tu vida. Entonces vuelves a pensar en el pasado. Es normal.
—No sé…
—Los dos estamos en la misma situación. Tenemos cuarenta años, nos hemos divorciado y no sabemos verdaderamente lo que va a pasar.
—…
Me quedé sin respuesta. Nuestra conversación se volvió entonces más triste, lo cual me sorprendió. Uno suele querer mostrar lo mejor de sí mismo, y quizá más aún con los testigos del pasado. Mostrar hasta qué punto ha sabido encauzar su vida y su destino. Se quiera o no, volver a ver al fantasma del antes supone hacer balance de la persona en la que uno se ha convertido. La repentina intimidad de nuestra conversación nos metió de lleno en otro ambiente, más real, desprovisto de esa superficialidad que debería haber caracterizado nuestro reencuentro. Teníamos muchos puntos en común pero, a fin de cuentas, qué tiene eso de extraño: vivimos todos las mismas vidas.

Superponía su rostro al de su infancia. Me parecía que ahora era más morena, pero no tenía que ver sólo con su cabello. Sus rasgos y demás parecían más propios de un tipo determinado, como si progresivamente se hubiera vuelto española. Su apariencia había viajado. Estaba pensando en eso cuando me dijo:
—No has cambiado nada.
—¿En serio?
—Bueno, sí, has envejecido. Pero sigues teniendo el mismo aire.
—¿Qué aire?
—Es una mezcla rara. Contigo uno nunca llega a saber del todo si estás feliz o  angustiado.
—…
Era la primera vez que oía de manera concreta algo que yo siempre había sentido. Estábamos conectados.
Sophie leía enmí. Pensaba en su rostro, y ellame hablaba del mío. Pensaba en la herida del cumpleaños, y ella me invitaba al suyo. Tenía un gran sentido de la intuición.
Lo cual tampoco me sorprendía tanto. Yo siempre había pensado que la comprensión de una persona pasa por el cuerpo.
—Te encuentro muy perspicaz. Seguramente es porque eres sexóloga.
—Quizá. Al descubrir los problemas de cada uno puedo comprender mejor las personalidades. Y, mira tú por dónde, también me ocurre a la inversa.
—¿Cómo que a la inversa?
—Pues que…, si hablo con alguien más de cinco minutos, puedo saberlo todo sobre su sexualidad.
—¿En serio?
—Sí.
—Y conmigo… ¿También lo has hecho?
—Claro. Veo muy bien qué tipo de paciente serías.
—Pues cuenta, cuenta…
—Ah… Te interesa, ¿eh…? Pues tendrá que ser en otra ocasión, porque ya me tengo que ir, tengo mucha prisa. Me espera un paciente, precisamente.
—…
—Lleva desde 1989 sin tener una erección.
—Qué duro…
Se rió, y eso que no había sido mi intención mostrarme gracioso. Luego se levantó muy deprisa, de la misma manera en que había entrado en el restaurante. A algunas personas no se les dan bien las transiciones, y Sophie era una de ellas. Por poco no se levantó en mitad de la frase.
Al besarme me dijo:
—Me ha gustado volver a verte. De verdad.
—Sí, a mí también…
Una vez a solas, me quedé un rato más en nuestra mesa. Los demás clientes se marcharon del restaurante, y al final tuve que marcharme yo también.

Estoy mucho mejor

Estoy mucho mejor

David Foenkinos

ISBN: 978843222027

Editorial: Seix Barral

Nº de páginas: 288

Año de edición: 2013

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