El efecto del aleteo de una mariposa en Japón.

PRIMERA PARTE

Un viejo buda dijo una vez:

A veces, de pie en la cima de la montaña más alta,
a veces, moviéndose en el fondo del océano más profundo,
a veces, un demonio con tres cabezas y ocho brazos,
a veces, el cuerpo áureo de dieciséis pies de un buda,
a veces, un báculo o un matamoscas*,
a veces, un pilar o una linterna,
a veces, cualquier hijo de vecino*,
a veces, la Tierra entera y el cielo infinito.
DōGEN ZENJI, «Ser-tiempo» *

1. En japonés, hossu: el matamoscas hecho de pelos de caballo que llevan los
sacerdotes budistas zen.
2. En japonés, chōsan rishi: literalmente, «tercer hijo de Zhang y cuarto hijo de
Li», un modismo que significa «cualquier persona corriente».
3. Eihei Dōgen Zenji (1200-1253): maestro zen japonés y autor de Shōbōgenzō
(El tesoro del verdadero ojo del Dharma). «Ser-tiempo» (Uji) es el undécimo capítulo.

                                                                                 NAO

                                                                                     1

¡Hola!
Me llamo Nao, y soy un ser-tiempo. ¿Sabes lo que es un ser-tiempo? Bueno, pues si me das un momento, te lo explicaré.
Un ser-tiempo es una persona que vive en el tiempo, es decir, tú, y yo, y todos los que existimos, o han existido, o existirán. Yo, ahora mismo, estoy sentada en un maid café* francés en Akiba Electricity Town, escuchando una chanson triste que suena en algún momento de tu pasado, que es también mi presente, mientras escribo esto y me hago preguntas sobre ti en algún punto de mi futuro. Y si tú estás leyendo estas líneas, tal vez en estos momentos estés también haciéndote preguntas sobre mí.
Tú te haces preguntas sobre mí.
Yo me hago preguntas sobre ti.
¿Quién eres y qué estás haciendo?
¿Estás en un vagón de metro de Nueva York, asido de una agarradera, o en remojo en una bañera caliente en Sunnyvale?
¿Estás tomando el sol en una playa arenosa de Phuket o te están puliendo las uñas de los dedos gordos de los pies en Brighton?
* Restaurantes estrechamente relacionados con el anime y los miembros de la cultura japonesa otaku, que son sus clientes habituales. Son un subtipo de cosplay restaurants, unos restaurantes temáticos muy populares en Japón en los que las camareras van vestidas con trajes de sirvienta y tratan a los clientes como si fueran los señores de una casa particular. (N. de la t.)

¿Eres hombre, mujer o una mezcla de las dos cosas?
¿Te está preparando tu novia una cena de ensueño o estás comiendo fideos chinos fríos para llevar?
¿Estás hecho un ovillo, dándole con frialdad la espalda a tu mujer mientras ronca, o esperas con impaciencia a que tu guapo amante acabe de bañarse para poder hacerle apasionadamente el amor?
¿Tienes un gato y está sentado en tu regazo? ¿Huele su frente a cedros y a aire dulce y fresco?
En realidad no tiene demasiada importancia, porque cuando tú leas esto estarás en otro sitio, hojeando ociosamente las páginas de este libro, que es el diario de mis últimos días en la Tierra, y te preguntarás si deberías seguir leyendo.
Y si decides no leer ni una palabra más, pues bueno, da igual, porque en ese caso no eres la persona que buscaba. Pero si decides seguir leyendo, ¿sabes qué? ¡Eres mi tipo de ser-tiempo y juntos haremos magia!

                                                                                 2

Uff. Vaya chorrada. Tendré que hacerlo mejor. Me apuesto algo a que te estás preguntando qué clase de chica estúpida escribiría palabras como ésas.
Pues bien, yo lo haría.
Nao lo haría.
Nao soy yo, Naoko Yasutani, que es mi nombre completo, pero puedes llamarme Nao porque todo el mundo lo hace. ¡Y será mejor que te cuente algo más sobre mí para que podamos conocernos…! :)
En realidad, de momento no ha cambiado gran cosa. Sigo sentada en este maid café francés y Babette acaba de traerme un café y me he tomado un sorbo. Babette es mi sirvienta y también mi nueva amiga, y el café que estoy tomando es Blue Mountain. Lo tomo solo, lo cual es poco habitual para una adolescente, pero es sin duda cómo hay que tomar el buen café si tienes un mínimo respeto por este amargo grano.
Me he subido el calcetín y me he rascado detrás de la rodilla.
Me he alisado los pliegues de la falda de modo que queden perfectamente alineados sobre la parte superior de mis muslos.
Me he colocado cuidadosamente el cabello —lo llevo largo, me llega hasta los hombros— detrás de la oreja derecha, que tiene cinco agujeros, pero ahora me lo vuelvo a dejar caer sobre la cara porque el salaryman* otaku (お宅: un fanático, un obseso de la informática, un friki)  me está mirando y se me están poniendo los pelos de punta, aunque también lo encuentro divertido. Llevo el uniforme de la escuela secundaria y por el modo en que mira mi cuerpo sé que tiene una fuerte fijación sexual con las colegialas. Y, si es así, ¿por qué está pasando el rato en un maid café francés? Quiero decir, ¡vaya imbécil!

Pero nunca se sabe. Todo cambia y todo es posible, así que tal vez también cambie de opinión sobre él. Quizá en los próximos cinco minutos se inclinará con torpeza en mi dirección y me dirá algo sorprendentemente bonito, y a mí me caerá bien a pesar de su pelo grasiento y su mal aspecto, y hasta me dignaré a hablar con él, y al final me invitará a ir de compras, y si puede convencerme de que está locamente enamorado de mí, lo acompañaré a unos grandes almacenes y dejaré que me compre una bonita rebeca o un keitai (携帯: teléfono móvil) o un bolso, aunque es obvio que no tiene mucho dinero. Y más tarde, quizá vayamos a un club y nos tomemos unos cócteles, y luego corramos a un hotel del amor con un gran jacuzzi y, después de bañarnos, justo cuando empiece a sentirme a gusto a su lado, su verdadera naturaleza interna semanifestará de repente yme atará, yme cubrirá la cabeza con la bolsa de plástico de mi jersey nuevo, y me violará, y horas más tarde la policía encontrará mi cuerpo desnudo sin vida dispuesto en una extraña postura en el suelo junto a la gran cama redonda de piel de cebra.

* Salaryman es el término con el que los japoneses designan a los ejecutivos de bajo rango de una empresa. Se trata de una palabra compuesta a partir de los términos ingleses salary (sueldo) y man (hombre), aunque constituye una creación japonesa que no existe en inglés. (N. de la t.)

O tal vez simplemente me pedirá que lo estrangule con mis bragas mientras él se corre oliendo su delicioso aroma.
O quizá ninguna de estas cosas suceda más que en mi mente y la tuya porque, como ya te he dicho, juntos haremos magia. A veces, por lo menos.

                                                                                          3

¿Sigues ahí? Acabo de releer lo que escribí sobre el otaku y quiero pedirte perdón. Estuvo muy mal. No fue una buena manera de empezar. No quiero causarte una impresión equivocada. No soy una estúpida. Sé que Edith Pilaf en realidad no se llama Edith Pilaf. Y tampoco soy una chica mala ni una hentai (変態: pervertido, perturbado sexual). De hecho, no soy una gran fan del hentai, así que si tú sí lo eres, por favor, deja de inmediato este libro y no sigas leyendo, ¿vale? Te llevarás una desilusión y perderás el tiempo, porque esto no va a ser el diario secreto de una muchacha pervertida, lleno de fantasías de color rosa y fetichismos desagradables. No es lo que piensas. La razón por la que lo escribo antes de morir es para contarle a alguien la fascinante historia de mi bisabuela de ciento cuatro años, que es una monja budista zen. Es probable que las monjas no te parezcan particularmente fascinantes, pero mi bisabuela lo es, y no es ninguna pervertida. Estoy segura de que hay montones de monjas pervertidas por ahí… Bueno, tal vez no haya tantas monjas pervertidas, pero sacerdotes depravados desde luego que sí. Hay sacerdotes depravados por todas partes… Pero mi diario no se ocupará de ellos ni de sus peculiares comportamientos.
Este libro relatará la verdadera historia de la vida de mi bisabuela Jiko Yasutani. Era monja y novelista y una nueva mujer (término utilizado en Japón a principios del siglo xx para desalcribir a las mujeres educadas y progresistas que rechazaban las limitaciones de los papeles tradicionales asignados a cada sexo).
Taishō (Período comprendido entre 1912 y 1926 que debe su nombre al emperador Taishō y que se conoce también como la democracia Taishō. Un breve período liberal
con avances sociales y políticos que concluyó con el golpe de Estado militar de derechas que condujo a la segunda guerra mundial). Era también anarquista, y una feminista que tuvo muchísimos amantes, tanto hombres como mujeres, pero nunca fue pervertida ni desagradable. Y, aunque tal vez acabe mencionando algunos de sus amoríos, las cosas que escriba no serán un montón de estúpidas gilipolleces de geisha, sino hechos que han sucedido de verdad y que ayudarán a muchas mujeres a sentirse mejor. De modo que si lo que te gustan son las cosas desagradables y perversas, por favor cierra este libro y dáselo a tu mujer o a tu compañero de trabajo y ahórrate
un montón de tiempo y de molestias.

                                                                                        4

Yo creo que en la vida es importante tener unos objetivos claramente definidos, ¿tú no? En especial, si no vas a vivir mucho más. Porque si no tienes unas metas claras, se te podría acabar el tiempo y, cuando llegue el día, te encuentres de pie sobre la imposta de un edificio alto o sentado en tu cama con un frasco de pastillas en la mano pensando:
«¡Mierda! la he cagado. ¡Ojalá me hubiera fijado unos objetivos más claros!»
Te digo esto porque lo cierto es que no voy a estar mucho más por aquí y me gustaría que lo supieras desde el principio para que no hicieras conjeturas. Las conjeturas son una mierda. Son como las expectativas. Las conjeturas y las expectativas matan las relaciones, así que evitémoslas, ¿de acuerdo?
La verdad es que me voy a licenciar del tiempo muy pronto, o quizá no debería decir licenciarme porque da la impresión de que he alcanzado mis objetivos y que merezco seguir adelante, cuando lo cierto es que acabo que cumplir dieciséis años y no he hecho nada en absoluto. Cero patatero. Nada. ¿Sueno patética? No es mi intención. Sólo quiero ser precisa. Tal vez, en lugar de decir licenciarme, debería decir que voy a apearme del tiempo. Apearme. Tiempo muerto. Salir de mi existencia. Estoy contando los momentos.
Uno…
Dos…
Tres…
Cuatro…
¡Eh, ya sé! ¡Contemos los momentos juntos! (Para ideas adicionales sobre los momentos zen, véase el apéndice A.

                                                                                       RUTH

                                                                                             1

Una diminuta chispa atrajo la atención de Ruth, un pequeño destello de luz solar reflejado en una enorme maraña de algas laminarias medio secas que el mar había arrojado sobre la arena durante la marea alta. Lo confundió con el brillo de una medusa agonizante y casi pasó de largo. En aquellos días, las playas estaban invadidas de medusasque parecían heridas —eran rojas y monstruosas, y picaban— distribuidas a lo largo  de la orilla. Pero algo la hizo detenerse. Se inclinó y empujó el montón de algas con la punta de su zapatilla de deporte y luego hurgó con un bastón. Desenredando las hojas, semejantes a látigos, desplazó suficientes algas para ver que lo que centelleaba debajo no era una medusa moribunda, sino algo de plástico: una bolsa. No era de extrañar. El océano estaba lleno de plástico. Escarbó un poco más hasta que pudo levantar la bolsa por un extremo. Pesaba más de lo que esperaba, una bolsa de congelados toda arañada, con percebes incrustados que se extendían por su superficie como una erupción. Pensó que debía de haber estado en el mar durante mucho tiempo.
En el interior de la bolsa distinguió algo rojo, la basura de alguien, sin duda, arrojada por la borda o abandonada después de un picnic o de una fiesta. El mar siempre arrastraba cosas a la playa y se las volvía a llevar: sedales, flotadores, latas de cerveza, juguetes de plástico, tampones, zapatillas Nike. Unos años atrás, fueron pies cortados. Los habían encontrado por toda la isla de Vancouver, sobre la arena, el mar los había vomitado. Uno lo habían hallado en aquella misma playa. Nadie pudo explicar lo que había sido del resto de los cuerpos. Ruth no quería pensar en lo que podía haber dentro de la bolsa. Ni en lo podrido que estaría. La lanzó playa arriba. Terminaría su paseo y luego, de regreso, la recogería, se la llevaría a casa y la tiraría.

                                                                                           2

—¿Qué es esto? —le preguntó su marido desde el recibidor.
Ruth estaba preparando la cena, concentrada en picar unas zanahorias.
—Esto —repitió Oliver al ver que ella no respondía.
Ruth levantó la vista. Oliver estaba de pie en el umbral de la cocina, con la gran bolsa de congelados arañada colgando de sus dedos. Ella la había dejado fuera, en el porche, con la intención de echarla a la basura, pero se había olvidado.
—Ah, déjalo —dijo—. Es basura. Algo que he recogido en la playa. Por favor, no lo entres en casa.
¿Por qué tenía que dar explicaciones?
—Pero hay algo dentro —repuso él—. ¿No quieres saber lo que contiene?
—No —contestó ella—. La cena está casi lista.
Oliver metió la bolsa en la casa de todos modos y, al dejarla sobre la mesa de la cocina, lo llenó todo de arena. No podía evitarlo. La necesidad de saber formaba parte de su naturaleza, desmontar las cosas y a veces volverlas a montar. El congelador estaba lleno de mortajas de plástico con los menudos cadáveres de pájaros, musarañas y otros
pequeños animales que había llevado el gato, esperando a que los diseccionara y los disecara.
—No es sólo una bolsa —informó, abriendo con cuidado el cierre—.
Son bolsas dentro de bolsas.
El gato, atraído por toda aquella actividad, saltó sobre la mesa para ayudar. No le permitían subirse a la mesa. El gato tenía un nombre, Schrödinger, pero ellos nunca lo llamaban así. Oliver lo llamaba Peste, pero a veces transformaba el nombre en Pesto. El animal estaba siempre haciendo maldades, sacándoles las tripas a ardillas en medio de la cocina, dejando pequeños órganos brillantes, riñones e intestinos, delante de la puerta de su dormitorio, donde Ruth los pisaba con los pies descalzos cuando iba al baño por la noche. Oliver y el gato formaban un equipo. Cuando Oliver subía al piso de arriba, el gato subía al piso de arriba. Cuando Oliver bajaba a comer, el gato bajaba a comer. Cuando Oliver salía afuera a mear, el gato salía afuera a mear. Ahora Ruth los observaba mientras examinaban el contenido de las bolsas de plástico. Hizo una mueca, previendo el hedor del almuerzo podrido de alguien, o algo peor, que arruinaría la fragancia de su comida. Sopa de lentejas. Iban a cenar sopa de lentejas y ensalada, y acababa de echarle el romero.
—¿Podrías diseccionar tu basura en el porche?
—La has recogido tú —repuso él—. Y, en cualquier caso, no creo que sea basura. Está demasiado bien envuelto. —Siguió retirando una bolsa tras otra con actitud forense.
Ruth husmeó el aire, pero sólo olía a arena, a sal y a mar.
De pronto, Oliver se echó a reír.
—¡Mira, Pesto! —exclamó—. ¡Es para ti! ¡Es una fiambrera de
Hello Kitty!
—¡Por favor! —suplicó Ruth, ya desesperada.
—Y tiene algo dentro…
—¡Lo digo en serio! No quiero que lo abras aquí. Haz el favor de sacarlo fuera…
Pero ya era demasiado tarde.

                                                                                       3

Oliver había alisado las bolsas, las había puesto una encima de otra —las más pequeñas arriba, las más grandes abajo— y después había clasificado el contenido en tres grupos cuidadosamente ordenados: un montoncito de cartas escritas a mano, un grueso libro encuadernado con unas descoloridas tapas rojas, y un sólido reloj de muñeca antiguo con una esfera mate y un dial luminoso. Junto a ellos se hallaba la fiambrera de Hello Kitty que los había protegido de los efectos corrosivos del mar. El gato la estaba olisqueando. Ruth cogió al animal y lo dejó en el suelo, y después centró la atención en los objetos dispuestos sobre la mesa.
Las cartas parecían estar escritas en japonés. La cubierta del libro rojo estaba impresa en francés. El reloj tenía unas señales grabadas en la parte de atrás que eran difíciles de descifrar, de modo que Oliver había sacado el iPhone y estaba usando la aplicación del microscopio para examinar el grabado.
—Me parece que también es japonés —señaló.
Ruth hojeó las cartas, intentando distinguir los caracteres, escritos en una desvaída tinta azul.
—La caligrafía es antigua y está en cursiva. Bonita, pero no consigo leer ni una palabra. —Dejó las cartas y cogió el reloj que él tenía en la mano—. Sí —dijo—. Son números japoneses. Pero no es una fecha. Yon, nana, san, hachi, nana. Cuatro, siete, tres, ocho, siete. ¿Podría ser un número de serie?
Se llevó el reloj al oído para ver si funcionaba, pero estaba estropeado. El color rojo que se transparentaba a través del plástico arañado era lo que le había hecho confundir la bolsa de congelados con unamedusa urticante. ¿Cuánto tiempo había estado flotando en el océano antes de quedar depositada en la playa? La tapa de la fiambrera tenía una junta de goma alrededor del borde. Cogió el libro, que estaba sorprendentemente seco; la cubierta de tela era suave y estaba desgastada, sus esquinas romas por no haberlo tratado bien. Se acercó el canto a la nariz e inhaló el rancio aroma a páginas enmohecidas y a polvo.Miró el título.
À la recherche du temps perdu —leyó—. Par Marcel Proust.

                                                                                        4

Les gustaban los libros, todos los libros, pero en particular los viejos, y su casa estaba llena de ellos. Había libros por todas partes, amontona- dos en las estanterías y apilados en el suelo, en las sillas, en los peldaños de la escalera, pero ni a Ruth ni a Oliver les importaba. Ruth era novelista, y los novelistas, afirmaba Oliver, debían tener gatos y libros. Y, en efecto, comprar libros era el consuelo de Ruth por haberse mudado a una remota isla en medio de la bahía de Desolation, donde la biblioteca pública era una sala pequeña y húmeda situada sobre la sala de reuniones de la comunidad y atestada de niños. Además de la amplia ymanoseada sección de literatura juvenil y de algunos conocidos títulos para adultos, en la colección de la biblioteca sólo había libros sobre jardinería, preparación de conservas, seguridad alimentaria, energías alternativas,medicina alternativa y educación alternativa. Ruth echaba de menos la abundancia y diversidad de las bibliotecas urbanas, su silenciosa amplitud, así que cuando Oliver y ella semudaron a aquella pequeña isla acordaron que Ruth podría encargar todos los libros que quisiera. Y lo hacía. Investigación, lo llamaba ella, aunque, al final, él los leía casi todos mientras que Ruth sólo leía unos pocos. Le gustaba tenerlos a su alrededor. Sin embargo, últimamente había empezado a observar que el aire húmedo del mar había hinchado sus páginas y que el pececillo de plata se había instalado en sus lomos. Cuando abría las tapas, olían amoho. Aquello la entristecía.
En busca del tiempo perdido —dijo, traduciendo el deslucido título dorado grabado en el lomo cubierto de tela roja—. No lo he leído nunca.
—Yo tampoco —manifestó Oliver—. Aunque no creo que me atreva a hacerlo en francés.
—Mmm—terció ella, como dándole la razón, pero luego lo abrió.
Tenía curiosidad por comprobar si podía comprender ni que fueran las primeras líneas. Esperaba encontrarse las hojas manchadas por el tiempo y una tipografía antigua, por lo que la caligrafía de color púrpura de adolescente que se desparramaba por la página la pilló completamente desprevenida. Le pareció estar cometiendo una profanación y se sintió tan alterada que el libro casi se le cayó de las manos.

                                                                                            5

La letra impresa es predecible e impersonal, y transmite la información al lector de forma mecánica.
La escritura, en cambio, se resiste al ojo, revela su significado despacio, y es tan íntima como la piel.
Ruth miró la página. Las palabras púrpura estaban casi todas en inglés, con algunos caracteres japoneses dispersos aquí y allá, y no revelaban sólo información, sino también una sensación, oscura y conmovedora, de la presencia del escritor. Los dedos que habían sujetado el bolígrafo de gel púrpura debían de haber pertenecido a una chica, una adolescente. Su escritura, aquellos signos llenos de curvas estampados en la página estaban impregnados de sus estados de ánimo y de sus ansiedades, y en el mismísimo instante en que Ruth puso sus ojos en el papel supo que las puntas de los dedos de la muchacha eran rosadas y húmedas, y que se mordía las uñas hasta el hueso.
Ruth examinó las letras con mayor detenimiento. Eran redondas y un poco descuidadas (como imaginaba ahora que la chica debía de ser también), pero eran más o menos derechas y recorrían la página a buen ritmo, sin prisa pero sin pausa. A veces, al final de una línea, se atropellaban un poco unas a otras, como gente que se empuja para subir al ascensor o a un vagón de metro justo cuando se están cerrando las puertas. A Ruth le picó la curiosidad. Estaba claro que se trataba de algún tipo de diario. Volvió a examinar las tapas. ¿Debería leerlo? Ahora deliberadamente, volvió a la primera página, sintiéndose un tanto morbosa, como alguien que escucha conversaciones ajenas, o como un mirón. Los novelistas pasan mucho tiempo metiendo las narices en los asuntos de otras personas. A Ruth esta sensación le era familiar.
«¡Hola! —leyó—. Me llamo Nao, y soy un ser-tiempo. ¿Sabes lo que es un ser-tiempo?»

                                                                                             6

—Residuos marinos —dijo Oliver. Estaba examinando los percebes que habían crecido en la superficie de la primera bolsa de plástico—.
No me lo puedo creer.
Ruth levantó la vista de la página.
—Por supuesto que son residuos marinos —replicó—. O basura. —Sentía la tibieza del libro en sus manos, y deseaba continuar leyendo, pero en cambio se oyó a sí misma preguntar—: ¿Cuál es la diferencia, en cualquier caso?
—Los residuos son accidentales, objetos hallados flotando en el mar. La basura la echan por la borda adrede. La diferencia radica en la intención. Tienes razón, tal vez sea basura. —Volvió a dejar la bolsa sobre la mesa—. Creo que está empezando.
—¿Qué está empezando?
—Objetos a la deriva —respondió él—. Que escapan a la órbita del giro oceánico del Pacífico…
Los ojos de Oliver centelleaban, por lo que ella supo que estaba emocionado. Dejó el libro en su regazo.
—¿Qué es un giro?
—Hay once grandes giros planetarios—explicó él—. Dos de ellos fluyen directamente hacia nosotros desde Japón y divergen amuy escasa distancia de la costa de la Columbia Británica. El más pequeño, el giro de las Aleutianas, va hacia el norte, hacia las islas Aleutianas. El mayor va hacia el sur. A veces lo llaman giro de las tortugas, porque las tortugasmarinas lo utilizan cuandomigran de Japón a Baja California.
Levantó las manos para describir un gran círculo. El gato, que se había quedado dormido sobre la mesa, debió de percibir su entusiasmo, porque abrió un ojo verde para mirar.
—Imagínate el Pacífico —dijo Oliver—. El giro de las tortugas va en el sentido de las agujas del reloj, y el de las Aleutianas en sentido contrario. —Sus manos se movieron describiendo los grandes arcos y espirales del flujo oceánico.
—¿No es lo mismo que la Kuroshio?
Oliver le había hablado ya de la corriente de Kuroshio. Se la conocía también como la corriente negra, y transportaba agua tropical cálida desde Asia hacia la costa noroccidental del Pacífico. Pero ahora hizo un gesto negativo con la cabeza.
—No exactamente—respondió—. Los giros sonmayores, como una hilera de corrientes. Imagínate una fila de serpientes cada una de las cuales muerde la cola de la que tiene delante. La Kuroshio es una de las cuatro o cinco corrientes que constituyen el giro de las tortugas.
Ella asintió. Cerró los ojos y se imaginó las serpientes.
—Cada giro orbita a su propia velocidad —prosiguió Oliver—. Y la longitud de una órbita se llama tono. ¿No es precioso? Como la música de las esferas. El período orbital más largo es de treinta años, lo cual establece el tono fundamental. El tono del giro de las tortugas dura unos seis años y medio. El giro de las Aleutianas, unos tres. Los residuos que flotan en los giros constituyen la deriva. La deriva que permanece en la órbita del giro se considera parte de su memoria. El ritmo al que la basura escapa del giro determina la vida media de la deriva…
Cogió la fiambrera de Hello Kitty y la hizo girar entre sus manos.
—¿Sabes qué pasará con todas las cosas procedentes de los hogares japoneses que el tsunami arrastró al mar? Han estado siguiéndoles el rastro y dicen que acabarán en nuestras costas. Creo que está sucediendo antes de lo que nadie esperaba.

El efecto del aleteo de una mariposa en Japón

El efecto del aleteo de una mariposa en Japón

Ruth Ozeki

ISBN: 9788408114451

Editorial: Planeta

Nº de páginas: 544

Año de edición: 2013

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