La Casa Lercaro. 4ºcapítulo.

La policía llegó a la esquina de San Agustín con Tabares de Cala a los seis minutos y treinta segundos de la llamada del Alcalde. Siete hombres bajaron de dos coches –uno patrulla y el otro camuflado– en cuanto aparcaron delante de la Casa Lercaro, en medio de San Agustín, una de las principales calles peatonales del casco histórico de La Laguna.

El inspector Antonio Galán –un tipo de porte atlético, de unos cuarenta y pico–, acompañado de los subinspectores Ramos y Morales –dos policías baqueteados de la misma edad, unos cincuenta y pocos: el primero fornido, con pelo cano y cara de pocos amigos; el segundo, un poco más alto, de rostro rojizo, con un rosario de cadenitas de oro sobresaliendo del cuello de su camisa, demasiado abierta–, tomó la iniciativa nada más bajar del automóvil y se dirigió al alcalde, abriéndose paso a través de un grupo numeroso de gente elegante con expresión angustiada y con signos de haber perdido un tanto de dignidad y de autoestima en un corto espacio de tiempo.

–Buenas noches –saludó el inspector–. ¿Qué es lo que ha ocurrido?

El alcalde Perdomo iba a responder espontáneamente, pero dudó un momento. ¿Le iba a contar al policía que habían huido de un fantasma? Había mucha gente a su alrededor, tal vez hubiera entre ellos alguien de la prensa. Convenía medir las palabras.

–Inspector, hemos sido testigos de un delito –no lograba concentrarse en escoger la frase correcta, todavía estaba bajo los efectos del shock–. La directora del Museo ha aparecido muerta en una de las dependencias anejas al patio.

Galán miró a su alrededor, decenas de personas escuchaban al edil y le observaban, al mismo tiempo con inusitada expectación.

–¿La ha visto algún médico? –Preguntó el policía mientras pasaba revista al grupo de rostros pasmados– ¿Y por qué están ustedes aquí fuera?

Un gélido silencio acogió la pregunta. Incómodas muecas aparecieron en las facciones de los componentes del grupo y todos esquivaron el contacto visual. Nadie se atrevía a responder.

–Es que…,  se fue la luz –manifestó uno de los concejales.

–¿La luz? –repreguntó Galán, volviéndose hacia Ramos y logrando con su mirada que se guardase el comentario que profería en momentos como aquél.

–Inspector, no perdamos tiempo, la directora sigue dentro –indicó el alcalde tomando de nuevo las riendas de la conversación–. Han ocurrido unos acontecimientos a los que no podemos dar explicación. Tal vez cuando nos calmemos un poco lo veamos más claro. Lo importante es que ustedes examinen el lugar del crimen, es posible que quede alguien dentro.

Un murmullo de asentimiento corroboró las palabras del alcalde Perdomo. El inspector comprendió que poco más iba a sacar por ese lado. Era el momento de entrar en la casa.

–Ramos, trae varias linternas, vamos dentro. –Se dirigió al grupo– ¿Alguien sabe dónde está el cuadro eléctrico?

– Cerca del patio trasero, a la izquierda, adosado al muro que da a la calle –respondió uno de los técnicos de sonido.

No podía estar más lejos, justo en el otro extremo de la casa, pensó Galán, recordando la distribución del Museo.

–El cuerpo de la directora está en una sala del patio principal. La puerta se encuentra tras el piano –apuntó el presidente del Cabildo, azorado.

En treinta segundos, los siete policías se proveyeron de linternas halógenas de gran potencia, ajustaron a sus cinturones las radios con el dial en el canal 5 y desenfundaron sus armas reglamentarias. A una señal de Galán, se distribuyeron en grupos de dos, pegados a las paredes con las armas apuntando al suelo, y entraron por la puerta principal del Museo. A su espalda notaron que las personas que se mantenían en la calle guardaban un repentino silencio. Galán no supo interpretar si era de respeto o de conmiseración hacia ellos.

Galán iba en cabeza, cruzó el amplio zaguán y dejó a su izquierda la sala que hacía de recepción del Museo. El conjunto de las luces móviles de las linternas producía una acentuada sensación de confusión. Llegaron a un gran patio aislado por altas cristaleras que lo independizaban del resto de la casa. Daban a él tres fachadas interiores del edificio. La cuarta era un alto muro que colindaba con la casa contigua, la denominada Casa Saavedra, que también formaba parte de las instalaciones del Museo. En el piso alto extensos corredores de madera labrada y ventanas con cristales enmarcados en parrilla sobresalían de la edificación, apoyadas en varias columnas de madera o de piedra. A la izquierda de Galán comenzaba una elegante escalera de piedra clara, desgastada por el paso de los años, cuyo primer tramo descansaba en el entresuelo y que ascendía, tras girar ciento ochenta grados, hasta el primer piso. Morales y un agente de uniforme se dirigieron hacia ella, subieron al descansillo y tomaron posiciones. Ramos y otro agente se desplegaron a la derecha, cubriendo el otro flanco. Galán, seguido de dos policías uniformados, cruzó el acceso de cristal, entró en el patio y se dirigió a la puerta semiabierta que se encontraba detrás del piano. La luz de la luna surgió tras una nube, e iluminó tenuemente al grupo.

El inspector se apostó de espaldas a la pared y empujó suavemente la puerta sin encontrar resistencia, solo escuchó el leve crujido de las antiguas bisagras. No hubo movimiento alguno. Los policías entraron y enfocaron el cuerpo de la directora, que permanecía colgado. Galán intentó tomar el pulso tocando una pierna. Estaba fría. Escrutó rápidamente el mobiliario de la estancia.

–Mandillo, trae aquella mesa –indicó a su derecha. Aunque el protocolo indicaba que debía dejar el escenario del crimen tal como lo encontraban, le repugnaba la idea de dejar el cuerpo colgado. Aquella mujer se merecía un poco de respeto, se dijo.

Los policías se subieron a la mesa y descolgaron con delicadeza a la directora. El velo de novia ensangrentado cayó al suelo lentamente, como un macabro paracaídas. Afortunadamente, el nudo de la soga que rodeaba una de las vigas de madera del techo se deshizo sin dificultad. Una vez en el suelo, Galán constató que el corazón de la mujer no latía. A primera vista, no tenía otro signo de violencia que un moratón en el cuello. Ramos y Morales se habían acercado a la puerta y el conjunto de linternas cegaba al inspector.

–Que alguien llame a la Policía Científica y al forense, por esta mujer no se puede hacer nada –dijo, levantándose resignado–. Busquemos el cuadro eléctrico y comprobemos si hay avería. Hay que registrar la casa. Con cuidado, puede quedar alguien dentro. Quiero un hombre en cada salida del Museo.

Galán y los subinspectores salieron al patio y se dirigieron, a su derecha, a un amplio pasadizo que lo conectaba con la zona trasera de la casa, donde se alzaban las antiguas caballerizas. Cruzaron por el hueco pisando con cautela las gastadas baldosas de piedra oscura. No observaron movimiento alguno al llegar a otro patio amplio, donde crecían varias palmeras, grandes helechos y un elegante drago. La luz de las farolas se filtraba por las rejas de la puerta que daba a la calle Tabares de Cala. Allí se notaba el frío nocturno mucho más que en el resto de la edificación. Morales se fijó en unas altas puertas de madera adosadas al muro, a la izquierda. Se dirigió hacia ellas y comprobó que una de las hojas estaba abierta.  El cuadro eléctrico asomaba detrás, por lo que el subinspector amplió la apertura y examinó los diferenciales. El conmutador de entrada general de energía del edificio estaba bajado. Se preguntó si se habría producido un cortocircuito, una sobrecarga o si, simplemente, alguien lo había puesto en posición de apagado. Para evitar borrar posibles huellas, Morales sacó un pañuelo de su bolsillo y, con sumo cuidado, subió la palanca con el índice.

La luz volvió a todas las dependencias del edificio y a los faroles de los patios. Al subinspector le pareció oír algún aplauso en el exterior. Se giró.

–No parece que haya avería eléctrica –comentó a sus compañeros.

Antes de que Galán respondiera, la radio crepitó en la cintura de los policías.

–Jefe, acérquese a la escalera de acceso al primer piso –la voz deformada del agente Bencomo se escuchó entre la estática del aparato–. Hemos encontrado algo.

Los tres hombres volvieron con celeridad al patio central y se dirigieron a la escalera de piedra. Dos agentes les esperaban en la parte superior. Al girar en el descansillo del primer tramo, el inspector se percató de una marca rojiza en el pasamanos de piedra labrada. Sobre el borde desgastado del paramento, oscurecido por la apoyatura de un sinfín de personas a lo largo de los siglos, destacaba la clara huella de una mano que había dejado una impronta húmeda.

–¿Sangre? –preguntó Ramos, a la espalda de Galán.

–Eso parece –respondió el inspector, que se acercó para verla mejor–. Es muy reciente, sin duda. ¿Hay más? –preguntó a los agentes.

–Acabamos de subir y no hemos visto más huellas –respondió Bencomo–, pero allí hay algo extraño.

El brazo del agente señalaba hacia arriba, al final del ancho pasillo de largos tablones oscuros claveteados que comenzaba bajo dos arcos de madera de aire renacentista en los que desembocaba la escalera. A la izquierda, los grandes ventanales que daban al patio estaban cubiertos por estores de color amarillento y bajo ellos se extendía una tarima corrida con textos y fotografías alusivas a la geografía de la isla de Tenerife. Enfrente de las ventanas se hallaba una puerta cerrada que daba a una de las salas de exposición, enmarcada por frescos que imitaban columnas clásicas sobre los que destacaba el escudo familiar de los Lercaro. Al fondo, otro arco de medio punto de piedra estaba ocupado por una puerta de madera clara que invitaba a entrar. Tras ella, tirado en el suelo, abierto, se encontraba un libro muy antiguo escrito a mano con señales evidentes de que gran parte de sus hojas había sido arrancadas sin la menor contemplación.

–Esta sala era la antigua capilla de la casa –informó uno de los policías. Ante la mirada inquisitiva de sus compañeros, se explicó–. Hice una visita guiada hace tiempo. Los museos hay que visitarlos, ¿no?

Ninguno de los policías quiso contestar, unos por unas razones y otros por otras, todas inconfesables en aquel momento. Galán entró en la antigua capilla, desprovista de mobiliario. Solo dos ventanas, una en forma de arco y otra redonda en la parte superior de la pared izquierda, indicaban el uso que en algún momento se le dio a aquella habitación. A la derecha se abría otra puerta que daba acceso a la sala donde se exponía material relativo a la Conquista y Colonización de la isla. Los policías se asomaron con precaución. al lado de unas vitrinas, donde se exponían arcabuces del siglo XV y armas y recipientes guanches, comenzaba una hilera de hojas arrancadas del libro, con huellas dactilares de un rojo húmedo en los bordes, que formaba un reguero de papel a lo largo de la sala, en dirección a la contigua.

–Si alguien quería dejar un rastro, no podía haberlo hecho mejor –comentó Morales.

–Mucha sangre, no me gusta –musitó Ramos, casi para sí.

Los policías avanzaron por la sala. Los viejos tablones crujieron al sentir el peso de los hombres cuando pasaron por delante de varias vitrinas con objetos religiosos y un gran lienzo, donde una Virgen de Candelaria con ojos muy abiertos observó su presencia, curiosa. Desembocaron en otra estancia, cuadrada y alta, que conformaba la esquina oeste del edificio. Vitrinas con documentos antiguos y paneles explicativos rodeaban una serie de cuatro vetustos butacones rescatados del mobiliario de la antigua Diputación Provincial. En el segundo por la derecha, reposando sobre el terciopelo carmesí de su tapicería, se encontraba otro libro antiguo –un técnico lo habría denominado legajo– totalmente destripado y con el lomo ensangrentado.

–Aquí se le acabaron las hojas y el energúmeno que hizo esto cogió otro libro –comentó Ramos, intranquilo–. Esto cada vez me gusta menos.

A su derecha, una pequeña rampa daba entrada la siguiente sala, la dedicada al poblamiento europeo de la Isla, ocupada por altos paneles y por varios retratos al óleo de personajes de épocas pretéritas que parecían vigilar la estancia. En el centro, dos expositores de cristal se encontraban abiertos y los tomos de escrituras centenarias, conservados en ricas encuadernaciones de cuero allí depositados, habían desaparecido.

–De aquí han sacado los libros –manifestó Morales.

Sus compañeros asintieron, no hacía falta ser un lince para darse cuenta. El reguero de hojas manuscritas en el viejo suelo de madera pasaba a la siguiente sala, continuaba por delante de la vitrina de la cultura del azúcar en el siglo XVI y se perdía en la sala contigua, la más grande del Museo, dedicada a artefactos industriales del siglo XIX. Los policías comprobaron que estaba despejado antes de adentrarse entre los expositores de cristal que contenían todo tipo de utensilios dedicados a los oficios y a las actividades económicas de las generaciones anteriores.

El cristal de la vitrina dedicada a los pescadores, enfrente de la sala de los mapas, comenzó a temblar a su paso. El inesperado ruido vibrante les hizo detenerse, tensos y en alerta, y levantar sus armas.

–Es nuestro peso, el cristal no está bien sujeto –indicó Galán. Todos volvieron a respirar, aliviados. El inspector reanudó el paso–. Sigamos.

El grupo continuó por la gran sala, siguiendo el rastro de los papeles desperdigados por el suelo, en dirección al fondo, y dejó a un lado el acceso al pasillo cubierto que rodeaba el patio. En el extremo del salón, una puerta entornada conectaba con la parte trasera de la casa.

–Esa puerta nunca está abierta– señaló el policía que conocía el Museo. El aviso sonó demasiado solemne, casi como una advertencia.

Los agentes se apostaron a ambos lados de la puerta. Galán la abrió con delicadeza y echó un vistazo tras ella. Un amplio distribuidor daba paso a la zona de cocina, a un corredor con ventanas y a una escalera que bajaba al piso inferior. Enfrente del inspector, un gran panel informaba de los puntos destacables de la casa y de su restauración en los años noventa. En el suelo, formando un montón, se encontraba un grupo de hojas arrancadas del legajo, muchas de ellas despedazadas. La pista terminaba allí.

Galán alzó la vista y comprobó la existencia de cinco tiras de papel roto clavadas en el panel, en una reproducción de lo que parecía ser un plano de la casa. Se acercó para ver mejor. Era el plano de la planta baja. Los trozos de papel, troceados a mano, se encontraban fijados en sus extremos al tablón con un clavo viejo y oxidado, formando un ramillete, justo sobre el patio trasero de la casa. A sus lados, como si alguien hubiera querido limpiarse las manos, unos chorretones de dedos ensangrentados bajaban hasta el suelo. El inspector miró a su alrededor, no había más pistas, ni papeles ni restos de sangre. Sea lo que fuere lo que el autor de aquello quería indicarles, acababa allí.

Galán desprendió uno de los papeles del clavo. Lo leyó con dificultad y  comprobó que en todos ellos se repetía, escrita a mano en letra antigua, una misma familia de palabras.

Sepultura. Sepultados. Sepultado. Sepultada. Sepultada

 

La Casa Lercaro

La Casa Lercaro

Mariano Gambín

ISBN: 9788499185866

Editorial: Roca Editorial

Nº de páginas: 384

Año de edición: 2013

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