La Casa Lercaro. 3º capítulo.

Ya queda menos para que salga la nueva novela de Mariano Gambín… pero mientras llega ese momento, publicamos el 3º capítulo…

La Laguna, en la actualidad.

 

El pianista se esforzaba en que las notas de La Vie en Rose se superpusieran al rumor de cien conversaciones que  envolvía  el patio principal de la centenaria Casa Lercaro, sede del Museo de Historia y Antropología de Tenerife, pero la suave melodía no lo permitía. Por un momento estuvo tentado de cambiar a otra pieza más alegre, pero en aquel cóctel se le exigía que tocara solo música de ambiente, como si de un ascensor de hotel de cinco estrellas se tratase. El pianista asumió que aquella velada no iba a suponer un salto cualitativo en su carrera musical, por lo que adoptó la pose digna y profesional de sus actuaciones en los hoteles caros del sur de la Isla. Música de ambiente querían y música de ambiente tendrían.

Había anochecido y comenzaba a refrescar. Lamentó no haberse abrigado un poco más: se había percatado de que la chaqueta de su esmoquin era demasiado fina para combatir el rocío lagunero que notaba ya en su espalda. A su derecha, un continuo desfile de camareros de ida y vuelta se deslizaba con bandejas llenas de canapés y pastelitos que exhibían las últimas fantasías gastronómicas del chef del catering, muy apreciadas por el público asistente, aunque por su aspecto fuera absolutamente imposible determinar cuáles eran sus ingredientes. Al margen de esta aprobación general, al fondo, una señora enjoyada preguntaba nerviosamente a los camareros si la composición de aquellos pequeños manjares incluía cerdo o marisco, ya que ella era alérgica a esos alimentos. Los camareros, uno tras otro, respondieron cortésmente que preguntarían al encargado. A la octava bandeja, uno de ellos optó por manifestar, con total seguridad, que todos los canapés tenían cerdo o marisco, con lo que el problema quedó reducido a una simple anécdota.

El pianista, entre acorde y acorde, reconoció entre los elegantes invitados –no era necesario vestir de etiqueta: traje y corbata para ellos, vestido de cóctel para ellas– a un grupo selecto de personalidades de la vida social y política de la Isla. El presidente del Cabildo, que disfrutaba como pez en el agua aparentando conocer a todo el mundo y estrechando cuantas manos se ponían a su alcance; el alcalde, a quien las últimas encuestas invitaban a una prejubilación anticipada tras el previsible resultado de las inminentes elecciones; el aspirante a alcalde, jefe de la oposición, que miraba inquisitivamente a los ojos a quienes se cruzaban con él buscando un reconocimiento que no siempre llegaba; la directora del Museo, cuya forzada sonrisa revelaba la tensión que aquella velada le producía, muy alejada de la cotidiana labor anodina de su despacho. Todos ellos rodeados por otros políticos de segunda fila, por miembros del estirado cuerpo consular y por un conjunto de gente bien compuesto por una mezcla de poseedores de apellidos interminables y de arribistas aupados por la fortuna –o un buen padrino– a la élite de la sociedad tinerfeña del momento. Para más de la mitad, aquella ocasión era la primera en que ponían los pies en el Museo, y el noventa y nueve por ciento no se molestó en subir al piso superior para admirar las colecciones que se exponían a lo largo de los corredores de la enorme casona del siglo XVI, a pesar de que aquella noche era gratis la entrada para los invitados.

A mitad del siguiente tema, La Mer, el pianista recibió el aviso del organizador para que cesara la música. El acto de inauguración iba a comenzar. Las luces se atenuaron hasta desaparecer y un foco iluminó una esquina del patio.

–Buenas noches, damas y caballeros, –un locutor profesional, de los que tenían programa propio en la radio, captó la atención de los congregados al acto alzando la voz en un micrófono inalámbrico. Los más rápidos aprovecharon para capturar el último canapé antes de que los camareros comenzaran a retirarse–. Nos encontramos esta noche en la sede del Museo de Historia para inaugurar la exposición Las Banderas de Nelson, que, como saben, reúne las banderas de los barcos de la escuadra inglesa que atacó sin éxito Santa Cruz de Tenerife en julio de 1797. Junto a ellas, se han rescatado enseñas y pendones de la isla de aquella época. Es un esfuerzo de colaboración que hay que agradecer a las instituciones insulares y a la embajada británica en España. Les adelanto que, a continuación, intervendrán la Directora del Museo, el señor agregado cultural de la Embajada del Reino Unido, el Presidente del Cabildo y el coordinador general de la Fundación América viva, el principal sponsor de este magnífico evento. Sin más, cedo la palabra a doña María Cabrera.

El locutor salió del círculo de luz que lo enfocaba y el atril quedó vacío, a la espera de la incorporación de la interpelada. Pasaron diez segundos y la directora no apareció.

–Señora Cabrera, es en el atril donde debe hablar ahora –bromeó sin gracia el locutor, que empuñaba el micro deseoso de desembarazarse de él.

Treinta segundos después, en medio de un silencio expectante, el locutor volvió a la zona iluminada intentando esbozar una leve sonrisa de tranquilidad.

–¿Señora Cabrera? –preguntó a la oscuridad, inseguro.

Solo el murmullo inquieto de los asistentes contestó a la pregunta. Alguien de la organización del evento decidió encender algunas luces del patio. Había visto a la directora entre los asistentes unos minutos antes, así sería más fácil de localizar.

Con las luces, el rumor creció. El Presidente del Cabildo se dirigió a un lado del patio, debajo de la filigrana en madera del artesonado del corredor superior, y abrió la puerta de la estancia, donde se había reunido con la directora media hora antes, que comunicaba con el patio central.

–¿Mari? ¿Estás aquí? –preguntó mientras buscaba el interruptor de la luz. Localizó el botón y lo pulsó.

Un grito de mujer se oyó aterrorizado a su espalda. El Presidente levantó la vista y enfrente de él, exánime, colgado por el cuello de una viga, se encontraba el cuerpo de la directora. Sobre su cabeza, a modo de tocado, le habían colocado un velo de novia salpicado con manchas marrones que parecían restos de sangre seca.

–¡Dios mío! –exclamó el presidente al tiempo que se abalanzaba sobre el cuerpo y agarraba las piernas de la mujer, intentando aflojar la tensión de la soga de la que pendía. Notó que otras personas lo seguían atropelladamente.

La luz de todo el edificio se apagó de súbito. Decenas de mujeres chillaron. Algunos hombres gritaron, nerviosos, pidiendo calma. Un par de mecheros se encendieron, pero no iluminaron nada. Una voz histérica, la de la señora alérgica, se sobrepuso a la cacofonía de sonidos.

–¡Miren el tejado!  ¿Qué es eso?

Las miradas de los asistentes se dirigieron a lo alto del patio. Deslizándose en las tejas, una figura blanquecina, incorpórea, parecía flotar sobre el borde del tejado. Se trataba de una silueta que recordaba vagamente a una figura humana, pero sin definición. La figura dio un paso hacia el vacío –o lo que pareció que era un paso– y comenzó a descender en el aire junto a la esquina que conformaban ambos corredores superiores. En el tremendo silencio que siguió a su aparición, llegó hasta el nivel de la ventana y comenzó a volar dando vueltas sobre las cabezas de los invitados. Algunas mujeres volvieron a gritar, esta vez de puro miedo. La figura comenzó a subir y bajar en círculos y, en un momento determinado, los rasgos del extremo donde debía estar la cabeza se definieron, y mostraron un rostro atormentado de mujer joven. Una voz profunda y desgarrada, que no provenía del micrófono, se escuchó claramente en todos los rincones del patio.

–¡Marchaos! –Gimió angustiada– ¡Fuera de aquí! –Ordenó con violencia– ¡Fuera!

Esfumados de un golpe la elegancia y el empaque del acto, la luz de las farolas de la calle indicó la salida a los aterrorizados protagonistas de la estampida que se formó en ese instante. En apenas diez segundos, los asistentes se atropellaron por ganar, entre gritos y sollozos, la tranquilidad de la fría calle de San Agustín.

La Casa Lercaro quedó vacía y oscura, de nuevo a solas con su larga historia de misterio.

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