La Casa Lercaro. 2º Capítulo.

Buenos Aires, Argentina. Hace cuatro años.

–¿Tiene usted algo para mí, don Francisco?

–Basura, solo basura, Pablo –respondió el dueño–. Nada aprovechable.

La librería de viejo La Celestina, sita en el centro de la ciudad, era el sueño de los imposibles. Si existía un lugar donde se podía encontrar el ejemplar más viejo y descatalogado de todo el continente, era en aquella librería de estanterías repletas con perenne olor a polvo.

Libros de los años cuarenta y cincuenta de temas de lo más peregrino se ensoleraban en los rincones más insospechados. Algún mal pensado comentaba que don Francisco se hizo famoso por conservar todos aquellos libros que fue incapaz de vender en su momento, años atrás. Ahora aquel fracaso le había convertido en un librero célebre, y todo aquel que buscaba un libro antiguo acababa allí.

No solo libros vendía don Francisco, de vez en cuando le llegaban documentos antiguos, generalmente formando parte de bibliotecas particulares que se vendían enteras, tal cual, casi al peso. Y es que muchos descendientes de familias de abolengo no tenían la sensibilidad necesaria para mantener aquellos metros de estanterías repletos de libros y papeles, que no leían, en sus casas. Y todos sabían que don Francisco se quedaba con lo que le ofrecían. En unas ocasiones pagaba un precio justo, y en otras los propietarios le agradecían el favor de llevárselos sin coste de transporte.

Las últimas adquisiciones del viejo librero habían sido fruto de ese tipo de trato. Los propietarios de dos casas a punto de caer bajo la piqueta de la remodelación urbanística de algunas manzanas de la ciudad prefirieron que la camioneta de don Francisco se llevara los papeles acumulados durante años, si no siglos, antes de que acabasen en la bañera de los escombros, al pie de la obra.

Pero lo que había llegado no valía nada, a juicio del librero. Varias enciclopedias obsoletas, libros de Medicina más obsoletos aún, y otros de Derecho para los que ese calificativo era un cumplido. De una de las casas, con los libros, llegaron varias cajas de documentos familiares.

Pablo Ayala era un ratón de biblioteca, conocido por tener un olfato especial en la búsqueda de libros y documentos antiguos, para los que siempre tenía compradores. Más joven que don Francisco, se dejaba aconsejar por el veterano librero, al menos hasta donde su dictamen chocaba con su instinto, que siempre prevalecía.

Y ahora aquel instinto le decía, tras abrir una de las cajas, que aquellos viejos papeles podrían tener algún valor.

–¿Le importa que mire por aquí? –Preguntó, abriendo la segunda caja.

–Haz lo que te parezca, pero déjamelo todo como te lo has encontrado –refunfuñó el viejo, ocupado en ordenar unas facturas.

Pablo examinó el contenido de la segunda caja. Al contrario que en la primera, llena de escrituras notariales y otros documentos del siglo XX, ahora se encontraba con escrituras y cartas manuscritas, con una letra humanística propia de doscientos años atrás. Separó algunas al  azar y las leyó por encima.

–Aquí hay una carta que habla de escudos de oro –dijo, en voz alta.

–Siglo XVIII –contestó maquinalmente don Francisco–. Los escudos de oro son de esa época.

Pablo miró otras escrituras, cartas y papeles varios y todos estaban fechados entre 1700 y 1770 en diversas ciudades de España: Madrid, Cádiz, Sevilla, y un lugar llamado San Cristóbal de La Laguna, que no sabía exactamente donde quedaba. Era material que se podría vender a coleccionistas. Repasó mentalmente la lista de sus clientes, y seleccionó al menos a cuatro que pagarían bien por aquellos papeles.

–Entonces –dijo para llamar la atención del librero–, estos documentos, ¿no valen nada?

–No valen ni el peso –replicó el viejo–. Algunas tintas de aquella época eran tan corrosivas que no sirven ni para reciclar. A la basura.

–¿Me puedo llevar algunas cajas de estas?

–Pero no te voy a pagar un chavo porque te las lleves, que te conozco. Si no lo haces tú, mi hijo las tirará luego al contenedor.

–Le ahorro el trabajo de forma gratuita –dijo Pablo, sonriendo–. Muchas gracias, don Francisco.

El viejo pensó que aquel hombre no estaba demasiado bien de la cabeza. A veces se llevaba cada desperdicio que hacía que dudase seriamente que le hubieran servido de algo los consejos que le había proporcionado en  los años que hacía  que frecuentaba su librería, que ya eran muchos. En fin, se dijo, realmente le ahorraba el trabajo de tirarlos.

Pablo seleccionó las cajas provenientes de aquella casa que se había convertido en escombros, las colocó al lado de la puerta de entrada al local y salió en busca de su automóvil. Durante el camino se acordó de un quinto cliente, y lo añadió a su lista.

Pensándolo bien, le podía sacar un buen pico a aquellos viejos papeles. Quién sabe, igual hasta tenían algún valor.

El resto de su bibliografía, aquí

 

 

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