La Casa Lercaro.

1º Capítulo de la nueva novela de Mariano Gambín, que saldrá a la venta en marzo de este año. Pronto, más…

La Laguna, primera mitad del siglo XVIII.

El frío húmedo de la noche lagunera se colaba por las rendijas de las ventanas de las oscuras casonas familiares. El invierno había llegado pronto aquel año y por las calles brillaba, solo, a la luz de la luna, el rocío de la madrugada. Tan solo el furtivo cruce de un gato de una casa a otra enturbiaba apenas el solemne silencio que se abatía sobre el mar de tejas que cubría la población dormida.

Justo hasta aquel momento.

Un grito de ira rompió el sosiego general y despertó a varios vecinos. Provenía de la casa de los Lercaro, una familia de ciudadanos ejemplares en la vida social local, que no destacaban precisamente por amenazar el orden público. Pero, aquella noche, uno de sus ocupantes estaba furioso, y sus bufidos se escuchaban más allá de los muros de la casa.

Si hubiera habido alguien en la calle se habría dado cuenta de que correspondían al dueño de la mansión, un hombre abotargado y sobrado de peso, prematuramente envejecido, que ya comenzaba a sufrir los primeros ataques de gota, que sin duda acelerarían su carrera a la tumba en pocos años.

Aquel hombre bajaba en camisón y con un farol en la mano la escalera de piedra que llevaba al gran patio central de la casa, y buscaba, con aquella débil luz, algo por sus estancias.

O a alguien.

–¿Dónde está? –Rezongó, más para sí que para cualquier otra persona que estuviera oyéndole–. ¿Dónde está esa maldita?

De su cuello colgaba un collar de cuero al que le faltaba la pieza que  pendía de él. Alguien se la había robado mientras dormía, cortando la unión de un certero tijeretazo. Y solo podía haber sido una persona.

Ella.

La muy desagradecida, con todo lo que había hecho él por ella, se obstinaba en desafiar continuamente su autoridad delante de propios y extraños. Él solo había buscado para ella lo que más le convenía, y ahora se lo pagaba así. Y el que le hubieran robado aquello que más celosamente guardaba no tenía nombre. El castigo sería ejemplar, pensó. Eso es, ejemplar.

El hombre llegó al patio central y exploró las salas que daban a él sin resultado. Decidió pasar al patio trasero. Se percató de que no se encontraba bien. El disgusto le había originado una fuerte jaqueca y una penosa sensación de ahogo. Y, además, comenzaba a dolerle el brazo izquierdo. Siguió sintiéndose muy mal cuando llegó al patio del pozo. Una ráfaga de aire amagó con apagar la llama del candil acristalado. El espacio aparecía oscuro e inhóspito. Comenzó a tiritar, no llevaba las ropas apropiadas para soportar aquel frío.

Pasó por debajo del balcón trasero de la casa y pisó algo resbaladizo, pegajoso. Se dio la vuelta y examinó un charco negruzco. Una señal de alarma surgió en su cerebro. Tocó con los dedos la huella húmeda del suelo y los acercó a la luz, donde los viera bien. El color rojizo delataba a las claras su origen. Era sangre, y reciente.

El furor interno se convirtió en intranquilidad. Avanzó dos pasos y descubrió otra mancha igual. Poco más allá, un reguero del mismo líquido oscuro se deslizaba por el suelo de piedra, rumbo a un lugar muy concreto.

El pozo.

No podía creerlo. Sus vacilantes pasos siguieron el camino trazado por la sangre en el patio. Se detenía en el amplio brocal. Se acercó a inspeccionar sus bordes.

Sus peores temores se confirmaron. La huella de unos dedos sangrantes aparecía en el bajo parapeto del pozo. La huella de alguien que tomaba impulso.

El hombre dejó caer el farol al suelo del horror. El impulso de aquellos dedos iba hacia adentro. Hacia el fondo del pozo.

Se  asomó al vacío. Una oscuridad impenetrable le recibió y dificultó sus intentos de ver más allá de la negrura.

No podía ser, se dijo. Un sudor frío comenzó a resbalar por todo su cuerpo. Se sentía cada vez peor. El dolor del brazo se extendía por su hombro y comenzaba a invadir su costado. Decidió volver a la casa al abrigo del calor, pero no pudo. Las piernas no le obedecieron y tropezó con la esquina saliente de una losa del pavimento. Cayó de lado y se golpeó la cabeza con los ladrillos de la pared del pozo. Comenzó a sangrar profusamente, y su sangre se mezcló con la que ya comenzaba a secarse en el suelo.

Un dolor agudo surgió de su pecho, atenazándolo, impidiéndole levantarse. Los sentidos comenzaban a abandonarle y una sombra oscura comenzó a apoderarse de su vista.

Antes de perder el conocimiento, el hombre tuvo un último pensamiento.

Aquella maldita, ¿por qué habría hecho aquello?, ¿por qué le había robado la llave? Era la llave.

Era su llave.

One comment

  1. PATRICIA

    HOLA ES MUY GOLOSO LEERLO , PERO YO ESPERO COMO UNA CAMPEONA A QUE SALGA LA NOVELA TOTAL SOLO SON 2 MESES Y PICO ,UN ABRAZO Y GRACIAS

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